Observatorio de Bioética

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Muchas veces no sólo hablamos de lo que no sabemos, sino que además no sabemos de lo que hablamos. Esto ocurre en la vida cotidiana, en las tertulias de radio y televisión a las que somos tan dados, en la vida política… por desgracia, también en la Bioética, un ámbito en el que sin embargo debiera extremarse el rigor, el respeto al que no piensa como uno mismo y el diálogo sincero.

El razonar, el argumentar, exige el respeto de ciertas reglas. Cuando no se hace así, inmediatamente aparecen esos diablillos lógicos conocidos con el nombre de “falacias”. Algunos caen continuamente en una falacia de las más feas, de esas que al estudiar lógica se nos insiste que no deben utilizarse nunca, por ninguna razón, ni con nuestro mayor enemigo. Se trata de la falacia conocida con el nombre de “argumento ad hominem”.

Se ha hecho viral la carta que ha publicado en la red Ina Idarreta Mendiola, médica de familia con experiencia profesional de casi 35 años y de los cuales más de 25 años ejerciendo como médico de cabecera en el mismo centro de salud en horario de 8 a 15 horas. Este relato u otro parecido, por desgracia, podría haber sido escrito por cualquier otro profesional sanitario de la geografía nacional. Les invito a que la busquen y la lean…

Tenemos la suerte de poder ofrecer a nuestros lectores este trabajo de la profesora Adela Cortina, publicado hace ocho años dentro del libro ética pensada y compartida, gracias a la generosidad de su autora y del Servicio de Publicaciones de la Universidad Pontificia Comillas.

El Centro de Bioética Juan Pablo II de La Habana es, sin duda, la institución más importante del país en esta materia.

Fue creado en 1997, en el marco de las actividades por la visita a Cuba de San Juan Pablo II, con cuyo nombre fue bautizada. Su fundador fue el médico René Zamora Marín, que a día de hoy continúa como Director del mismo, un profesional muy reconocido dentro y fuera del país, acreedor, entre otros merecimientos, de ser miembro de la Pontificia Academia de la Vida.

En este artículo propongo una reflexión sobre una Oncología con “H” que, si la gramática lo permitiese, sería por tanto Honcología. Evidentemente esto es un recurso para hacer referencia a una Oncología humilde, humanizada y honesta.

Antes de nada quiero dejar anotado que al hablar de Oncología me refiero a la Oncología Médica, y lo hago desde mi visión y vocación de oncólogo clínico que atiende día a día a pacientes con cáncer y a sus familiares y cuidadores desde hace 30 años, que en cada encuentro clínico ve el rostro de miedo y sufrimiento como expresión del temor e incertidumbre que genera esta enfermedad, pero que también ve la sonrisa agradecida y afectuosa del alivio. Y es que, como nos recuerda Carlos Gómez al revisar la filosofía de Wittgenstein, y en palabras del filósofo austríaco, “sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo”[1]. En el momento actual mi percepción es que la atención de estos problemas “vitales” no es objeto prioritario de la Oncología. Y esto es un error grave.