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		<title>Trump y el paracetamol: mala ciencia, peor política</title>
		<link>https://fpablovi.org/trump-y-el-paracetamol-mala-ciencia-peor-politica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Felipe Trillo Taboada de Zúñiga]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Sep 2025 10:35:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Donald Trump]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“Este hombre, por una parte, cree que sabe algo, mientras que no sabe [nada].Por otra parte, yo, que igualmente no sé [nada], tampoco creo [saber algo].”(Apología de Sócrates, Platón) Nadie se lo pidió. No hubo un requerimiento de ningún comité científico, ni del parlamento. Fue todo a iniciativa del gobierno de los EEUU. El pasado 22 de septiembre,&#160;Donald Trump convocó a la prensa&#160;en el salón Roosevelt de la Casa Blanca para anunciar “nuevas y audaces medidas” para “confrontar la crisis del autismo” (1). Lo acompañaron los más altos cargos en salud del país, además de niños autistas y sus familias. Todos hablaron, pero Trump abrió y cerró la comparecencia. En primer lugar, la exposición de motivos. Fundamentalmente: el interés personal de Trump hacia el tema, y el “problema de salud pública que supone el ascenso meteórico del autismo”. Sobre prevalencia: “Solía ser de 1 entre 20.000 personas. De ahí pasó, hace solo unos 18 años, a 1 entre 10.000. Hoy en día se estima que tiene autismo 1 entre 31 niños. Incluso más, si hablamos de niños varones. En California &#8211; por algún motivo- hay tasas de 1 de cada 12 niños varones”. Este aumento sería, en palabras del propio Trump y del secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr., demostrativo de una “epidemia”. También se mencionó, como motivo para tomar cartas en el asunto, la frustración hacia el colectivo médico-científico, a quien se le recriminó pasividad y falta de eficiencia. Trump trajo sus soluciones. Estas serían: espaciar las vacunas en la primera infancia, retrasar la vacuna de la hepatitis B a los 12 años (“es una enfermedad de transmisión sexual, ¿qué sentido tiene vacunar a niños?”) y, por supuesto, la “bomba” que motiva este artículo: Trump recomendó no tomar paracetamol durante el embarazo y evitar dárselo a los niños de forma rutinaria, por ejemplo tras una vacuna.&#160; “No tomen paracetamol. Simplemente no lo tomen. No hay ningún riesgo”. Es el resumen más respetuoso que podría escribir sobre la comparecencia. Pero hubo mucho más. De Trump: “Hay comunidades que no se vacunan ni toman paracetamol que no tienen autismo, como los amish”. De Kennedy: “Algo así pasa en Cuba, bueno, es un rumor”. De Martin Makary, presidente de la&#160;Food and Drug Administration&#160;(FDA): “La fiebre es la manera natural con que el cuerpo se defiende de la infección”. También se instrumentalizó el eslogan&#160;Believe Women: “Hay mujeres que están convencidas de que una vacuna provocó el autismo de sus hijos, pero a ellas no las queremos creer” (Kennedy). Destacó mucho en todo el acto el gusto por la acción, por lo audaz (bold actions). Y, ya hacia el final, una guinda marca de la casa: cuando una periodista explica a Trump que el Colegio de Obstetricia y Ginecología de los Estados Unidos recomienda usar paracetamol en el embarazo, el presidente (¡presidente!) del país la despachó diciendo “son elestablishment”. Cuando a los historiadores del futuro les toque estudiar esta época que vivimos, es bien seguro que tendrán que analizar el fenómeno de la desinformación. Uno de los daños colaterales de la era de la información es que existe&#160;demasiada,&#160;o al menos demasiada para ser correctamente analizada. Los datos crudos llegan al mismo tiempo a los expertos y a los ignorantes, y los segundos son siempre los más rápidos en tirar conclusiones, y en vociferarlas. Para empezar: es de una total y absoluta falta de rigor hablar de prevalencia del autismo sin dar una definición del trastorno, ni explicar los cambios en criterios diagnósticos y métodos de detección que se han dado en los últimos años. Una definición oficial y aceptada de los Trastornos del Espectro Autista (TEA) sería: “condición del neurodesarrollo que provoca algún grado de dificultad en la interacción social y la comunicación, patrones atípicos de actividad y comportamiento; por ejemplo, dificultad para pasar de una actividad a otra, gran atención a los detalles y reacciones poco habituales a las sensaciones.” (2) Es decir,&#160;el antiguo “diagnóstico de autismo” es, bajo el paradigma moderno, una pequeña parte del actual espectro autista. Por lo tanto, comparar los “diagnósticos de autismo” de 1990 con la actual “inclusión en el espectro” supone un clamoroso error de interpretación. El TEA, como cualquier otra condición médica, no puede ser analizado sin examinar los&#160;condicionantes sociales&#160;que favorecen su detección. La inclusión en el espectro comienza con la observación del comportamiento de los niños por parte de padres y maestros; por tanto, es mucho más frecuente en contextos sociales de riqueza y modernidad, que puedan centrarse en la infancia (como California…). Pensemos en un niño que presenta pequeños problemas para comunicarse: la probabilidad de ser incluido en el espectro de TEA será mucho mayor si es hijo único en una pudiente familia californiana, que, pongamos, si pertenece a una fratría de ocho de una familia amish en Utah, o de una familia cubana. Comparar la prevalencia de autismo de un escenario con otro es, de nuevo, un clamoroso fallo científico. Habida cuenta de lo anterior, cualquier característica que acompañe a la vida de una familia nuclear del primer mundo (como tratar la fiebre y el dolor durante la gestación) podría mostrar correlación estadística con la inclusión del hijo en el espectro autista. Pongamos: viajes del padre en avión, o uso de cosméticos por la madre. Pero el objetivo de los estudios observacionales no es el de relacionar datos inconexos, sino el encontrar&#160;relaciones causales&#160;que hemos sospechado previamente de forma razonada, expresada mediante una hipótesis plausible y comprobable. De lo contrario, lo más probable es que nos hallemos ante una&#160;correlación espuria&#160;(causada por una tercera variable no controlada), como aquel ejemplo en que el consumo de helados aumentaba los ahogamientos en las piscinas. Efectivamente, existen estudios publicados que han analizado una posible correlación entre exposición prenatal a paracetamol y desarrollo de autismo por el niño (3,4), pero todos ellos han sido fuertemente criticados y refutados por incurrir en fallos metodológicos y sesgos de confirmación (5). Por ejemplo, ninguno de ellos evaluó la tercera variable más evidente: ¿por qué la madre tomaba paracetamol?&#160;¿no sería más</p>
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		<title>Componer un mundo en común. ¿Por qué necesitamos a Bruno Latour?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Fabio Scalese]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Jun 2024 14:30:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros recomendados]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Manuel Zaragoza Bernal]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“Necesitamos a Latour […] porque necesitamos una filosofía como la practicaba él: una filosofía empírica, esto es, preocupada por lo que pasa en el mundo”. Ficha del libro: J. M. Zaragoza Bernal, Componer un mundo en común.¿Por qué necesitamos a Bruno Latour?Lengua de Trapo y Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2024. Hace unos meses aparecía la última publicación de Juan Manuel Zaragoza Bernal, dedicada a la obra completa del filósofo, antropólogo y sociólogo francés Bruno Latour (1947-2022). El libro se presenta como una manera de responder a la pregunta de por qué necesitamos a Latour, que Zaragoza considera uno de los pensadores más influyentes de este siglo y que, sin embargo, no es suficientemente conocido. Necesitamos a Latour […] porque necesitamos una filosofía como la practicaba él: una filosofía empírica, esto es, preocupada por lo que pasa en el mundo. En un mundo que en realidad existe, de triángulos perfectos y números imaginarios, pero también de niños de pecho, semáforos y garrapatas. El mundo, en definitiva, que realmente nos concierne, plegado de cuestiones que en verdad nos preocupan (p. 13). Juan Manuel Zaragoza Bernal es profesor de Filosofía en la Universidad de Murcia. Se ha dedicado a investigar la historia material de las emociones y el espacio, lo cual le ha llevado a acercarse al estudio filosófico de las emociones a través de las aportaciones de Lisa Feldman Barret, Ian Hacking y Bruno Latour. Se ha elegido reseñar esta publicación en el Observatorio debido a que aborda la cuestión de la concepción científica en un momento en que existen diversos temas que nos llevan a interrogarnos sobre el estatus de las ciencias. Solo por citar algunas, el desarrollo exponencial de la inteligencia artificial nos lleva a una pregunta que, como se verá, está muy presente en toda la producción del filósofo y sociólogo francés, quien advierte la necesidad de considerar también a los actores no humanos en la construcción del proceso científico. En este sentido, el proceso de creación de una ley europea sobre la IA demuestra que esta tecnología está por tener su propio papel como actor en la política. Además, la reflexión sobre la ciencia propuesta por el autor se refleja en una reconsideración política de amplio alcance que llega a considerar la necesidad de una democracia más inclusiva y que permita responder a las urgencias de nuestro tiempo, como la crisis energética y el tema ecológico. De hecho, Latour ha proporcionado una clave de lectura transversal de nuestro tiempo. Queremos intentar resumir su pensamiento a través de la ambiciosa obra de Zaragoza, quien ha logrado reflejar la complejidad y la coherencia del protagonista de su monografía. Cabe hacer una premisa necesaria: Latour es un autor complejo de leer y es difícilmente clasificable por diversas razones. Sus obras tratan temas de filosofía, antropología y sociología, cuestionando estas disciplinas en su sentido tradicional. Entre las posiciones más controvertidas presentes en su pensamiento, Latour pone en duda la dicotomía tradicional entre naturaleza y sociedad con el fin de proponer una lectura híbrida de las dos, de tal manera que resulten interconectadas. Este posicionamiento se ve reflejado en la Teoría del Actor-Red (ANT) que le otorga importancia a los “actores no humanos”, que son todos aquellos objetos y entidades que forman parte del proceso científico de la misma manera que la tienen los actores humanos. Como si fuera poco, su crítica a la modernidad y las razones que lo llevan a la afirmación según la cual “nunca fuimos modernos” (que da título a una de sus obras más conocidas) desemboca en una reconsideración controvertida y provocativa del conocimiento científico y de la política, que vale la pena conocer para conocer la relación actual entre las dos. Latour es un autor complejo de leer y es difícilmente clasificable por diversas razones. Sus obras tratan temas de filosofía, antropología y sociología, cuestionando estas disciplinas en su sentido tradicional. Componer un mundo en común presenta diez capítulos que trazan los aspectos fundamentales de la obra de Latour, que incluyen los estudios de ciencia y tecnología (STS), la crítica al concepto de objetividad en la ciencia, el reflejo de su propuesta en el ámbito político, planteando una democracia más inclusiva (hasta de los actores no humanos) y proponiendo una mayor atención para el tema ecológico y la resolución de las crisis contemporáneas. Cada capítulo trata un tema específico, conectado con el anterior y el siguiente para formar una reconstrucción coherente del pensamiento del autor. Ahora proponemos un pequeño recorrido de los capítulos para reconstruir el hilo conductor que guía la narración del texto. El primer capítulo, “Un territorio en disputa”, arranca con uno de los aspectos claves del pensamiento latouriano: el cuestionamiento de la objetividad y la fiabilidad de la ciencia. Esta puesta en discusión lleva el autor a interesarse por la investigación del lugar principal en que se hace la ciencia: el laboratorio. Entre muchos inspiradores que han enriquecido el pensamiento de Latour, cabe mencionar el papel jugado por La estructura de las revoluciones científicas (1962) de Thomas Kuhn (1922-1996). En esta obra maestra de la filosofía de la ciencia, Kuhn considera que son las revoluciones de los paradigmas vigentes que causan el cambio en el ámbito científico. Por lo tanto, el recorrido científico no es un progreso lineal y esta idea es retomada por Latour para poner en duda la interpretación de la ciencia como un camino recto hacia una verdad objetiva e inmutable. &#160; El segundo capítulo, “Dentro del laboratorio: un viaje del orden al caos”, a partir de la premisa que se acaba de mencionar, Zaragoza explica el propósito de Latour que, junto con Steve Woolgar (1950) en La vida en el laboratorio (1979), quiere entrar en el laboratorio para documentar lo que ocurre dentro, abordando la investigación con un planteamiento, no exente de provocación, antropológico: ¿Qué ocurriría si estudiásemos a los científicos de la misma forma en que estudiamos a una tribu del Amazonas? O, dicho de otra forma: ¿qué pasaría si tratásemos a los científicos como tratamos a</p>
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