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	<title>Cardenal Newman archivos - Fundación Pablo VI</title>
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	<title>Cardenal Newman archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>Frente al desafío del transhumanismo son los propios límites de lo humano los que nos permiten ser plenamente humanos</title>
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		<pubDate>Mon, 04 May 2026 07:00:37 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Fe y ciencia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El último coloquio del ciclo Newman aborda el diálogo entre ciencia y fe en la era del transhumanismo con Moisés Pérez-Marcos, OP, doctor en Filosofía y Licenciado en Teología; y Mons. Francesc Conesa, obispo de Solsona, doctor en Teología y en Filosofia por la Universidad de Navarra y miembro de la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe. Hablar de ciencia y fe en diálogo es hablar de John Henry Newman. Para él ambos actos, que considera profundamente humanos porque comprometen mente y corazón, llevan a la búsqueda de la verdad en un camino que no es antagónico sino convergente.&#160; La religión no puede quedarse en lo nocional, sino que es una convicción profunda que transforma la vida; y la ciencia, por sí sola, no lleva al pleno conocimiento porque se limita a lo cuantificable, observable y falsable, pero no a la experiencia vivida, a la voluntad y al sentido de la propia existencia. En este sentido, superados algunos de los prejuicios vividos en los últimos años por aquellos que consideraban ambas como elementos irreconciliables, ciencia y fe han caminado en las últimas décadas como dos vías del complementarias desde el discernimiento humano para llegar a la verdad. Sin embargo, en esta era en la que el hombre se hibrida con la máquina; cuando el desarrollo tecnológico permite superar hasta límites antes sospechados las capacidades humanas, cabe preguntarse si esto puede seguir siendo un camino compartido, puesto que la realidad, incluyendo el ser humano, es visto como algo manipulable, disponible y optimizable. Ciencia y fe en la era del posthumanismo fue el tema del último coloquio del ciclo Newman organizado en la Fundación Pablo VI con la presencia de&#160;Moisés Pérez-Marcos, OP, doctor en Filosofía y Licenciado en Teología, actualmente profesor del departamento de Filosofía, Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Sevilla; y&#160;Mons. Francesc Conesa,&#160;obispo de Solsona, doctor en Teología y en Filosofia por la Universidad de Navarra, y miembro de la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe, moderados&#160;Mª Ángeles Martín Rodríguez-Ovelleiro, doctora en Ciencias Biológicas y profesora de la URJC. La principal cuestión de análisis fue no solo cómo articular fe y conocimiento científico hoy, sino cómo hacer que éste supere los criterios de eficiencia y de supremacía y ponga al hombre y su dignidad en el centro. Esto pasa por considerar, en primer lugar, que no todo lo que es técnica o científicamente posible puede y debe hacerse; y por adoptar, en segunda instancia, un enfoque del concepto de mejora que vaya más allá de esas filosofías transhumanistas que se refieren a la superación solo en términos de capacidades físicas y mentales, y hablar de la mejora también en un sentido moral y de vida interior, tal y como explicó&#160;Mons. Conesa. En este sentido, preguntar por los límites del transhumanismo es preguntarse por los límites de la propia naturaleza humana, que es todo aquello que no conocemos y que va más allá de lo corporal. Es una falacia pensar que somos solo un cuerpo y que lo que nos ocurre afecta solo a lo corporal, indicó el obispo de Solsona. Y, como explicó, por su parte, el profesor Pérez Marcos son, precisamente, los límites de lo humano lo que nos permiten ser humanos y ser plenamente humanos. Superar eso es una trampa, que, además, lleva a promesas que son incumplibles, porque, entre otras cosas, prometen la inmortalidad como si el cuerpo pudiera ser reparado por partes, perdiendo el suelo valorativo que define lo que es bueno y lo que es malo, y olvidándose de nuestra condición de vulnerabilidad. Hoy, en la era del paradigma tecnocrático, como la denominó el Papa Francisco, hay mucha tentación de hacer creer que todo lo que es técnicamente posible puede hacerse. Por eso es urgente un diálogo interdisciplinar que ponga a la ética y la técnica a reflexionar sobre los límites. Porque, ¿qué sentido tiene una ciencia o una técnica que se emplea para hacer desaparecer la humanidad y en su lugar crear una especie robotizada que ya no es humanidad, sino posthumanidad?”, se preguntó el profesor de Filosofía de la Ciencia y de la Naturaleza de la Universidad de Sevilla. Tanto la ciencia como la técnica, abundó, por su parte,&#160;Mons. Conesa&#160;tienen que estar al servicio del bien humano y de todo el ser humano, como también decía Benedicto XVI. Y es ahí donde hay que poner los límites al progreso y donde hay que buscar los mínimos, sabiendo que, igual que el conocimiento humano es comunitario y la verdad la alcanzamos entre todos, no puede haber un conocimiento solo limitado a sí mismo, sino que tiene que estar al servicio del bien común. Porque, explicó el obispo de Solsona, frente al antropocentrismo hay que recordar que es la relación con los demás y con la naturaleza lo que nos permite ser humanos. Durante la sesión, ambos participantes exhortaron al mundo académico y científico a un diálogo abierto entre ciencia, fe, filosofía y cultura. Porque la fe necesita caminar conjuntamente con la ciencia hacia el conocimiento de la verdad plena. Y porque la ciencia, por su parte, “se está convirtiendo en un elemento de producción y está perdiendo el elemento más humano de las humanidades, de la ciencia y de la universidad en aras de un tecnicismo exacerbado”, denunció el profesor de la Universidad de Sevilla. Por eso, volver a proponer aquella idea de la universidad en el sentido en el que Newman la entendía puede ayudar a recuperar esa vocación y esa esencia tan humana de buscar la verdad haciéndonos las grandes preguntas. Fr. Moisés Pérez Marcos invitó, para finalizar, a “levantar la mirada” y recuperar las grandes preguntas sobre quiénes somos y hacia dónde caminamos; mientras que Mons. Conesa animó a evitar repliegues y guetos, recordando que la fe cristiana está llamada a dialogar con la cultura y con la humanidad en la búsqueda compartida de la verdad.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/ciencia-y-fe-en-la-era-del-posthumanismo/">Frente al desafío del transhumanismo son los propios límites de lo humano los que nos permiten ser plenamente humanos</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>Para la salvaguarda de la democracia es urgente la conversación cívica y la educación de la conciencia</title>
		<link>https://fpablovi.org/verdad-conciencia-y-futuro-de-la-democracia/</link>
		
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		<pubDate>Wed, 18 Mar 2026 07:14:51 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Esteban Sánchez Moreno]]></category>
		<category><![CDATA[José María Lassalle]]></category>
		<category><![CDATA[Paloma Durán Lalaguna]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital reflexionan sobre el futuro de la democracia en el segundo coloquio del ciclo Newman, dentro del Centro de Pensamiento Pablo VI Vivimos en una era en la que la pregunta por la verdad y, sobre todo, la verdad con mayúscula se presenta con un desafío constante. En tiempos de algoritmos que editorializan y mediatizan el relato; de discursos fragmentarios, parciales y superficiales; del deterioro de la conversación cívica y del debate público; y de desconfianza institucional y de debilidad de las instituciones educativas, la búsqueda por la verdad y la formación de la conciencia se hace urgente e indispensable. De esto fue el coloquio celebrado el día 11 de marzo entre&#160;Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y&#160;José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital. Guiados por Esteban Sánchez, catedrático de Sociología de nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII de la Fundación Pablo VI, ambos desbrozaron, en su análisis, los grandes retos de nuestro tiempo, en que vivimos, tal y como indicó Paloma “una auténtica emergencia democrática y educativa”. La primera, por la ausencia de conversación pública y la polarización; y la segunda, por una “vulgarización” de la educación universitaria, sumida en continuos procesos de verificación y olvidando la obligación de transmitir un conocimiento basado en la integridad, en la verdad y el esfuerzo. En la era de los algoritmos que han copado la conversación pública y la han transformado en una cámara de eco donde solo se escucha aquello que nos autoafirma, el debate cívico que hace posible la democracia se ha tornado en una quimera. Algunos índices, como el publicado por la Universidad de Gotemburgo, sitúan a España entre los países de Europa con menor espacio de diálogo democrático, con una población dividida en grupos ideológicos para los que lo que impera no es la verdad, sino en relato, la opinión o la emoción. Tras ello, el profesor Lassalle situó toda una plataforma de negocio interesada en que el tráfico más ruidoso sea el del odio y el ruido haciendo imposible “entender la complejidad que estamos viviendo”, y situándonos en lo que denomina “nihilismo tecnológico”, mucho más peligroso que el relativismo porque niega radicalmente la existencia de la verdad. Una verdad que, al contrario del relato que se trata de imponer, sí existe en política, “es la base fundamental de la democracia” y negar su existencia es, por tanto, ponerla en riesgo. Aunque gran parte de esta situación de nihilismo está provocada por la tecnología y las redes sociales, no toda la responsabilidad es de esta herramienta en la que hemos delegado nuestra capacidad de desplegar lo que nos hace genuinamente humanos, que es la razón comunicativa. Hay muchos más factores, como es el deterioro de una educación que se ha vaciado de “la auctoritas” y del ejercicio del discernimiento. Para Lassalle, la tecnología y la inteligencia artificial han sustituido a la “paideia”; y la universidad, sumida, por una parte, en la lucha del saber contra la máquina; y, por otra, en la obsesión por las verificaciones, ha perdido la esencia para la que fue creada. Paloma Durán habla incluso de una “vulgarización de la enseñanza universitaria, haciendo de ella la antítesis de lo que Newman planteaba en la idea de la universidad”. Por eso, más que para la difusión de conocimientos, es fundamental una formación ética de las virtudes para la responsabilidad, la integridad y a la búsqueda de la verdad; y la educación de la conciencia orientada a la comprensión de la culpa, la ambigüedad moral, entender lo que puede representar faltar al respeto de la dignidad del otro, etc. “Se trataría, como explicó Lassalle, de poner atención en todo aquello que puede producir un bien o un mal en los otros como espejo de nosotros mismos”. Porque el protagonismo de la democracia no es solo del individuo en cuanto a sujeto de derechos, sino la persona que, además de derechos, tiene una conciencia que nos hace insustituibles por las máquinas. Esto va más allá de la conciencia religiosa, pero no es “en absoluto incompatible” para nuestra modernidad. Por eso, en tiempos de posverdad, de algoritmos que pretenden definir nuestra realidad y de nihilismo, la figura de John Henry Newman y su insistencia en la dignidad de cada persona como sujeto libre y racional es un faro que sigue iluminando.</p>
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		<title>Liberalismo económico y justicia social desde la mirada de Newman: “defender la justicia social no es refutar la libertad”</title>
		<link>https://fpablovi.org/liberalismo-economico-y-justicia-social/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Jan 2026 21:25:06 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Liberalismo económico]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Ayala Cañón]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La primera sesión del ciclo que la Fundación Pablo VI ha inaugurado este 13 de enero en el marco del Centro de Pensamiento Pablo VI, dedicado a la figura San John Henry Newman, ha mostrado que el pensamiento de este doctor de la Iglesia sigue siendo una luz para el mundo contemporáneo. Aunque no fue un economista, su pensamiento antropológico tiene profundas implicaciones para la economía, tal y como explicó durante la presentación el claretiano Carlos Martínez Oliveras, coordinador de publicaciones de la Conferencia Episcopal Española: “frente una visión reduccionista del ser humano como productor o consumidor, Newman afirma la dignidad irreductible de la persona. Frente a una economía que descarta los frágiles, nos recuerda que toda organización económica debe estar al servicio del florecimiento humano integral. En un tiempo donde los economistas debaten sobre crecimiento, productividad y tecnología, Newman nos recuerda que la economía debe servir a la persona, y que el verdadero progreso no está únicamente en cifras macroeconómicas, sino en el florecimiento humano integral, salud, educación, justicia y dignidad para todos”. Sobre este pensamiento newmaniano, se articuló el diálogo entre&#160;Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Economía de la Universidad Complutense de Madrid, divulgador y escritor; y&#160;Luis Ayala Cañón, catedrático de Economía de la UNED y miembro del Comité Técnico de FOESSA, bajo el título&#160;Liberalismo económico y justicia social.&#160;Los dos, desde visiones diferentes de la economía y aparentemente confrontadas, pusieron el acento en el “y” que une los dos términos, como les instó el moderador del diálogo, el también profesor&#160;José Luis Fernández, director de la Cátedra Iberdrola de Ética Económica y Empresarial de la Universidad Pontificia Comillas, para abundar más en la complementariedad de los términos que en la tensión dialéctica. Desde un plano no solo económico, sino también filosófico y sociológico, los dos economistas hablaron sobre el significado de conceptos como igualdad, justicia o libertad. Para Rodríguez Braun, el propio término en sí mismo ─justicia social─ ha sido, de alguna manera, contaminado por una forma política que la entiende como una “incursión contra los derechos y las libertades de las mujeres y los hombres”, como una forma de redistribución de la propiedad o como una usurpación. En su Argentina natal, como recordó el profesor, el peronismo se llamó a sí mismo justicialismo, para justificar, desde una “pasión antiliberal”, la usurpación de la propiedad de los ciudadanos en aras de la “justa redistribución”. Eso, que, dijo, “ha contagiado a todo el socialismo”, es el motivo por el que desde hace mucho tiempo el liberalismo recela de la justicia social. Por eso, prefiere plantear el término de justicia social como la “remoción de los obstáculos y estorbos para poder salir adelante en la vida, sin exclusiones y en igualdad ante la ley”. Para Luis Ayala, sin embargo, esa justicia social y esa libertad no pueden solamente medirse en términos económicos, sino también sociológicos o filosóficos. El punto de partida, es decir, una desigualdad que se transmite intergeneracionalmente, es absolutamente condicionante del futuro vital de muchas personas en todos los planos posibles: condiciona su acceso a oportunidades, su participación democrática y su dignidad. Por eso, el profesor Ayala, miembro del Comité Técnico de FOESSA, considera que esa justicia social no está entendida en los mismos términos, sino que debe contemplar el desarrollo de políticas igualitarias que corrijan las injusticias que proceden no solo de los mercados, sino también de la propia configuración de la sociedad. Y es ahí donde hay que apelar a una “responsabilidad colectiva” en la que también intervenga el Estado. Una intervención con la que Carlos Rodríguez Braun discrepa, puesto que en aras de la igualdad de oportunidades acaba desarrollando políticas que van orientadas a la búsqueda de la igualdad de resultados. ¿Tiene sentido hablar de sociedades justas o injustas? ¿Quién lo establece?, se preguntó. Porque si es el Estado quien define la justicia se puede caer en la moralización de la política, que, como explicó, es aquello a lo que se refería Newman cuando rechazaba el liberalismo. “El término liberalismo para él no es el mismo que entendemos ahora, sino un liberalismo que sometía la Iglesia al poder civil, y que concebía todo, la educación o la moralidad desde el control estatal”. Para el profesor Braun, miembro del Real Colegio Libre de Eméritos de España y correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina, uno de los peligros actuales es la absoluta “moralización de la política” que usa una retórica y una terminología basada en la solidaridad, la ayuda y la empatía para referirse, por ejemplo, a cuestiones recaudatorias. De este modo, ironizó, se “acaba convirtiendo la Agencia Tributaria casi en la Madre Teresa de Calcuta” o la acción de recaudar impuestos “en la parábola del Buen Samaritano”. Recurrir a la moralidad para una medida recaudatoria que es coercitiva, priva, en su opinión, a toda parábola de su contenido moral. La visión de Ayala sobre los impuestos tiene otro cariz. Son el precio que hay que pagar por favorecer la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación o la sanidad y para evitar la transmisión intergeneracional de la pobreza. Un fin que define el medio, porque sin esos “instrumentos no hay igualdad de la que podamos hablar, ya que ésta está lastrada desde el propio origen”. De hecho, defendió el modelo de aquellos países con sistemas de impuestos y prestaciones más sólidos, “que tienen mayor bienestar, mayor igualdad y un crecimiento más sostenido”. Por lo tanto, dijo, “el sector público nunca puede ser enemigo del bienestar y la justicia social”. Desde sus distintas perspectivas, ambos debatieron también sobre el concepto de desigualdad. Para Rodríguez Braun, ésta “no es injusta per se”. Lo es cuando requiere una reparación política y “cuando se combina con una autoridad que fuerza a los demás a elegir contra su voluntad”; por ejemplo, cuando se obliga a contribuir con impuestos de manera desigual para otorgar a otros el derecho a tener una vivienda sin pagarla. Eso tampoco es igualdad dijo, porque, además, “requiere de la fuerza coercitiva del</p>
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		<title>San John Henry Newman: “Luz amable” para nuestro tiempo</title>
		<link>https://fpablovi.org/san-john-henry-newman-luz-amable-para-nuestro-tiempo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Martínez Oliveras, cmf]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Jan 2026 08:20:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Vivimos en una era en la que la pregunta por la verdad —y sobre todo por una verdad con mayúscula— se presenta como un desafío radical. Ante el océano de información que nos rodea, ante los discursos fragmentarios y la tentación del relativismo, nos preguntamos: ¿quién puede orientarnos? ¿Qué figura histórica —no un mito, sino un pensador con raíces profundas en la fe cristiana— puede ofrecernos luz para comprender nuestro tiempo? La Iglesia, en su sabiduría, ha respondido elevando a San John Henry Newman al rango supremo de Doctor de la Iglesia Universal —el título que reconoce a quienes con sus escritos han enriquecido de manera eminente la fe y la doctrina de todo el Pueblo de Dios—. Con esta proclamación en la Solemnidad de Todos los Santos de 2025, el Papa León XIV ha querido destacar que su pensamiento sigue siendo una luz amable en medio de las sombras de nuestro tiempo. Newman no es importante hoy por nostalgia, sino por clarividencia. Él mismo comprendió que la verdad cristiana no se conserva como una reliquia, sino que vive, crece y se despliega en la historia: «Vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces» (Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, cap. I, §1, n. 7). Esta intuición —tan sencilla como profunda— explica por qué Newman resulta especialmente actual en un mundo marcado por el cambio acelerado y la incertidumbre intelectual. Newman, convertido del anglicanismo al catolicismo en el siglo XIX, fue un hombre profundamente moderno en su búsqueda de la verdad, la cual afrontó no desde la arrogancia de quien ya sabe, sino desde la humildad y la honestidad de su discernimiento de quien sabe que el corazón humano —cuando se abre a Dios— es el lugar donde se descubre el sentido más hondo de la existencia. Su famosa oración Lead, Kindly Light (Guía, luz amable) se ha convertido en símbolo de esa búsqueda que no se rinde ante las dudas o las oscuridades, sino que persevera hacia la claridad del amor divino. Un maestro para la teología Desde la perspectiva teológica, Newman representa un puente entre fe y razón que muchos consideraban imposible. Sostuvo que la fe no es una adhesión emocional sin fundamento, sino un compromiso racional con la verdad última revelada en Cristo. Su obra sobre el “desarrollo de la doctrina” ha transformado nuestra comprensión de cómo la Iglesia crece teológicamente sin traicionar su esencia: no como un museo de ideas, sino como un organismo vivo que comprende progresivamente más hondamente el misterio de Dios, no como una suma de ideas muertas, sino una realidad viva que crece sin traicionarse: «Una idea viva se desarrolla; una idea muerta permanece» (Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, cap. II, §5). Para Newman, el desarrollo no es corrupción, sino fidelidad dinámica. Esta visión ha marcado decisivamente la teología contemporánea y ha sido clave para la comprensión eclesial expresada más tarde en el Concilio Vaticano II sobre el que muchos le atribuyen una influencia especial no directa, sino indirecta por haber sido estudiada su teología por los teólogos que luego fueron protagonistas conciliares. Esto no sólo es relevante para estudiosos; es un recordatorio para cada cristiano de que nuestra fe no teme la razón, sino que la invita a dialogar. En su homilía de beatificación, el Papa Benedicto XVI se detuvo en esta fecundidad de la fe y en la necesidad de vivir una coherencia entre creer y vivir, un Newman que entiende la fe no como abstracción, sino como fuerza vivificante que transforma la vida entera. Para hoy, en un mundo donde las disputas sobre la verdad parecen polarizar ciencia, política y religión, el pensamiento de Newman nos enseña que no necesitamos elegir entre creer o pensar. Podemos —y debemos— hacer ambas cosas, porque solo desde esa síntesis podemos responder a las grandes preguntas de nuestra civilización. Hoy, cuando la teología se ve a menudo presionada entre ideología y pragmatismo, Newman sigue enseñando que la verdad se busca con paciencia, sacrificio y amor. Un educador para las nuevas generaciones No es casual que, al proclamarlo Doctor de la Iglesia, el Papa León XIV también lo haya nombrado copatrono de la misión educativa de la Iglesia, junto a Santo Tomás de Aquino. Para Newman, la educación no es mera transmisión de datos, sino un camino hacia la santidad: una forma de formar personas capaces de pensamiento crítico, apertura de corazón y diálogo genuino con los demás. La educación, desde su perspectiva, “ayuda a todos a ser santos”. Su paso como rector de la Universidad Católica de Irlanda dan muestra de esta preocupación y de esta orientación. Para Newman, educar no es solo transmitir información, sino formar la inteligencia para la verdad. En La idea de la universidad afirma: «La educación liberal forma la mente; no la moral directamente, pero sí la capacita para recibir la verdad» (La idea de la universidad, Discurso V). La educación, para Newman, es un acto profundamente humano y profundamente cristiano, porque prepara al ser humano para reconocer el bien, la verdad y la belleza. Por eso podía afirmar con serenidad: «El conocimiento es un fin en sí mismo» (La idea de la universidad, Discurso V). En un mundo donde la educación muchas veces se reduce a la mera formación técnica o profesional, en una cultura dominada por la utilidad inmediata, Newman nos recuerda que sin una inteligencia bien formada no hay libertad auténtica ni ciudadanía responsable. Newman nos recuerda que una verdadera educación es integral e integradora: forma la mente, pero también el corazón y la conciencia. En tiempos de posverdad y algoritmos que pretenden definir nuestra realidad, su insistencia en la dignidad de cada persona como sujeto libre y racional es un faro que sigue iluminando. Una guía para la moral pública y la vida social La moral, entendida como la reflexión sobre el bien humano y la conducta ética, encuentra en Newman un maestro capaz de transcender los clichés ideológicos. Su énfasis en la conciencia personal</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/san-john-henry-newman-luz-amable-para-nuestro-tiempo/">San John Henry Newman: “Luz amable” para nuestro tiempo</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>Liberalismo económico y justicia social: primera jornada del ciclo dedicado a John Henry Newman</title>
		<link>https://fpablovi.org/liberalismo-economico-y-justicia-social-primera-jornada-del-ciclo-dedicado-a-john-henry-newman/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Dec 2025 21:21:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia social]]></category>
		<category><![CDATA[Liberalismo económico]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La proclamación del cardenal John Henry Newman, teólogo, académico, filósofo y escritor como doctor de la Iglesia, es una oportunidad excepcional para seguir ahondando en su figura. Este lugar entre los 38 doctores de la Iglesia lo señala como un maestro, cuya voz no solo perteneció a su tiempo, sino que sigue hablando con autoridad hoy. En un mundo marcado por tensiones culturales, relativismo, incertidumbre y confrontación, su pensamiento y sus enseñanzas sobre la conciencia y la verdad, la educación o la visión de la política y de la universidad, es muy actual y ofrece claves para vivir la fe en diálogo con la realidad y los retos del siglo XXI. La Fundación Pablo VI, en cuanto a institución que trabaja en el diálogo de la Iglesia con el mundo, abre en esta primera mitad del año un ciclo para reflexionar sobre cómo su pensamiento inspira al mundo de hoy, como también lo hizo al Concilio Vaticano II, del que es considerado “padre espiritual” y precursor clave. La primera de estas sesiones tendrá lugar el día 13 de enero de 2026. En ella, partiendo de su visión del concepto del liberalismo y sus límites, se hablará sobre economía, desigualdad y justicia social, con presencia de los economistas&#160;Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina; y&#160;Luis Ayala Cañón, catedrático de Economía Aplicada y Gestión Pública de la UNED y miembro del Comité Científico de la Fundación FOESSA. El coloquio tendrá lugar a las 19 horas en la Fundación Pablo VI, Paseo Juan XXIII, 3.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/liberalismo-economico-y-justicia-social-primera-jornada-del-ciclo-dedicado-a-john-henry-newman/">Liberalismo económico y justicia social: primera jornada del ciclo dedicado a John Henry Newman</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>La Carta al Duque de Norfolk. El primado de la conciencia</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-carta-al-duque-de-norfolk-el-primado-de-la-conciencia/</link>
					<comments>https://fpablovi.org/la-carta-al-duque-de-norfolk-el-primado-de-la-conciencia/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Eugenio Nasarre]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Oct 2020 11:27:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el primer aniversario de la canonización de San John Henry Newman Para los católicos de mi generación los ecos del catolicismo inglés, con la excepción del gran Chesterton, llegaban lejanos. Nuestras fuentes eran los teólogos de la Europa continental, franceses y alemanes, principalmente. Por ello, mi descubrimiento de Newman fue relativamente tardío. Pero mis primeras lecturas suyas me fascinaron y han contribuido decisivamente, junto con Joseph Ratzinnger, a la maduración de mi catolicismo. Newman tiene, además, una ventaja. Escribe muy bien. Y eso es muy de agradecer. Es lo que llamamos un “escritor de raza”. Sus sermones oxonienses son deslumbrantes. Su dominio de la escritura le hacía ser claro, preciso, profundo y sugerente. Utilizaba magistralmente la ironía, como cualquier inglés que se precie, pero lo hacía con delicadeza y siempre evitando herir a su interlocutor. Puedo decir que mi visión de la Iglesia de Roma, de la Iglesia Católica, es la de Newman. Puedo decir que soy papista a la manera en que lo era Newman. &#160;Y, si me preguntan por las razones de mi fe y de mi cosmovisión cristiana, no puedo hacer otra cosa mejor que acudir a la Gramática del asentimiento y responder con ella. Por ello seguí muy de cerca el viaje apostólico de Benedicto XVI a Inglaterra, hace ya diez años, en el que proclamó beato a Newman en una memorable ceremonia en Birmingham. Era entonces Nuncio en Gran Bretaña el español Faustino Sainz Muñoz, quien me contó pormenores de aquellas jornadas. Benedicto XVI mantuvo una entrevista con la Reina Isabel, de la que fue testigo el Nuncio. Por cierto, el Papa y la Reina son casi coetáneos. La Reina le gana en edad sólo unos meses. Al poco de haber tenido lugar la visita del Papa, el Nuncio recibió una llamada del Palacio de Buckingham, en la que se le decía que la Reina quería tener un encuentro con él. Se concertó la visita y nuestro Nuncio acudió al Palacio de Su Majestad. Lo que le dijo la Reina fue que su conversación con el Papa le había impresionado y que quería leer textos suyos, por lo que le rogaba que le indicara con cuáles lecturas podría conocer mejor el pensamiento del Pontífice de Roma. El Nuncio atendió la petición de la Reina y le hizo llegar una selección de textos de Ratzinger. Cuando recibimos la noticia de la canonización de Newman, sentí una gran alegría y decidí ir a Roma a participar como un fidelis laicus a la ceremonia en la Plaza de San Pedro. Disfruté al ver la efigie de Newman presidiendo la gran Plaza, llena de fieles, muchos de ellos venidos de tierras británicas. Entre los peregrinos ingleses, en un sitial al lado del altar, se encontraba el Príncipe Carlos, nada menos que el heredero de la Jefa de la Iglesia anglicana, quien, al concluir la ceremonia, saludó al Papa Francisco con respeto y cordialidad. La foto de aquel saludo fue portada al día siguiente en los periódicos británicos. Sonreía para mis adentros, pensando que aquel saludo era un feliz colofón a la controversia entre Gladstone y Newman, que dio lugar a la Carta al Duque de Norfolk. &#160;En la Plaza de San Pedro de aquella mañana del octubre romano me parecía que no era precisamente Newman el que salía mal parado. ¿Cuál es el origen de la Carta al Duque de Norfolk? El 1 de octubre de 1874 Gladstone escribió en la Contemporary Review un artículo, que contenía un virulento ataque contra los Decretos de Pío IX, consecuencia del Concilio&#160;&#160; Vaticano I de 1870. Un mes después (el 4 de noviembre) ampliaba las tesis del artículo en un opúsculo, The Vatican Decrees, que se convertiría en un best seller, con más de 145.000 copias vendidas en los dos meses siguientes a la publicación. Gladstone no era un cualquiera. No sólo era el ex Primer Ministro de Su Majestad la Reina Victoria, que había dejado el cargo unos meses antes, tras un largo gobierno de seis años, caracterizado por grandes reformas, período en el que el Imperio británico alcanzaba el cenit de su poderío. Las elecciones de febrero de 1974 habían dado el poder a Disraeli, su gran rival en política. Pero, además, Gladstone tenía reconocida especial autoridad en materia religiosa. Hijo de un acaudalado comerciante de Liverpool, con ascendencia escocesa, había querido ser clérigo de la Iglesia de Inglaterra. Por la firme oposición de su padre no persistió en su deseo, sin perjuicio de lo cual fue siempre un hombre piadoso y muy fiel a la Iglesia de Inglaterra durante toda su vida. En su casa leía la Biblia con su mujer todos los días. Recibió la esmerada educación de la élite británica de aquel tiempo: estudios secundarios en Eton y los universitarios en Oxford (Christ Church). Ocho años más joven que Newman, en su etapa oxoniense coincidió, entre 1828 y 1832, con el entonces joven clérigo de la Iglesia de Inglaterra, fellow del Oriel y vicario de la iglesia universitaria de St. Mary. Gladstone frecuentaba los sermones de Newman, en los que -confesaría- se sentía “embriagado” y fue miembro entusiasta del Movimiento de Oxford en sus primeros años. Profesó una gran admiración a Newman y cuando se enteró -era ya un reputado político y miembro del Parlamento- del ingreso de aquél en la Iglesia Católica experimentó un gran desconcierto y conmoción. Hay que decir que la famosa disputa entre los dos viejos amigos no provocó una ruptura total entre ambos. Cuentan sus biógrafos que cuando a mediados de los ochenta (diez años después de la controversia) Newman sufrió la casi total pérdida de la vista Gladstone le envió una pequeña lámpara para ayudarle a leer con unas afectuosas palabras y en 1890, en vísperas de la muerte de Newman, acudió a Birmingham a darle el último adiós. Muy probablemente, el hecho de que la réplica a su panfleto contra el Papa Pío IX y la Iglesia de Roma viniera de las manos de Newman le habría sorprendido</p>
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		<title>El Cardenal Newman, el santo humanista que llama a construir puentes y derribar muros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Card. Juan Jose Omella]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Oct 2019 00:00:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
		<category><![CDATA[Liderazgo humanista]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mensaje del Cardenal Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona y Patrono de la Fundación Pablo VI, ante la canonización del Cardenal Newman: «Vivió en grado heroico las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, así como las virtudes cardinales de la prudencia, de la justicia, de la fortaleza y de la templanza» El sábado, 5 de octubre, se celebró en Roma el consistorio para la creación de trece nuevos cardenales. Cuando el papa Francisco nombra a un nuevo miembro del colegio cardenalicio, lo hace tras un largo proceso de discernimiento y oración. Tal vez repare en aquellas virtudes que debe atesorar un buen sacerdote e incluso se inspire en el modelo de otros cardenales ejemplares que nos han precedido. Tal es el caso del cardenal y eminente teólogo John Henry Newman. El próximo domingo, 13 de octubre, el Santo Padre canonizará al cardenal Newman. Pero digamos de entrada que no lo elevará a los altares por haber sido nombrado cardenal por el papa León XIII, ni por sus valiosas obras teológicas, sino por haber vivido en grado heroico las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad, así como las virtudes cardinales de la prudencia, de la justicia, de la fortaleza y de la templanza. Es decir, por haber plasmado en su vida un testimonio coherente de santidad. Resulta significativo, a este respecto, que el mismo día, y junto con este eminente pensador cristiano, sean canonizadas cuatro religiosas de congregaciones dedicadas a la ayuda a los pobres y a la práctica de la misericordia y la caridad a favor de los más vulnerables de su tiempo. John Henry Newman, pronto santo Un rasgo fundamental en la vida de Newman es su condición de converso; ha sido el más famoso de los conversos al catolicismo en la Inglaterra victoriana. Nacido en Londres en 1801, se matriculó en Oxford, donde unos años más tarde llegaría a ser conocido como profesor y preceptor del famoso Oriel College y rector de Santa María, la capilla universitaria. Como intelectual, Newman ya desde su juventud sintió la inquietud de tender puentes entre la fe cristiana y la cultura de su tiempo. Fue uno de los inspiradores del Movimiento de Oxford, lo que le llevó a acercarse progresivamente a la Iglesia católica, a la que se adhirió en 1845. Ordenado sacerdote en Roma, estableció en Londres la congregación del Oratorio de San Felipe Neri y fue creado cardenal en 1879, once años antes de su muerte. «Dios nos habla primero en el corazón. El conocimiento propio es la llave para entrar en los preceptos y doctrinas de la Escritura» (Sermones Parroquiales 1,75). Newman es un humanista y entiende –y ama– el corazón del hombre, sede de la inteligencia, la voluntad y los afectos. El cristianismo responde a la verdad del hombre, sin humanidad no existiría el cristianismo. Aquí reside una de las genialidades de J. H. Newman: en este momento de desafío que vive la Iglesia ante una sociedad desorientada, Newman es un acicate incontestable para mostrar al mundo el verdadero rostro de la Iglesia, la que custodia la Belleza del hombre. Finalmente, Newman, que se movió en el mundo universitario, nunca consideró que la razón y la fe fueran incompatibles y se esforzó por tender puentes entre ambas. Esta condición de constructor de puentes es un mensaje muy actual. Para decirlo en palabras del papa Francisco, Newman puede inspirarnos en el esfuerzo –nunca acabado– «de construir puentes y no muros».</p>
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		<title>Decisión y compromiso (M. Rodríguez Molinero)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Sánchez Jiménez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 16 Jan 2013 16:34:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros / Publicaciones]]></category>
		<category><![CDATA[Card. Herrera Oria]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
		<category><![CDATA[M. Rodríguez Molinero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Estudio comparado de la vida y de la obra de John Henry Newman&#160;y de Ángel Herrera Oria, U. Complutense-Dilex, Madrid, 2012, 989 págs. Desde el propio título la obra se manifiesta sugestiva, novedosa; y, por su propia motivación y finalidad, atenta a probar una hipótesis más que sorpresiva: tras la oferta de diferencias entre uno y otro, la búsqueda de coincidencias entre dos vidas y dos trayectorias fijadas en siglo diferentes. Cuando muere J. H. Newman, en 1890, Ángel Herrera acababa de cumplir cuatro años, de modo que, si la del cardenal británico transcurre íntegramente en el siglo XIX, la del obispo de Málaga, cardenal Herrera Oria, viene a cubrir algo más de dos tercios del siglo XX. Ambos -ratifica el autor-, pese a todo, desarrollan su acción y sus vidas «como si uno hubiera pasado al otro el testigo de la realización de una alta misión» (pág. 11) Conforme a este supuesto, la hipótesis de que parte el autor está justificada y bien trabada a lo largo de este amplio texto; y la explicitación de diferencias, e incluso de grandes disparidades entre ambos, desde la cuna a la muerte,&#160; no reduce ni ensombrece&#160; similitudes y convergencias, que se irán exponiendo a lo largo de toda la obra, a partir de los bosquejos biográficos de cada uno, y, sobre todo, de la intención de dar la fuerza merecida al impacto, y a la devoción en ambos, de la “gran personalidad política” del papa León XIII, “verdadera piedra miliar afincada en el camino por el que transitaron tanto el que le precede como el que, siguiendo sus orientaciones, anuncia y&#160; se cunda “el esplendor de su doctrina social y política” (pág. 14). Para el autor de este libro, aparte las similitudes, coincidencias, convergencias y afinidades, personales y biográficas, entre ambos -alcanzan el ministerio sacerdotal católico en plena madurez; los dos se preparan para el sacerdocio tras un retiro casi monástico de cuatro años; acceden al episcopado transcurrido algo más de un lustro de su ordenación sacerdotal; y ambos llegaron al cardenalato a edad muy avanzada, al borde de los ochenta años, por méritos propios y por decisión personal de dos grandes pontífices &#8211; León XIII y Pablo VI- , las características fundamentales a destacar en este jugoso, rico y bien trabado ensayo comparativo son sustancialmente, y con sus peculiares formas de ser, sus actividades como “hombres de Iglesia”, la acción social y el intento de perpetuarla mediante las respectivas fundaciones, la obra cultural y educativa en que empeñan tiempo, recursos y generosidad hasta límites insospechados, la preocupación, teórica y práctica, &#160;por los desamparados y por los desheredados de la fortuna, su capacidad de atracción y su disponibilidad personal a la juventud universitaria, un esmerado cultivo de la predicación, su copiosa correspondencia epistolar, su apuesta por la promoción del laicado católico… Ambos, Newman y Herrera, sin lugar a duda alguna, fueron renovadores del catolicismo en su propio país. *&#160; *&#160; * A ello dedica el autor, profesor emérito dela UniversidadComplutense, de Madrid, su amplio y cuidado trabajo, en el que convergen como méritos a destacar el buen uso de amplísima documentación, inédita o no, y la forma en que discurre una esmerada redacción que permite aprender disfrutando, y su esfuerzo, siempre en escena, por respetar y hacer viable el equilibrio y la mesura a la hora de prodigar loas o de resaltar aspectos y situaciones cuando menos críticos. Tras justificar su investigación y su hipótesis primera, como acaba de indicarse, refiere en la primera parte de la obra el “perfil biográfico” de J. H. Newman (“la inteligencia al servicio de la verdad”) y el de A. Herrera (“la acción como lema de una vida”). Son, de hecho, dos síntesis biográficas completas, positivas, en alguna ocasión críticas, tal como se ha dicho, y siempre constructivas, en medio de una compleja interpretación y explicación de hechos, ideas, procesos, ideas, aptitudes&#160; y trayectorias que vienen a revelar el valor trascendente de unas actuaciones y de unas actividades que convierten a sus protagonistas en noticia permanente a lo largo de sus respectivos tiempos de influencia. *&#160; *&#160; * En la segunda parte, y en ocho sendos capítulos va dando cuenta de las convergencias entre ambos personajes, someramente indicadas arriba: la obra social de cada uno, y el interés en hacerla permanente mediante el recurso de las “fundaciones”; la amplia labor educativa y de promoción cultural; la predicación, bien urdida y mejor articulada, como expresión permanente del magisterio; su obra literaria y epistolar; sus ideas de “Universidad Católica”; las respectivas actitudes ante el Concilio (Vaticano I y Vaticano II); su vertiente íntima y religiosa, aquí definidas como “camino interior”; y, por último, el ejercicio del cardenalato en las postrimerías de sus respectivas existencias. El índice onomástico que corona el trabajo, y en el que se da fiel y cumplida cuenta de los apoyos documentales y bibliográficos de esta voluminosa publicación, es de una utilidad sorprendente, sobre todo porque permite volver con la mayor precisión&#160; a cuantos autores, textos y testimonios permitieron al autor llegar a buen puerto, tal como se constata a lo largo de toda su lectura, al tiempo que facilita a todo futuro lector la mayor facilidad hora para la consulta y uso de este riquísimo acervo. Aquí es, en esta segunda parte, y de forma más precisa y completa, donde se resaltan punto por punto las convergencias entre ambos Príncipes de la Iglesia, a partir de la hipótesis apuntada, y se repasa de forma clara, ordenada y precisa la ingente obra social y cultural de ambos cardenales. Se teje aquí, a lo largo de&#160; seiscientas páginas, mediante una labor y un proceso más que artesanales, la reconstrucción de lo que el autor, refiriéndose a sus biografiados, resume como “la grandeza de su alma”: la preocupación por las condiciones de vida de los más humildes a lo largo de sus vidas, su amplia labor educativa y de promoción cultural, su apostolado de la palabra, la predicación sagrada, que, para Newman, parte de su lema</p>
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