Reproducimos, a continuación, la conferencia impartida por el Nuncio de Su Santidad en España, Mons. Piero Pioppo, durante la Escuela de Verano organizada por la Conferencia Episcopal Española, la Fundación Pablo VI y la Universidad Pontificia de Salamanca, sobre “El colapso de la democracia. La oportunidad de una geopolítica al servicio del ser humano”
Queridos participantes y amigos:
Agradeciendo vivamente a todos los organizadores, tengo el honor de poder compartir con todos Ustedes estas reflexiones acerca del consenso moral como fundamento de la sociedad democrática. Nuestra reflexión quiere centrarse en algunos valores objetivos, ligados a la misma condición del hombre, y accesibles a la razón humana.
Son valores que, sin ignorar las diversas creencias e ideologías, deberían regir nuestra convivencia más allá del vaivén de las opiniones. Porque la propuesta moral que hace la Iglesia no pretende, de ningún modo, violentar la libertad humana (Cf. Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima adveniens, OA, 50, 14 de mayo de 1971 ).
La Iglesia aprecia el sistema de la democracia en la medida que asegura la participación de todos los ciudadanos y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica (Cf. Juan Pablo 11, Carta Encíclica Centesimus annus, CA, 46, en el año 1991 ).
1. El concepto de consenso moral
El concepto político de concordia o consenso se atribuye a Cicerón cuando redacta «De re publica» que es un tratado de filosofía política en el que define el Estado como la «cosa del pueblo», fundamentado en el derecho, la utilidad común y la concordia. En sus expresiones latinas, Cicerón subraya mucho el aspecto de que la gestión de la cosa pública es de todos, sobre la base de un consenso convenido. En este sentido usa expresiones del tipo: los corazones se conjuntan y coordinan, conviviendo en consonancia, sobre la base de un consenso convenido. A través de San Agustín, en De Civitate Dei, nosotros podemos apreciar estas expresiones ciceronianas.
Pasados los siglos, el primer gran esfuerzo científico que consagra el consenso como fundamento del Estado moderno se debe a la teoría política libera desarrollada, con diversos matices, entre otros, por Thomas Hobbes (en su famosa obra «Leviatán» de 1651) y John Locke (en su obra Dos Tratados de Gobierno Civil, 1689) Jean Jacques Rousseau, por otro lado (en el Contrato Social, 1692) subraya la importancia de la voluntad general como fundamento del consenso social, los individuos ceden sus derechos para crear un «yo» común, una voluntad general. Sabemos que esta teoría tuvo también consecuencias trágicas a lo largo de la historia y, notablemente, en el siglo pasado.
De otra parte, es evidente que el consenso moral es necesario para construir la sociedad democrática. Recordemos las palabras del Papa Benedicto XVI cuando dijo: «Las estructuras justas son condición para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal» (Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, mayo de 2007).
Por lo tanto, la sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana, que precede al Estado y no está subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento (Cf. Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán, 22 septiembre 2011). Desde este debido respeto a la dignidad humana se derivan, entre otras, las siguientes consecuencias: la justicia pone límites a la fuerza; el poder necesita legitimidad; los pobres pertenecen a la comunidad y el extranjero es acogido conforme a su dignidad, esto último como parte del rico patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia que sugiere al Estado la atención a los más necesitados. Así lo recordó, con altura de miras, el Santo Padre en varios de sus discursos durante su estancia en nuestro País.
2. La centralidad de la dignidad humana
A partir de lo ya expuesto, queda claro el valor central en el que se fundamenta el consenso: la dignidad humana. Desde esta perspectiva, la persona no puede ser considerada como medio, sino siempre como fin en sí misma. Este imperativo moral, permitió a la ética occidental consolidar su andadura humanística desde sus orígenes greco-romanos, las aportaciones de la reflexión cristiana y la perspectiva derivada de la Ilustración.
La persona no puede ser cosificada porque se la privaría del valor absoluto que intrínsecamente le pertenece. De esta forma, existe un núcleo de verdad ética, irrenunciable para la democracia: la inviolable dignidad de la condición humana.
A este propósito, hubo un histórico debate en la Academia Católica de Baviera, el 19 de enero de 2004 entre el Profesor Junger Habermas y el entonces Cardenal Joseph Ratzinger. Las preguntas fueron: «¿Fundamentos prepolíticos del Estado democrático?» -le preguntaba Jürgen Habermas, relevante filósofo y sociólogo alemán, miembro destacado de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt-. «Lo que cohesiona el mundo: las bases morales y prepolíticas del Estado» -le contestaba su compatriota y buen amigo, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger-. Es interesante comprobar los sólidos puntos de encuentro entre ambos filósofos acerca del Estado democrático de derecho como la mejor forma política para defender la dignidad humana.
De este histórico debate, se puede extraer una serie de conclusiones que iluminan nuestra reflexión sobre el consenso moral como fundamento de la sociedad democrática:
a) El Estado requiere de una base moral previa para no caer la arbitrariedad.
b) El derecho y la moral se legitiman en el debido respeto a la naturaleza del hombre.
c) Los valores de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la tolerancia, la justicia o la reciprocidad serían mera formalidad sin el respeto a la verdad sobre el ser humano y a los valores objetivos que dimanan de la dignidad de la persona humana.
Llegados a este punto, podemos poner un breve ejemplo de cómo la búsqueda del consenso moral en política ha dado sus frutos. Se trata de una etapa de la reciente historia de España conocida como la Transición.

3. La Transición española (1975-1978)
Un ejemplo de los frutos del consenso, lo tenemos en este período político del que se está
conmemorando su 50 aniversario. Esta etapa histórica se distinguió por la voluntad política de negociar y de ceder superando las diferencias. Su importancia radicó en evitar otro conflicto civil, desmantelar pacíficamente el sistema precedente y construir un marco de convivencia democrática estable.
Como resultado de este proceso, el fruto principal de la Transición fue la Constitución de
1978, ley fundamental resultante del consenso entre los diversos actores del espectro político del momento. Aprobada en referéndum, el 6 de diciembre de aquel año, es considerada desde entonces como «la Constitución de la concordia». Por lo tanto, la cultura del consenso de aquellos años ayudó a sanar las heridas y evitar que se repitiera un nuevo conflicto, priorizando el diálogo y la escucha activa.
4. Discurso del Santo Padre León XIV ante las Cortes Generales
Fundándonos sobre el ejemplo de la Transición española, que permitió hacer fructificar, por el bien de esta Nación, siglos de reflexión e implementación del «consenso», nos preguntamos, ahora, cuáles son los elementos que nos permiten, hoy en día, emprender un mismo camino, superando diferencias y aunando la diversidad de posiciones hacia la construcción de un mundo mejor.
Me parece oportuno, a este respecto, traer a colación algunas de las aportaciones del discurso que el Papa León XIV pronuncio en su histórica visita a las Cortes Generales españolas, el pasado lunes 8 de junio. Aún resuena en nuestros corazones la voz del Santo Padre que nos habló de como la Iglesia camina con la humanidad, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy. El Papa León XIV nos brindó su reflexión nacida desde el deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (Cf. Carta Encíclica Magnifica humanitas, MH, 18-19, del 15 de mayo de 2025).
En esa solemne sesión conjunta de las Cortes Generales, el Santo Padre instó a que las diferencias se escuchan, se ordenan y se convierten en decisión compartida. Por eso propuso que toda tarea legislativa se confronte con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad las construye.
Analizando desde este punto de vista el discurso del Santo Padre, destacaría los siguientes puntos, que nos indican, al mismo tiempo, donde se encuentran estas «bases prepolíticas» del Estado, que, ya hemos visto como expresaba el entonces Cardenal Ratzinger. Esas mismas, en esta sesión de «escuela de verano», nos invitan a profundizar nuestro estudio, de manera que, en nuestras circunstancias (v. José Ortega y Gas set: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo», icónica cita del filósofo madrileño escrita en su obra de 1914 «Meditaciones del Quijote»), «alcemos la mirada» y, en el espacio y ambiente que nos corresponde, podamos descubrir y precisamente, con la ayuda de las palabras del Santo Padre, esa «gramática» de la dignidad del hombre, que Dios ha puesto a nuestra disposición para construir, también a través de una sociedad democrática, un mundo mejor.
1. La primacía de la dignidad humana. En toda actividad del Estado, es decir, ejecutiva, legislativa y judicial, la consideración y el respeto a la dignidad humana es clave ante las transformaciones de nuestro tiempo, así como las nuevas perspectivas sobre la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común.
Esta dignidad pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir y debe orientar
todo ordenamiento jurídico positivo. De su parte, la fe cristiana, a partir de la Revelación, la proclama con el Evangelio, mientras que la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.
En consecuencia, toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Porque, cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.
2. La libertad. La libertad de pensamiento, de conciencia y de religión son los pilares sobre la que se edifica el Estado contemporáneo.
Ser libre no es solo ausencia de coacción o disponer de posibilidades de elección. Es también reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Toda sociedad libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que se salvaguarde la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones (Cf. Declaración conciliar sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, 1 ).
3. El bien común. Es la forma social de la dignidad humana (Cf. Carta Encíclica Magnifica humanitas, 59). Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales. Este bien común es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a todos el logro más pleno y más fácil de la propia perfección (Cf. Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 26).
4. La educación. Muchos padres depositan grandes esperanzas en las instituciones educativas como valiosas aliadas en la educación de los hijos. Esta colaboración ha de respetar siempre el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas (Cf. Carta Encíclica Magnifica humanitas, 143; Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4, año 1966).
5. Los migrantes y refugiados. Al respecto, el Santo Padre nos invitó a reflexionar en diversos aspectos, todos ellos fundamentados en el respeto de la dignidad humana: ofrecer vías seguras y legales; acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; derecho a permanecer en la propia tierra; generar condiciones de paz, seguridad y de vida digna frente a las dificultades generadas por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (Cf. Carta Encíclica Magnifica humanitas, 81 ).
6. La tecnología y la IA. El desarrollo del progreso ofrece nuevas posibilidades en la inteligencia artificial y en las nuevas tecnologías. El Santo Padre nos recuerda que la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (Cf. Carta Encíclica Magnifica Humanitas, 9). Este desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos, ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana (Cf. Discurso en la Universidad «La Sapienza», 14 mayo 2026).
7. El valor de la paz. Para la salvaguardia de la paz como aspiración política y exigencia moral, se pide respeto a quien piensa distinto, instituciones al servicio del encuentro y una vida social capaz de sostenerse aun en medio de la discrepancia. En el plano internacional, la paz se fundamenta en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la resolución pacífica de las controversias (Cf. Arts. 2.3 y 33 de la Carta de la ONU).
8. La importancia del diálogo. El valor del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De nuevo el consenso moral del que nacen y se fortalecen la confianza y la esperanza. Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.
5. Conclusiones
Para terminar estas reflexiones, me parece útil, destacar, como en el mismo discurso a Las Cortes, el Santo Padre dio dos importantes claves para poder comprender, vivir y poner en práctica, «hic et nunc», aquí y ahora, es estos días, que son los nuestros, y en nuestra querida España, las indicaciones que hemos enumerado. Estas claves son dos: una histórica de nuestra cultura, fruto de la reflexión de la Escuela de Salamanca, y otra, fruto de una reflexión más bien general sobre el hombre, iluminada por la fe: la altura de miras.
Escuela de Salamanca. Hablar hoy de la persona humana, conduce a la Escuela de Salamanca. Esta Escuela, liderada por teólogos y juristas como Francisco de Vitoria, elaboró una profunda reflexión moral y jurídica sobre la dignidad de la persona humana. Y es precisamente España, la que ha sabido mirar y reconocer la dignidad intrínseca a todo ser humano, considerándolo como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por la sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir. Las ideas de esta Escuela sentaron un precedente en el reconocimiento de la dignidad, la libertad y los derechos naturales universales del ser humano, por lo que se la considera como pionera en la codificación de los derechos humanos y el derecho internacional. Su legado sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública y navegan por los nuevos mapas que trazan la técnica, la economía, la biomedicina y el universo digital.
Altura de miras. El Santo Padre, al final de su discurso, nos invita a alzar la mirada, no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión política toca personas de carne y hueso, especialmente a las más vulnerables. La invitación a tener altura de miras consiste en ver con más hondura lo que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, el Papa León XIV nos propone una renovación moral teniendo como referente el respeto a la intrínseca dignidad de toda persona humana.
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A estas horas de la tarde, en síntesis, estamos todos invitados a extraer dos conclusiones más generales y vitales en nuestra condición de católicos y miembros de una sociedad llamada a la comunión.
1. La clave de bóveda del consenso moral, en todos los ámbitos de la vida humana, los que han sido objeto de esta reflexión y los que le son complementarios (perdón, tolerancia, diálogo, coexistencia, etc.) es que la verdad sobre el hombre la revela solo Jesucristo y es comunicada por su Iglesia: somos y estamos llamados a vivir como Hijos de Dios y hermanos en Cristo.
2. Un futuro mejor depende de la formación y consolidación de la conciencia moral y de la colaboración de todos. Solo la Verdad nos hace libres (Jn. 8, 32) y hay que buscarla con sincero corazón. Quien la busca, como la buscaba San Agustín con su corazón inquieto, la acaba encontrando y, desde ese encuentro con la Verdad, viene iluminado el entendimiento humano para que podamos constituir las bases de un auténtico consenso moral como fundamento de la sociedad democrática.
Mons. Piero Pioppo, Nuncio de Su Santidad en España
7 de julio de 2026 Fundación Pablo VI


