Observatorio de Bioética

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En este artículo propongo una reflexión sobre una Oncología con “H” que, si la gramática lo permitiese, sería por tanto Honcología. Evidentemente esto es un recurso para hacer referencia a una Oncología humilde, humanizada y honesta.

Antes de nada quiero dejar anotado que al hablar de Oncología me refiero a la Oncología Médica, y lo hago desde mi visión y vocación de oncólogo clínico que atiende día a día a pacientes con cáncer y a sus familiares y cuidadores desde hace 30 años, que en cada encuentro clínico ve el rostro de miedo y sufrimiento como expresión del temor e incertidumbre que genera esta enfermedad, pero que también ve la sonrisa agradecida y afectuosa del alivio. Y es que, como nos recuerda Carlos Gómez al revisar la filosofía de Wittgenstein, y en palabras del filósofo austríaco, “sentimos que aun cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta nuestros problemas vitales todavía no se han rozado en lo más mínimo”[1]. En el momento actual mi percepción es que la atención de estos problemas “vitales” no es objeto prioritario de la Oncología. Y esto es un error grave.

Como ha reconocido hace unos días Mons. Omella, la Iglesia ha vivido durante años en una era de cristiandad; incluso con aires de cruzada, dice mi buen amigo Juan María Laboa. Esa actitud fue particularmente palpable en el ámbito de la Bioética y de la Teología Moral: ¡cuánto dolor infligido, cuánta sabiduría desaprovechada, cuántos puentes devastados! En ocasiones se ha velado en vez de revelado el genuino mensaje evangélico (cf. Gaudium et spes núm. 19), haciendo pasar determinadas antropologías y paradigmas como elementos nucleares del mensaje cristiano, ignorando que existen otras propuestas perfectamente compatibles con el Evangelio.