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	<title>Democracia archivos - Fundación Pablo VI</title>
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	<title>Democracia archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano</title>
		<link>https://fpablovi.org/el-colapso-de-la-democracia-la-oportunidad-para-una-geopolitica-al-servicio-del-hombre/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Jun 2026 11:44:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Escuela de Verano]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Geopolítica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Escuela de verano de Doctrina Social de la Iglesia</p>
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		<title>Habermas y Ratzinger: dos razones y un punto de encuentro posible</title>
		<link>https://fpablovi.org/habermas-y-ratzinger-dos-razones-y-un-punto-de-encuentro-posible/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabio Scalese]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 06 Apr 2026 20:05:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Habermas]]></category>
		<category><![CDATA[Ratzinger]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El fallecimiento de Jürgen Habermas, acaecido el pasado 14 de marzo de 2026, supone la despedida de uno de los más grandes filósofos europeos de la posguerra hasta el día de hoy. Para rendir homenaje a su legado, merece la pena recordar una de las piedras angulares de su pensamiento: el diálogo o, más bien, el diálogo elevado a categoría normativa de la democracia. Esta última especificación se hace necesaria a la hora de recordar las aportaciones del filósofo, que fue capaz de detectar el alcance político del diálogo como uno de los fundamentos de la democracia. Lejos de ser un simple medio para alcanzar el entendimiento, esta práctica comunicativa se configura como el marco fundamental para el debate público y se expresa a través de la acción comunicativa, la ética y la política, hallando su expresión más alta en la democracia deliberativa.&#160;La práctica discursiva así concebida supera la mera conversación entre dos interlocutores y permite concebir una vida democrática orientada por el entendimiento y no por la imposición.&#160;En este sentido, merece la pena destacar dos rasgos característicos del diálogo habermasiano: su carácter público y su orientación racional. Para rendir homenaje al legado de Habermas, merece la pena recordar una de las piedras angulares de su pensamiento: el diálogo o, más bien, el diálogo elevado a categoría normativa de la democracia. En cuanto a su dimensión pública,&#160;el diálogo fomentado por Habermas se convierte en un intercambio público entre ciudadanos libres e iguales.&#160;La importancia de la dimensión pública se encuentra en la necesidad de preservar la democracia del riesgo de convertirse en pura técnica o pura propaganda. Las dos polarizaciones constituyen dos derivas opuestas e igualmente peligrosas que expresan una patología contemporánea del régimen democrático en la medida en que afectan su núcleo deliberativo. Por eso, se hace necesaria una política orientada al entendimiento en el marco de la esfera pública, con el fin de superar una manera de hacer política reducida al cálculo estratégico, a la manipulación o a la movilización emocional. Desde esta caracterización pública de la acción comunicativa, se puede derivar también otro aspecto del diálogo, que se aleja de cualquier forma de sentimentalismo inmediato para estructurarse también desde la mediación de la racionalidad. Frente a la difusión de los populismos y del auge de las emociones colectivas del miedo, del odio y en general de una emotividad inmediata (es decir, sin mediación racional), la práctica dialógica habermasiana se presenta como una disciplina y un entrenamiento de la racionalidad. Dicho de otra forma, el diálogo público y racional consiste en un sometimiento de las pretensiones de validez en cuestiones como la verdad o la justicia a un escrupuloso examen deliberativo. Se entiende así en qué sentido es “práctica” y en qué medida va más allá de lo institucional, pasando a formar parte de la configuración de la sociedad civil como elemento esencial de la ciudadanía. El objetivo de la acción comunicativa de Habermas resulta ser, por lo tanto, la comprensión mutua, cuyo potencial se intensifica y se hace más potente cuando la interlocución se produce entre posiciones distintas.&#160;De hecho, la deliberación no suprime el conflicto que es el punto de partida fundamental para ampliar el horizonte de conocimiento como resultado de la fuerza del mayor argumento. Al mismo tiempo, quiere impedir que ese conflicto destruya el mundo común, en virtud de la búsqueda racional de lo que se acaba de mencionar, el mejor argumento como punto de llegada del consenso. En este sentido, merece la pena recordar una ocasión en que la potencialidad del intercambio de razones tuvo como protagonista al propio filósofo, teniendo como interlocutor a otro exponente de una razón a menudo presentada como antagónica a la razón secular que Habermas encarnaba: la razón teológica. La práctica dialógica habermasiana se presenta como una disciplina y un entrenamiento de la racionalidad. El encuentro del filósofo alemán con el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger en Múnich (enero de 2004) constituye una escena paradigmática de una puesta en práctica potente, real y eficaz de la racionalidad comunicativa de la que hemos estado hablando hasta ahora. El motivo del encuentro, los fundamentos morales y prepolíticos del Estado liberal, representó un marco ejemplar para la argumentación de dos posturas a menudo consideradas incompatibles e incapaces de comunicarse entre sí: la razón secular y la conciencia religiosa. Más allá del contenido del encuentro, cabe señalar cómo se puso de manifiesto el potencial moral y político de un proceso discursivo eficaz.&#160;En la ocasión del encuentro entre Habermas y Ratzinger, se hizo realmente visible una extraordinaria apertura por parte de los interlocutores para integrar racionalmente las aportaciones recíprocas para un enriquecimiento del debate público. Ahí Habermas mostró cómo, pese a su pertenencia a una racionalidad secular, resulta decisivo que esa misma razón no se encierre en sí misma y sea, por el contrario, capaz de convivir con un aspecto fundamental de la religión, es decir, su presencia en la esfera pública como sedimentación histórica. Esta postura le reconocía a la religión un importante papel moral y político en la construcción del marco democrático y, por lo tanto, tiene que ser tenido en cuenta como referencia clave para una democracia sana. El encuentro del filósofo alemán con el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger en Múnich constituye una escena paradigmática de una puesta en práctica potente, real y eficaz de la racionalidad comunicativa. El diálogo con Ratzinger representa una ocasión excelente para honrar a este gran filósofo, que en sus propios gestos fue capaz de demostrar la coherencia con las ideas que él mismo defendía. Una deliberación madura consiste, ante todo, en la capacidad de escucha, sobre todo ante aquellas posiciones que son más distantes de las nuestras. Solo así se puede llegar a constituir, de forma racional y pública, una muestra auténtica de una argumentación viva, en proceso y nunca clausurada. Una demostración real de que, como por ejemplo en el caso del encuentro entre dos máximos exponentes de dos razones distintas, es posible una coexistencia pacífica y enriquecedora entre la voz secular y</p>
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		<title>Para la salvaguarda de la democracia es urgente la conversación cívica y la educación de la conciencia</title>
		<link>https://fpablovi.org/verdad-conciencia-y-futuro-de-la-democracia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Mar 2026 07:14:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ciclo Newman]]></category>
		<category><![CDATA[Cardenal Newman]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Esteban Sánchez Moreno]]></category>
		<category><![CDATA[José María Lassalle]]></category>
		<category><![CDATA[Paloma Durán Lalaguna]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital reflexionan sobre el futuro de la democracia en el segundo coloquio del ciclo Newman, dentro del Centro de Pensamiento Pablo VI Vivimos en una era en la que la pregunta por la verdad y, sobre todo, la verdad con mayúscula se presenta con un desafío constante. En tiempos de algoritmos que editorializan y mediatizan el relato; de discursos fragmentarios, parciales y superficiales; del deterioro de la conversación cívica y del debate público; y de desconfianza institucional y de debilidad de las instituciones educativas, la búsqueda por la verdad y la formación de la conciencia se hace urgente e indispensable. De esto fue el coloquio celebrado el día 11 de marzo entre&#160;Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y&#160;José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital. Guiados por Esteban Sánchez, catedrático de Sociología de nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII de la Fundación Pablo VI, ambos desbrozaron, en su análisis, los grandes retos de nuestro tiempo, en que vivimos, tal y como indicó Paloma “una auténtica emergencia democrática y educativa”. La primera, por la ausencia de conversación pública y la polarización; y la segunda, por una “vulgarización” de la educación universitaria, sumida en continuos procesos de verificación y olvidando la obligación de transmitir un conocimiento basado en la integridad, en la verdad y el esfuerzo. En la era de los algoritmos que han copado la conversación pública y la han transformado en una cámara de eco donde solo se escucha aquello que nos autoafirma, el debate cívico que hace posible la democracia se ha tornado en una quimera. Algunos índices, como el publicado por la Universidad de Gotemburgo, sitúan a España entre los países de Europa con menor espacio de diálogo democrático, con una población dividida en grupos ideológicos para los que lo que impera no es la verdad, sino en relato, la opinión o la emoción. Tras ello, el profesor Lassalle situó toda una plataforma de negocio interesada en que el tráfico más ruidoso sea el del odio y el ruido haciendo imposible “entender la complejidad que estamos viviendo”, y situándonos en lo que denomina “nihilismo tecnológico”, mucho más peligroso que el relativismo porque niega radicalmente la existencia de la verdad. Una verdad que, al contrario del relato que se trata de imponer, sí existe en política, “es la base fundamental de la democracia” y negar su existencia es, por tanto, ponerla en riesgo. Aunque gran parte de esta situación de nihilismo está provocada por la tecnología y las redes sociales, no toda la responsabilidad es de esta herramienta en la que hemos delegado nuestra capacidad de desplegar lo que nos hace genuinamente humanos, que es la razón comunicativa. Hay muchos más factores, como es el deterioro de una educación que se ha vaciado de “la auctoritas” y del ejercicio del discernimiento. Para Lassalle, la tecnología y la inteligencia artificial han sustituido a la “paideia”; y la universidad, sumida, por una parte, en la lucha del saber contra la máquina; y, por otra, en la obsesión por las verificaciones, ha perdido la esencia para la que fue creada. Paloma Durán habla incluso de una “vulgarización de la enseñanza universitaria, haciendo de ella la antítesis de lo que Newman planteaba en la idea de la universidad”. Por eso, más que para la difusión de conocimientos, es fundamental una formación ética de las virtudes para la responsabilidad, la integridad y a la búsqueda de la verdad; y la educación de la conciencia orientada a la comprensión de la culpa, la ambigüedad moral, entender lo que puede representar faltar al respeto de la dignidad del otro, etc. “Se trataría, como explicó Lassalle, de poner atención en todo aquello que puede producir un bien o un mal en los otros como espejo de nosotros mismos”. Porque el protagonismo de la democracia no es solo del individuo en cuanto a sujeto de derechos, sino la persona que, además de derechos, tiene una conciencia que nos hace insustituibles por las máquinas. Esto va más allá de la conciencia religiosa, pero no es “en absoluto incompatible” para nuestra modernidad. Por eso, en tiempos de posverdad, de algoritmos que pretenden definir nuestra realidad y de nihilismo, la figura de John Henry Newman y su insistencia en la dignidad de cada persona como sujeto libre y racional es un faro que sigue iluminando.</p>
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		<title>¿Hacia dónde transitan las democracias occidentales?</title>
		<link>https://fpablovi.org/hacia-donde-transitan-las-democracias-occidentales/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Jesus Avezuela Cárcel]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jan 2026 08:01:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Tribuna]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Iniciamos el segundo cuarto del siglo XXI tras haber consumido sus 25 primeros años. Un cuarto de siglo en el que se han removido los paradigmas que nos han guiado durante décadas en Occidente, como el imperio de la ley. El modelo democrático, con sus virtudes y sus imperfecciones, ha entrado en crisis -algunos dicen que es una liquidación final del modelo porque no hay vuelta atrás- y parece que se discurre hacia otra forma de organizar lo político. Desde la Fundación Pablo VI venimos analizando en estos años como el déficit de credibilidad en este modelo de participación democrática está en íntima conexión con un progresivo y creciente malestar ante las consecuencias de la situación económica, política, social cada vez más inestable en todo el planeta. En la percepción social se ha instalado una&#160;distancia, descreimiento e, incluso, desconfianza de los propios valores democráticos favoreciéndose -especialmente por el nuevo núcleo de infraestructura informativa- el barullo, los bulos y la estridencia como principales ejes de los discursos y mensajes políticos que se configuran como esenciales en detrimento de las verdaderas demandas y necesidades reales de la sociedad. En el imaginario de la ciudadanía se está&#160; consolidando la idea de que el Estado social y democrático de Derecho, especialmente exitoso en el siglo pasado en el ámbito europeo, ha dejado de orientarse hacia la búsqueda del bienestar común. En paralelo, y ante la insatisfacción en las necesidades más básicas, como por ejemplo la situación de la vivienda, o la tensión que genera la cuestión de la inmigración, los ciudadanos, fundamentalmente los más jóvenes, han dejado de poner el foco en los derechos fundamentales y las libertades públicas como eje fundamental de los Estados democráticos. Dicho de otro modo, la frustración de las expectativas socioeconómicas ha puesto en cuestión el principio de representación en las organizaciones políticas y terminan cuestionando su actual configuración como ineficiente para dar respuesta al descontento social. ¿Hacia dónde transitan, pues, las democracias de Occidente? ¿Qué opciones se plantean? ¿Estamos ante una crisis de la representación derivada, entre otras, de las nuevas tecnologías y la desinformación? ¿Los ‘felices años veinte’ que se están viviendo tras la salida de la pandemia pueden tener una deriva similar a la que tuvieron en el siglo pasado ante el auge de los nuevos populismos en el mundo? ¿Qué supone el definitivo declive de los partidos moderados en el espectro político de la izquierda y la derecha? Estas serán algunas de las preguntas que repetidamente nos haremos en la Fundación Pablo VI a lo largo de este año 2026 a través de sus diversos formatos en el seno de su&#160;think tank. Y, en este sentido, retomamos nuestras actividades este mes de enero, con algunos diálogos entre los que merecen citarse el que se llevará a cabo, el martes 13 de enero, entre los catedráticos de economía Carlos Rodríguez Braun y Luis Ayala, dentro del ciclo que esta institución quiere dedicar al recientemente nominado doctor de la Iglesia Católica, el cardenal John Henry Newman; y el que protagonizarán, el próximo martes 20 de enero, en el Foro de Encuentros Interdisciplinares, Mons. Luis Argüello y Cayetana Alvarez de Toledo. Será el punto de partida de un año en el que queremos dar respuesta a estas y otras muchas cuestiones, desde el diálogo, siempre fecundo, de la Iglesia con la sociedad; y desde la mirada al mundo con la Doctrina Social de la Iglesia.</p>
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		<title>La Inteligencia Artificial y su efecto como palanca de cambio en las democracias</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-inteligencia-artificial-y-su-efecto-como-palanca-de-cambio-en-las-democracias/</link>
					<comments>https://fpablovi.org/la-inteligencia-artificial-y-su-efecto-como-palanca-de-cambio-en-las-democracias/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Vicente Pastor]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Jan 2023 15:19:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Ética]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia artificial]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Introducción En este, como en cualquier otro análisis político, debemos evitar las simplificaciones maniqueas habituales. En el mundo académico encontramos inmensidad de cuestiones relacionadas con la Inteligencia Artificial (IA). No es para menos, teniendo en cuenta que la IA se ha convertido en una combinación de algoritmos que está prácticamente en todas partes. Sin embargo, no somos conscientes de dicha presencia, no la percibimos, si algo o alguien no nos lo recuerda. Si bien es cierto que es más fácil detectar visualmente una carretera o un tren para llegar de un punto a otro, no podemos olvidar que también están presentes algoritmos que se encargan de indicarnos, por ejemplo, el transporte que deberíamos coger o por qué carretera deberíamos ir según nuestro patrón de desplazamientos y nuestras preferencias anteriormente mostradas. Nos encontramos ante una explosión sin fin de la IA. Una explosión cuya onda expansiva abarca prácticamente cualquier ámbito de nuestra vida diaria, especialmente desde el momento en el que desbloqueamos nuestros teléfonos móviles y nos disponemos a hacer cualquier gestión, ya sea a través de nuestra banca on-line o simplemente al pedir comida a domicilio. Pero no solo es una cuestión cuantitativa, también lo es cualitativa: el machine learning busca hacer predicciones y tomar decisiones, a la vez que realiza un proceso de aprendizaje automático. El impacto socioeconómico de la IA es evidente, plantea problemas serios de gobernanza, con claro impacto en la vida política de los Estados y de la comunidad internacional en su conjunto. “La gobernanza de los algoritmos y la reciente evolución de la IA indicarían un progresivo cuestionamiento de equilibrios democráticos básicos de nuestras comunidades políticas”, J. Ignacio Criado ¿Quién no conoce el caso del sistema de IA que discrimina a las personas de color en el ámbito jurídico en Estados Unidos? ¿O el sistema inteligente que ayudaba a la contratación de personal y que discriminaba por género? ¿O la influencia en procesos democráticos por algoritmos de recomendación que fomentan la polarización de la sociedad? ¿Escándalos de privacidad? ¿O los algoritmos opacos que buscan el fraude en prestaciones sociales? ¿Sesgos de género en la traducción automática? Y existe un largo etc. (OdiseIA 2022, 15). El profesor J. Ignacio Criado (2019) afirma que “la gobernanza de los algoritmos y la reciente evolución de la IA indicarían un progresivo cuestionamiento de equilibrios democráticos básicos de nuestras comunidades políticas”. Prosigue Criado poniendo como ejemplos “los problemas relacionados con las cámaras de eco polarizadoras y la difusión de noticias falsas en redes sociales”, un hecho que, como bien sabemos, ha generado un refuerzo de las posiciones políticas más extremas y que incluso ha tenido consecuencias en diferentes resultados electorales. En este contexto resulta imprescindible preguntarse: ¿la IA está mejorando nuestras administraciones públicas y los sistemas políticos o está llevándonos hacia un camino de crisis de legitimidad de las democracias? ¿Puede contribuir la IA a transformar los procesos de adopción de decisiones en el ámbito público? ¿Son más las oportunidades o los retos que plantea la activación de esta innovación en la Administración Pública? ¿Qué características debe tener la IA para aportar valor democrático a las administraciones públicas y contribuir a mejorar la legitimación del sistema? Sobre lo que no hay duda ninguna es que la IA actúa como palanca de cambio en los contextos políticos. Las dudas que surgen y el desconocimiento por parte de la mayoría de la población hacia la IA y su implementación en el ámbito público la convierte, en ocasiones, en algo que genera desconfianza o, incluso, rechazo. Es lo que García Mexía (2022) llama “ciberfatalismo”. Conviene hacerle frente con datos y análisis riguroso. En este artículo se pretende hacer un repaso de la situación de la IA en el ámbito público, de sus implicaciones éticas y del futuro más inmediato sobre esta cuestión. Administración Pública e Inteligencia Artificial La IA no es algo nuevo. Sus orígenes se remontan ya a varias décadas atrás y su campo de actuación se circunscribe a cualquier ámbito imaginable. Si bien es cierto que la utilización de la IA en el sector público es un hecho que crece exponencialmente, se encuentra, en numerosas ocasiones, en una situación incipiente o desconocida por lo que respecta a sus posibles usos y potencial transformador. El problema no son los algoritmos en sí mismos, sino la evolución de los avances que producen y que, en ocasiones, escapan a nuestro control. En el ámbito de la Administración Pública, la incorporación de algoritmos que prevean los comportamientos y patrones por parte de la ciudadanía en su relación con la Administración convierte a la IA en una herramienta modernizadora del sector público de primer orden. Obviamente, los algoritmos, que no son más que procesos complejos diseñados para la resolución más efectiva y eficiente de problemas, influyen en la acción de gobierno, una acción que se desarrolla a través de dispositivos y tecnologías que permiten la gestión y el control de datos, especialmente de aquellos que provienen de la ciudadanía (Criado, 2020). De esta forma, la incorporación de la IA en la gestión pública debería tener como principal consecuencia un cambio hacia un horizonte más innovador, más complejo y a la vez más efectivo y eficiente. Unos cambios que se pueden percibir a la hora de realizar contratos públicos, a la hora de contratar al personal, a la hora de elegir entre diferentes alternativas de políticas públicas y, cómo no, se trata de unos cambios que inciden en la relación entre ciudadanos y administraciones, especialmente en aquello relativo a las concesiones de licencias, ayudas o cualquier tipo de resolución de trámites administrativos. Las consecuencias del uso de la IA en la Administración Pública son importantísimas para el presente y el futuro de nuestras administraciones. “La incorporación de la IA en la gestión pública debería tener como principal consecuencia un cambio hacia un horizonte más innovador, más complejo y a la vez más efectivo y eficiente”. Como consecuencia de ello, hay distintas organizaciones internacionales que son conscientes de ello y que, además, apuestan claramente por la incorporación</p>
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		<title>Gabriel Boric: ¿nueva esperanza para Chile?</title>
		<link>https://fpablovi.org/gabriel-boric-nueva-esperanza-para-chile/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[David Bruna Ortiz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jan 2022 08:33:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
		<category><![CDATA[Red de Liderazgo Iberoamericano]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“Entender la democracia como un mero instrumento, como una competencia donde un grupo le gana otro cada cierto tiempo y obtiene la prerrogativa de imponer sus posturas, ha llevado a crisis que generan heridas y quiebras en la cohesión social de los cuales cuesta recuperarse con los años” La elección de Gabriel Boric como presidente de Chile puede decirse que ha marcado un hito en la historia del país y ha generado gran repercusión a nivel global por la eficiencia y transparencia del proceso. La historia dirá si la elección de Boric da lugar a un nuevo ciclo en el proceso político chileno. De momento, genera esperanza la posibilidad de que, por su trayectoria, sea capaz de lograr acuerdos sólidos y transversales. En cifras, la elección del 19 de diciembre ha marcado un hito pues nunca en la historia de Chile había votado tanta gente: 8.363.910 electores acudieron a las urnas, un 55,6% del padrón electoral, el más alto desde que se instauró el sistema de voto voluntario. Esos números, sumados a la participación del plebiscito para la definición del actual proceso constituyente, hablan de una institucionalidad democrática de Chile que se fortalece, luego de la constante tendencia a la baja participación electoral desde la recuperación democrática en 1990. A nivel internacional destacó la eficiencia al contar con resultados claros una hora después del cierre de las mesas, y el clima de respeto cívico que mostraron ambos candidatos al reconocer inmediatamente el resultado, lo cual espantó los aires de extremismo y agresividad que se asomaron durante el período de campaña. Gabriel Boric lidera una coalición de izquierda con el Partido Comunista como socio mayoritario, que, como resultado de la elección de noviembre, solo cuenta con 37 diputados y 5 senadores, porcentajes minoritarios en el Parlamento que no permiten ni siquiera aprobar una ley simple. Si bien hay que reconocer que su campaña fue meteórica desde que lanzó su candidatura, en primera vuelta solo convocó casi el mismo número de votantes de las primarias de su coalición, pero en el último mes de campaña supo capitalizar un apoyo político transversal del centro-izquierda y sectores independientes. A pesar de que se buscó encasillarlo en la extrema izquierda, hay que tener en cuenta que la moderación de su discurso y la búsqueda de apoyos transversales, llevándolo a incluir propuestas de candidatos de la ex Concertación, por ejemplo, reflejó su gran capacidad política de generar acuerdos y moderar su propia postura en la búsqueda de un bien común. De la trayectoria política de Gabriel Boric se ha destacado su habilidad política para los acuerdos. Como dirigente estudiantil fue clave en la movilización del año 2011 que culminó en cambios radicales al sistema educacional, como la gratuidad universitaria. Ya como diputado se atrevió a participar en la comisión por la Infancia, convocada por el presidente Piñera para enfrentar la crisis del sistema de protección de menores (SENAME), que le generó críticas de su propio sector[1]. En el mismo sentido, fue uno de los líderes claves en el Parlamento por el acuerdo por la paz y la nueva Constitución[2], que permitió una salida institucional al estadillo social de octubre de 2019[3]. Este recorrido, entre otras acciones, demuestra su voluntad de generar acuerdos con quienes piensan distinto, desplegando una personalidad propia que le permite integrar distintas opiniones sin renunciar a sus convicciones y sin perder su independencia, hasta el punto de que se ha dicho de él que cree profundamente en la vocación transformadora de la política. &#160; Ante la crisis social que se evidenció en Chile en octubre de 2019, que se venía arrastrando y acumulando hace décadas, y que en el último tiempo se acrecentó con la pandemia, el pueblo chileno ha optado por Gabriel Boric para ser parte del proceso transformador ya iniciado en el proceso constituyente. Después del estallido social se clarificó que la crisis en Chile no es de gestión, sino de política. Chile, desde la vuelta a la democracia, ha mostrado un buen desempeño económico, una disminución considerable de la pobreza, una capacidad de respuesta ante emergencias como los terremotos, y un sistema público de salud que ha respondido con eficiencia a la pandemia, convirtiendo a Chile en uno de los líderes a nivel mundial en el proceso de vacunación. Pero esa eficiencia no ha ido de la mano de un sistema político que atienda los reclamos y las expectativas de la sociedad en su conjunto, como ha sido la escandalosa desigualdad y otros estándares a nivel global que de manera vergonzosa no se cumplen en el país, como la privatización del sistema de pensiones y de recursos naturales como el acceso al agua. Una gran expresión de la crisis que se acumulaba fue la constante baja en la participación electoral, llegando a mínimos cerca del 40% del padrón electoral, poniendo en cuestión la legitimidad de la institucionalidad del país y que explica en parte el estadillo social. La elección del presidente Gabriel Boric señala con fuerza que Chile quiere cambios, pero no a costa de la debilitación del sistema político y que estos cambios tienen que sustentarse en acuerdos sólidos y amplios. Los chilenos nos hemos dado cuenta de que somos un país diverso en todos los sentidos, y que son diversas también las causas con las que nos queremos comprometer. La pregunta es cómo le damos cauce a esa diversidad de propuestas sin imponer la propia postura y generar descontento en otros grupos, tal y como ocurrió en el estadillo social de octubre de 2019. Parece ser sano para la convivencia democrática que se empiece a hablar más de acuerdos que de mayorías. Entender la democracia como un mero instrumento, como una competencia donde un grupo le gana otro cada cierto tiempo y obtiene la prerrogativa de imponer sus posturas, ha llevado a crisis que generan heridas y quiebras en la cohesión social de los cuales cuesta recuperarse con los años. Hoy nuestras democracias deben ser capaces de impulsar acuerdos sólidos, donde cualquier grupo, por minoritario que sea,</p>
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		<title>En el filo de la Democracia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jesus Avezuela Cárcel]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Dec 2021 10:17:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Firma]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El pasado 9 y 10 de diciembre, el presidente Joe Biden organizó una cumbre virtual para líderes del gobierno, la sociedad civil y el sector privado. En su discurso inaugural, comenzaba diciendo que llevaba mucho tiempo pensando en esta reunión porque son continuos y alarmantes los desafíos a la democracia y a los derechos humanos universales, y fortalecer las instituciones democráticas requiere un esfuerzo constante. Los países que han sido invitados a la cumbre, la mayoría -hasta un total de 110- no se han hecho un especial eco del evento; pocas noticias o, a lo sumo, discretas. En el caso de España, tan solo en la página web del Gabinete de la Presidencia se hacía una breve reseña del comunicado norteamericano, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, participó en una intervención, muy desapercibida también por los medios, en la que, como el resto de participantes, se ciñó a los grandes axiomas sobre la vulnerabilidad del sistema democrático y la necesidad de defenderlo activamente. Sin embargo, los que sí que han mostrado su malestar de forma ostentosa han sido los países no invitados, como Egipto, Turquía, Rusia, China, Cuba, Nicaragua,&#160;Honduras,&#160;el&#160;Salvador o Guatemala, entre otros. Hasta tal punto que el Consejo Estatal de China, el supremo órgano del gobierno, publicó un documento titulado “China, una democracia que funciona” argumentando que “no hay un modelo fijo de democracia; se manifiesta de muchas formas” y en el que se jactaba de configurarse como un verdadero Estado de Derecho que había sido más eficaz durante la pandemia que otros que presumían históricamente de ello. No cuestiono ahora, si el modo de organizar una cumbre para la defensa de la democracia y de los derechos humanos universales, invitando a unos y excluyendo a otros haya sido o no la forma más adecuada. En este sentido, la responsable de comunicación de la Casa Blanca pretendió restar importancia a esta circunstancia declarando que la inclusión en la lista de invitados no pretendía ser un sello de calidad de la democracia de cada país, ni implicaba la exclusión de un cierto club o la desaprobación de los que no están. Ahora bien, lo que sí que resulta sintomático es que una cumbre que tenía la finalidad de poner en el foco los muchos peligros a los que las democracias se enfrentan, haya pasado, entre nosotros, de forma totalmente inadvertida, sin prácticamente ningún resultado o consecuencia reseñable. Y, sin embargo, sí que ha generado una visible repulsa y reacción, sobre la base de un supuesto victimismo, de todos aquellos que no fueron invitados a la fiesta y muy especialmente de China y Rusia, concienzudamente interesados en debilitar los cimientos de Occidente. &#160; Decía Biden, en el referido discurso inaugural, que la democracia no surge por accidente; que tenemos que renovarla con cada generación. Pues dudo que esta primera cumbre para la democracia haya cumplido con la finalidad con la que se previó de aunar esfuerzos frente a los riesgos a los que se enfrentan nuestros sistemas democráticos y a los complejos desafíos globales. Y ello, no por los defectos que puedan imputarse a la cumbre, sino por el modo en que nos enfrentamos a los peligros que nos acechan. En las sociedades anestesiadas o apáticas en las que vivimos, despreciamos o, cuanto menos, ni nos cuestionamos que el marco de progreso, libertad e igualdad, sean pilares que sostienen el edificio democrático cuya fortaleza o fragilidad está separada por una tenue línea. Hasta justificamos posiciones -quizás llevados por momentos de desesperanza en estos tiempos de crisis pandémica- que recuerdan momentos muy desgraciados de nuestra historia. La asombrosa indolencia de una ciudadanía pasiva contrasta con un sinfín de peligros calculadamente aprovechados o directamente promovidos, entre otros, por esos que no recibieron invitación para la cumbre. Y, por eso, más allá de las críticas que pueda recibir esta convocatoria por su ampulosa ambición o por sus inciertos resultados, siempre es positivo aunar esfuerzos para la renovación democrática -en términos del propio Biden- y ojalá todos podamos sumarnos a procesos de debate, consenso y reflexión moderada en estos particulares momentos de desasosiego y zozobra democrática.</p>
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		<title>El encuentro “La democracia del corazón”, este viernes en TRECE</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Mar 2021 11:33:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Política]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La política ocupa directa o indirectamente una gran parte de nuestras vidas. Por un lado, decimos que estamos hartos de ella, pero, por otro, copa cada vez más nuestras conversaciones, nuestras redes sociales o nuestras reuniones familiares y de amigos. Y la forma de hacer y de vivir la política actualmente, más basada en las emociones que en la razón, está configurando nuestro modo de ver el mundo. Fenómenos como el Brexit, el asalto al Capitolio, los referéndum de autodeterminación son un ejemplo de los peligros de los populismos y de esas políticas personalistas que exaltan los sentimientos y las emociones frente a la razón, que buscan una supremacía del ejecutivo frente al resto de poderes y que se muestran incapaces de llegar a acuerdos en cuestiones que afectan al bien común. La pandemia ha puesto en evidencia muchas de estos males de la política hoy en día, centrada en el cortoplacismo y en las recetas fáciles para los problemas complejos. Y, mientras, aumenta cada vez más la desafección y el descrédito por las instituciones, alentado incluso desde la propia política. Este viernes, a las 22 horas, en el espacio “Encuentros para una nueva era”, en TRECE se hablará de lo que se ha empezado a denominar la «democracia sentimental» o la «política de las emociones», con Federico Trillo-Figueroa, Letrado Mayor del Consejo de Estado, expresidente del Congreso de los Diputados y exministro de defensa; Ramón Jáuregui, presidente de la Fundación Euroamérica, exministro de la presidencia y ex eurodiputado; Ignasi Guardans, consultor de políticas públicas, exdiputado de CIU, y miembro del Parlamento Europeo entre 2004 y 2009; y Enrique Cocero, consultor político, Ceo y fundador de 7-50 Estrategy. Tras el programa, que dirige y presenta Jesús Avezuela, director general de la Fundación Pablo VI, se emitirá la película «La vida es bella».</p>
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		<title>Cuartango: “hay que reinventar la democracia y ligarla a valores éticos”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sandra Várez González]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Mar 2021 11:16:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Podcast Pablo VI hoy]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Pedro García Cuartango]]></category>
		<category><![CDATA[Valores éticos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro García Cuartango es un periodista de raza. De aquellos que siguen creyendo en el periodismo como esa “literatura de observación” “que cuenta lo que pasa en la calle, penetra en el alma de las gentes y es capaz de captar el trasfondo invisible de los acontecimientos”. En el diario ABC, este mirandés sencillo evoca en su prosa, desde la nostalgia del color ocre de los Campos de Castilla, hasta la historia de amor entre Heidegger y Hannah Arendt, pasando por la ejemplaridad en política, frente al dominio de la mentira. En medio de la guerra por la inmediatez, por el clic rápido y los excesos del periodismo, Cuartango reivindica el valor de la palabra y del rigor, impregnando su periodismo de humanismo y belleza. Con él recuperamos tiempos y valores olvidados y viajamos a aquellos años del Concilio, cuando soplaban en Europa unos vientos de libertad que llegaban a una España en los últimos coletazos de la dictadura. Hablamos de periodismo, de cultura, de política y de la necesidad de recuperar un diálogo que dio grandes frutos dentro y fuera de la Iglesia. De este modo abrimos, dentro del Centro de Pensamiento Pablo VI, una serie de conversaciones con personalidades del mundo de la filosofía, la comunicación, la política, la cultura o la sociedad civil destinados a recordar la figura del Papa Montini. P.- En 1963 es elegido al sucesor del Papa Juan XXIII y sentó como un jarro de agua fría al régimen de Franco. Era mariteniano en el más amplio sentido del término. Un Papa antifascista que había pedido, aun como arzobispo de Milán, clemencia a Franco por un joven libertario catalán y la respuesta del régimen fue el desprestigio de la Democracia Cristiana. ¿Qué recuerda de aquellos años en los que se llegaba a pedir por la conversión del Papa? Recuerdo muy bien aquellos años. Murió Juan XXIII y es una fecha que a mí se me quedó grabada porque yo estaba en una escuela parroquial, era la fiesta de San Juan del Monte y se suspendió la fiesta. Recuerdo que el maestro nos llevó a ver la inauguración del Concilio Vaticano II que era televisada en directo. Recuerdo muy bien la muerte de Juan XXIII, de Angelo Roncalli, y de la designación de Giovanni Montini como nuevo Papa. Las relaciones con Franco fueron muy malas desde el principio, porque Pablo VI era un hombre que tenía una fuerte convicción democrática y creía en los Derechos Humanos. Y eso le llevó a chocar con el Régimen, lo que quedó de manifiesto en las ejecuciones del proceso de Burgos, cuando Montini llamó a Francisco Franco la última noche para pedirle la condonación de la pena de cárcel a unos etarras que iban a fusilar. Franco no se puso al teléfono y desoyó las voces que también le venían desde la Iglesia española para que tuviera clemencia. Eso enfrió unas relaciones que ya, en esa última etapa, fueron muy malas. P.- ¿España no quería a Montini? El franquismo no quería a Montini. Un franquismo que había convertido el catolicismo en un arma política. Eso comenzó a cambiar con Juan XXIII y mucho más en la etapa de Pablo VI. Ocurrió que la Iglesia dejó de apoyar un régimen dictatorial y llegó un cambio político. Empezaron a surgir movimientos como la HOAC, muy perseguida por el franquismo, que trataban de defender los derechos de los trabajadores, y eso generó un gran rechazo en el régimen. La HOAC tuvo un papel muy subterráneo, pero muy importante en aquellos años y llegó a fundar una editorial donde se trataban temas que le molestaban mucho al franquismo. P. Muchos dicen que en España fue decisiva para la Transición democrática, una transición religiosa previa. Estoy de acuerdo. El Concilio Vaticano II fue un cambio radical en fondo y en forma: las ceremonias, que se hacían en latín, pasaron a hacerse en castellano, por ejemplo. En España, este cambio progresivo no fue solo por el Concilio sino por la propia evolución de la sociedad española, y a lo que asistimos fue, a finales de los 60 y principios de los 70, a la emergencia de una Iglesia de base que no aceptaba la dictadura de Franco, que defendía una mayor justicia social, los derechos sindicales y muchas cosas que no estaban reconocidas por el régimen. La Iglesia empezó a chocar en esos años con el franquismo, y ese choque fue especialmente significativo en el famoso incidente del obispo Añoveros de Vizcaya, que estuvo a punto de ser deportado por su mensaje “El cristianismo, mensaje de salvación para los pueblos”. Franco dio marcha atrás, pero eso sacó una parte de las tensiones que había entre el franquismo y la Iglesia, (al menos una parte), que luego ya fueron obvias durante los años previos a la Transición, con Tarancón al frente de la CEE. P.- ¿Qué echa de menos de aquellos años? ¿Cree que la Iglesia española está a la altura o debe tener un papel similar en este momento especialmente complejo que vivimos? La situación es muy complicada. En aquellos momentos vivíamos una situación excepcional. El declive del franquismo, su muerte y luego la Transición. En esa etapa histórica que va desde finales de los 70 la Iglesia jugó un papel esencial, indispensable. Allanó el camino a la Democracia y se implicó claramente en el cambio político. Ahora la situación es diferente. España es una democracia, existe libertad, existen partidos, existen sindicatos. Por lo tanto, yo no creo que la Iglesia tenga que jugar ningún papel político en este momento, tiene que limitarse a su acción pastoral. Y yo creo que la Iglesia sí que está a la altura de las circunstancias, sí que está cumpliendo, pero considero que no tiene que implicarse en la lucha política: una lucha muy viciada, en un ambiente muy deteriorado por la crispación, el cainismo y la polarización política que vivimos…. Hace 40 años se vio obligada a jugar ese papel activo en la política, pero ahora la</p>
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		<title>Pablo VI y Europa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eugenio Nasarre]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Jan 2021 10:34:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Miradas sobre Pablo VI]]></category>
		<category><![CDATA[Democracia]]></category>
		<category><![CDATA[Europa]]></category>
		<category><![CDATA[Jacques Maritain]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pablo VI fue un europeísta, si se me permite utilizar este calificativo al uso. Profundas razones -de índole biográfica, doctrinal y espiritual- le hicieron seguir muy de cerca el proceso de integración europea y animar a sus protagonistas a afianzarlo y proseguirlo sin olvidar las raíces de su origen. Cuando se inició su pontificado (1963) todavía era “la pequeña Europa”, la constituida por los seis Estados fundadores, a partir de la Declaración Schuman (9 de mayo de 1950), que dio origen a la CECA, aquella protoeuropa. Cuando Pablo VI murió (1978), se habían incorporado tres nuevos Estados (Gran Bretaña, Dinamarca e Irlanda) y otros llamaban a sus puertas, prueba evidente del éxito del más fecundo proyecto histórico de los dos últimos siglos que los europeos estaban protagonizando. Precisamente el 8 de julio de 1962, un año antes del comienzo de su pontificado, se había celebrado en la catedral de Reims aquel Te Deum en el que De Gaulle y Adenauer quisieron solemnemente proclamar la reconciliación franco alemana, uno de los pilares de la Europa Unida. El arzobispo de Reims, Monseñor Marty, recibió a los dos estadistas a la puerta de la catedral. El general De Gaulle le dijo: “Excelencia, el canciller Adenauer y yo mismo venimos a vuestra catedral a sellar la reconciliación de Francia y Alemania”. Toda la ceremonia estuvo cargada de simbolismo. El arzobispo fue asistido en la misa por dos sacerdotes franceses presos y torturados por la Gestapo. El historiador Federico Chabod afirmó que en el arranque del proceso de integración europeo los factores morales fueron los que prevalecieron. En su discurso a los participantes del Simposio de los obispos de Europa (18 de octubre de 1975), Pablo VI les evocó lo que calificó como “episodio significativo”. Tuvo lugar en la celebración del centenario de la independencia de Italia, lograda tras las batallas victoriosas de las armas franco-italianas contra el Imperio austro-húngaro. En el osario existente en Magenta en memoria de los combatientes muertos, el entonces arzobispo de Milán celebró la misa en presencia de De Gaulle, presidente de la República francesa, y de Gronchi, presidente de la de Italia.&#160; Tras finalizar la ceremonia religiosa el arzobispo Montini dirigió un saludo, en el que dijo: “Así como el siglo XIX se caracterizó por las luchas por la independencia y la formación de los diferentes Estados que componen la Europa de hoy, el siglo XX, el nuestro, debería caracterizarse, al menos en Europa, no tanto por las guerras y el enfrentamiento entre los pueblos sino por la unidad”. Y prosiguió: “A las naciones hasta ahora políticamente distintas y organizadas en Estados libres y soberanos falta descubrir una expresión comunitaria y continental de la fraternidad de los pueblos asociados para promover una civilización solidaria, animada naturalmente de un mismo espíritu”. Entonces -añadió Pablo VI- “el general De Gaulle se me acercó con la sorpresa y la extrañeza de todos los asistentes, llegó hasta el altar, me tendió la mano y estrechándola, dijo con gravedad estas palabras: “Lo que usted ha dicho, se hará”. ¿Cómo se forjó en Giovanni Battista Montini, en Pablo VI, este espíritu en favor de la Europa Unida, precisamente la que se estaba edificando sobre los escombros del continente devastado tras la segunda guerra mundial? ¿Cuáles son las claves de su pensamiento sobre Europa y su integración política? Entre el fascismo y la democracia Giovanni Battista Montini (1897-1978) perteneció a la trágica generación de europeos que vivieron la terrible experiencia de las dos guerras sucesivas que asolaron el continente en el plazo de treinta años. Cuando Italia abandonó la neutralidad y entró en la primera gran guerra (mayo de 1915) Montini estaba concluyendo sus estudios de Bachillerato, que culminó en 1916 en el Liceo Arnaldo de Brescia como alumno libre por su entonces delicado estado de salud. Por esta razón no fue llamado a filas. Ese mismo año inició sus estudios eclesiásticos en el seminario de Brescia. El 29 de mayo de 1920 era ordenado sacerdote. Salió entonces de su tierra natal para proseguir estudios en la Universidad Gregoriana y en La Sapienza de Roma. ¿Qué Roma encontró el joven clérigo Montini? La guerra había dejado a Italia profundamente herida, con más de un millón cien mil víctimas, más de la mitad fallecidos. El armisticio de octubre de 1918 no había contentado a nadie. Se hablaba de la “victoria mutilada”. La “vieja política” era incapaz de afrontar la situación de un país ya muy diferente al de antes de la guerra. Aparecían nuevos actores políticos. El 18 de enero de 1919 el sacerdote Luigi Surzo había fundado el Partido Popular Italiano (PPI) con su llamamiento “a los hombres libres y fuertes” en el hotel Santa Chiara, a la espalda del Panteón. Creía que había llegado la hora del compromiso de los católicos en la política. El padre de Giovanni Battista, Giorgio Montini, abogado y director del periódico Il cittadino di Brescia, acudió al llamamiento de Sturzo y se incorporó a las filas del PPI. Fue diputado en las tres elecciones (1919, 1921 y 1924) en las que pudo presentarse el PPI, hasta su disolución en 1926 por la abolición de los partidos antifascistas decretada por Mussolini. Giorgio Montini sufrió en sus propias carnes la amarga experiencia del Partido Popular Italiano. Tras el ascenso de Mussolini al poder, y tras el asesinato del dirigente socialista Matteoti (junio de 1924), la debilitada oposición optó, como señal de protesta y para forzar la pérdida de la confianza del Rey a Mussolini, por “la retirada al Aventino”. Giorgio Montini estuvo entre los diputados que siguieron a De Gasperi en este último intento de detener a Mussolini en su marcha hacia la dictadura. Pero la operación fracasó. El PPI sufrió el acoso y las crecientes intimidaciones del fascismo, amparadas por el gobierno, hasta que el 9 de noviembre de 1926 se emitió el decreto de disolución del Partido Popular Italiano. Giorgio Montini dejó forzosamente la política y volvió a su vida profesional en su tierra de Brescia. Giovanni Battista Montini</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/pablo-vi-y-europa-2/">Pablo VI y Europa</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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