Cuando hace poco más de un año, un 8 de mayo de 2025, escuché por primera vez el nombre que Robert Prevost había elegido para ser el pontífice número 267 de la Iglesia tuve la intuición de que no era casualidad que fuera el mismo del que creara el documento programático de la Doctrina Social de la Iglesia, León XIII. Inspirado por su antecesor, León XIV nos ha regalado con Magnifica Humanitas una guía para leer uno de los grandes desafíos de este cambio de época: esta revolución digital que fascina e inquieta a la vez, porque nos usurpa aquellas cualidades que nos hacen genuinamente humanos, -crear con inteligencia; generar lenguajes, sonidos o textos; emular rostros, voces y situaciones con una precisión que supera la propia realidad pero que la vacía de alma, “de ese horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio”-, reza la encíclica.
Sin demonizar esta tecnología, que ha abierto inmensas posibilidades, el Papa advierte, entre otras cosas, de los riesgos de entronizarla y de entregarla “a las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo”, a las que también nos vemos arrastrados los que amamos y creemos en una comunicación al servicio de la verdad. Citando a Hannah Arendt, León XIV alerta de las graves consecuencias que tiene en nuestras sociedades democráticas la pérdida de interés por esta verdad; o la claudicación ante un algoritmo que decide cómo se construye el imaginario colectivo, poniendo los intereses políticos y económicos por encima del discernimiento, la reflexión o la conciencia.
Estas llamadas de atención no nos pillan de nuevas. Se viene hablando desde nuestros entornos del grave riesgo para nuestras sociedades que es el deterioro del relato, de la devaluación de la verdad y la delegación en la máquina de la información sobre los hechos. Pero por primera vez un Papa desafía de una manera directa a aquellos que quieren hacer de la IA un instrumento de dominio y control del ser humano y su dignidad. Como periodistas, podemos y debemos dejarnos interpelar por esta Magnifica Humanitas, desde la fuerza que nos da la comunión y la experiencia compartida. “Solo la búsqueda compartida de la verdad de los hechos, asumida como bien común, puede sentar las bases de una comunicación justa”, dice León XIV. “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces que hacen frente a la deshumanización”. Y esto pasa, entre otras cosas, por la contemplación del rostro humano, frente al deslumbramiento de la máquina: “incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado. Este rostro humano es la plenitud hacia la que camina la historia”.
Directora de Comunicación de la Fundación Pablo VI



