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	<title>Día de la discapacidad archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>“Ponte en su lugar”. Día Internacional de la Discapacidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jesús Flórez Beledo]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Dec 2023 07:19:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Día de la discapacidad]]></category>
		<category><![CDATA[discapacidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Es la sociedad entera ―impregnada de sus mejores valores―la que ha de mantenerse abierta y despierta para utilizarviejos y nuevos recursos en apoyo de quienes más los requieren A veces me pregunto, y pongo en duda, sobre el valor real de tanto “Día Internacional de…”. Cuando hablo del valor real, me refiero a la capacidad que tales celebraciones puedan tener para mejorar la visión de la sociedad sobre el tema en cuestión, y para influir en profundidad sobre las consecuencias y normas que la sociedad ponga en acción para dar respuesta convincente a cada problema. Pienso a veces que son flores de un día, y que pasado el día se evaporó el contenido y su significado, salvo para aquellos que se sientan realmente concernidos por el tema que directamente les atañe. ¿Qué decir, pues, del Día Internacional de la Discapacidad? ¿Entendemos realmente lo que esa palabra significa? Se está identificando y confundiendo en nuestro medio la discapacidad con la diversidad, lo cual atenta contra la esencia de la naturaleza humana. La discapacidad forma parte intrínseca de la diversidad humana que nos califica a todos los humanos, pero sólo es una forma más. Es una consecuencia de nuestra esencial diversidad. No se puede confundir la parte con el todo porque entonces lo único que se consigue es enturbiar los conceptos. La diversidad es un atributo consustancial con la naturaleza humana como tal. Por eso, cuanto se derive de esa diversidad, en este caso la discapacidad, forma parte intrínseca de la dignidad que adorna y ennoblece al ser humano por encima de cualquier otro viviente. No hay humanidad sin diversidad: no por una generosa concesión sino por su propia naturaleza biológica. Si estos conceptos no quedan meridianamente claros y expuestos a nuestros niños y jóvenes, la persona con discapacidad siempre será considerada como algo diferente, al que tenemos la deferencia de engarzarla en nuestra comunidad humana. No es así, es parte constitutiva por esencia, desde el mismo momento de su concepción. Cuando los Estados y sus regulaciones, y la sociedad en general, discriminan sus posibilidades de nacimiento, por ejemplo, están conculcando lo más profundo de nuestra esencia en aras de intereses puramente mercantiles o de conveniencia. “Es la ruina ―en palabras de George Steiner― de los valores humanos a causa de la bestialidad política de nuestra época”. Al margen de toda contemplación genuinamente filosófica, opto por elevar el punto de mira y considerar lo que la presencia de la discapacidad, o mejor, de las personas con discapacidad aportan a nuestro mundo. No pretendo poetizar sino transmitir la experiencia personal de quien convive desde hace casi sesenta años con personas con discapacidad y tiene la oportunidad de estar en contacto con otras miles de todas las partes del mundo. A poco que reflexionemos, la presencia de la discapacidad en nuestra pequeña Tierra, perdida aparentemente en nuestro Universo, nos facilita comprender mejor y disfrutar las bellezas contenidas en la intrínseca variedad de la naturaleza humana. Nos permite encontrar con mayor hondura la verdad, la bondad y la belleza que anidan en los seres aparentemente más frágiles. No voy a negar que hay momentos difíciles y retos de extraordinaria magnitud para atender los derechos y necesidades de las personas con discapacidad. Es la sociedad entera ―impregnada de sus mejores valores― la que ha de mantenerse abierta y despierta para utilizar viejos y nuevos recursos en apoyo de quienes más los requieren. Pero hay un recurso de utilización exclusivamente personal e individual que resume cuanto podamos imaginar: “Ponte en su lugar”. Hubo una ocasión en que una joven con síndrome de Down suspiró: “Cómo me gustaría no tener en algún momento síndrome de Down para experimentar cómo se siente”. Y su madre le contestó: “Y cómo me gustaría, hija mía, tener en algún momento síndrome de Down para saber cómo te sientes tú y poder comprenderte y ayudarte mejor”. Ponernos en el lugar del otro es la máxima expresión de la relación y la convivencia humanas en cualquier circunstancia. Pero cobra su mayor plenitud cuando nos vemos ante una persona cuya fragilidad se encuentra en sus capacidades para seguir el ritmo desenfrenado de nuestro entorno. Bueno será que reposadamente repasemos esas situaciones en la que se nos escapa el desprecio, el enfado, el grito, la urgencia, la marginación, la poco ponderada exigencia ante una deficiencia que nos molesta o una conducta que consideramos inapropiada. Ponernos en el lugar del otro significa también saber valorar su esfuerzo, saber felicitar los pequeños detalles, saber mantener nuestra sonrisa en situaciones molestas. Y eso no contradice la necesidad de que también sepamos exigir para avanzar, con paciencia activa, con la debida proporción en función de la necesidad y las posibilidades reales del individuo.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/ponte-en-su-lugar-dia-internacional-de-la-discapacidad/">“Ponte en su lugar”. Día Internacional de la Discapacidad</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>Un día más…</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Luis G. Bulit Goñi]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Dec 2021 08:16:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Día de la discapacidad]]></category>
		<category><![CDATA[Discapacidad Intelectual]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 3 de diciembre ha sido proclamado por la ONU en 1992 como el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. A casi 30 años de aquel momento, muchos hubiésemos querido que ya no hiciera falta conmemorar “el día de…” sino que, por haberse superado las razones de aquella proclamación, el 3 de diciembre fuese “un día más” en el año. Lamentablemente no fue ni es así… Catorce años después de aquella designación, en 2006, las Naciones Unidas debieron sancionar la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad sin que en ella se “creara” ningún derecho “nuevo”, sino que se enfatizara la vigencia de todos aquellos que forman el entramado de los derechos humanos, desde el derecho a la vida a el derecho a la autodeterminación y la vida en la comunidad a través de las herramientas de la inclusión. A quinces años de aprobada la Convención, vemos que el avance en el reconocimiento y vigencia de aquellos derechos que fueron “visibilizados” para el colectivo de las personas con discapacidad ha tenido y sigue teniendo progresos y retrocesos, luces y sombras, recortes y excesos, interpretaciones acomodaticias, oportunismo, declamaciones, interminables discusiones semánticas… y, en medio de todo ello, personas con discapacidad que siguen sin gozar de muchos de sus derechos que, junto con sus familias y sus organizaciones, nos piden que no se ponga más vino nuevo en odres viejos, sino que esos derechos se hagan realidad. La pandemia nos atrapó en el período de mayor generación de riqueza, pero también con algunos de los mayores indicadores de desigualdad y de exclusión Los ríos de tinta que vienen corriendo sobre si el “modelo” de la Convención es el social, el bio-psico-social o el universal, sobre si la educación inclusiva es la mejor herramienta para la inclusión de las personas con discapacidad o si estas se realizan más y mejor en el mercado laboral abierto o en los talleres segregados, parecen olvidar que estamos operando con todos esos conceptos en una realidad compleja, en una verdadera “arena” en la cual se cruzan los más variados intereses, con múltiples actores y diversidad de enfoques ideológicos, no sólo sobre esa realidad sino sobre la naturaleza misma de la persona con discapacidad. Sin pretender reescribir La Hoguera de las Vanidades, sí creo que es necesario poner un toque de alarma sobre diversas cuestiones que, si son ignoradas y desatendidas, no sólo nos llevarán a quienes estamos comprometidos con la dignidad de las personas con discapacidad a seguras frustraciones sino –lo que es peor- a que se genere un grave retroceso a etapas que se pensaban superadas. En primer lugar, quisiera señalar que cuando hablamos de “inclusión” estamos hablando de hacerlo a una sociedad que es la que es, la que tenemos, no una sociedad ideal. Y esto nos tiene que plantear la necesidad de analizar esa realidad social. En los años 1930 y 1940, la esterilización forzada de las personas con discapacidad era una práctica médica derivada luego en política pública no sólo en la Alemania nazi sino también en los Estados Unidos de América. Y si bien está claro que esa concepción de lo que es y representa una persona con discapacidad no derivó en todos los países en la práctica de su exterminio como lo fue el programa T-4 del nazismo, lo cierto es que ha sido una concepción o ideología que con mayor o menor visibilidad aún yace anidada en el núcleo de muchos grupos sociales. En aquella época se decía en un fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que el costo de atender una persona con discapacidad o de reparar los daños que causaba por el solo hecho de existir, justificaba su esterilización para evitar que se reproduzca la discapacidad en la siguiente generación. En Alemania se advertía que atender una persona con discapacidad costaba más que atender a una familia nuclear (padre, madre y dos hijos) sana. Hoy se ven proclamas políticas que vuelven a comparar el costo de atender una pensionada o un menor inmigrante para justificar políticas discriminatorias. Es decir, aquella forma de “razonar” los problemas públicos que derivaron en políticas que consideramos aberrantes, sigue muy presente bien avanzado el siglo XXI y a pesar de todos los tratados internacionales que aprobemos. Hacer realidad los derechos de las personas con discapacidad es un problema complejo. La persistencia de la discriminación, las idas y vueltas con las políticas educativas, de empleo o de autonomía son ejemplo de ello La pandemia mundial del Covid-19 nos atrapó en el período de mayor generación de riqueza, pero también con la mayor concentración de la misma y algunos de los mayores indicadores de desigualdad y de exclusión. Una realidad ante la cual se ha visto, por ejemplo, la crudeza del fracaso del modelo educativo actual para enseñar los saberes necesarios para salir adelante en una sociedad cada vez más competitiva, o la de un mercado laboral formal que no sólo está dejando fuera a los jóvenes, a los adultos, a las personas con discapacidad, a las mujeres, a los migrantes, sino que se viste de eufemismos como los de llamar “emprendedores” o de promover la “libertad” de quienes deben pedalear una bicicleta por más de 12 horas para llevar el sustento a su hogar. En este contexto, en el que cada vez hay más excluidos que se manifiestan a veces violentamente y ya no en los países de la “periferia” del mundo, es en el que debemos encarar la tarea de rescatar la vigencia de los Derechos Humanos. Para todos, y en ese todos, para las personas con discapacidad. No digamos entonces que la educación inclusiva está fracasando, cuando la que lo está haciendo es la educación en su conjunto, que sigue hasta con un diseño físico del aula (al frente el profesor que “sabe” y “transmite” el conocimiento) propia del siglo XVIII. No digamos tampoco que la mejor alternativa laboral para la persona con discapacidad es la segregada porque no puede adaptarse al trabajo ordinario, cuando</p>
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		<title>Por, para y con las personas con discapacidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Nov 2019 15:18:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La enfermedad y la discapacidad no son precisamente un misterio sino una revelación, puesto que ponen de manifiesto lo más esencial del ser humano. No solemos preguntarnos por nuestro modelo antropológico, pero haríamos bien en preguntarnos qué idea de ser humano sostiene nuestras decisiones y las de nuestros conciudadanos. Tampoco nos preguntamos habitualmente por nuestro paradigma ético… pero haríamos bien en tomar conciencia de que no todas las formas de Ética son dignas de este nombre porque dejan fuera de juego a no pocos seres humanos y son incompatibles con la sostenibilidad. La maldición del cortoplacismo nos puede meter en no pocos líos, como estamos viendo un día sí y otro también. Estamos ante el núcleo mismo de la Ética. Reflexionar acerca de los fines y de los medios que contribuyen a humanizar al hombre en su vertiente individual y comunitaria y, por consiguiente, responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones y dirigir razonablemente las mismas. La fragilidad de las conquistas éticas debería ayudarnos a ser más humildes y comprometidos. Que si la deshumanización, los mediocres y los miserables prosperan en el mundo es porque hay demasiados vagos de conciencia cerrando los ojos y muy poca implicación para ir cambiando poco a poco las cosas. El año 1992, al término del denominado Decenio de las Naciones Unidas para los Impedidos (1983-1992), la Asamblea General de la ONU proclamó el día 3 de diciembre como Día Internacional de las Personas con Discapacidad. El decenio había sido un período fuerte de toma de conciencia y de generación de medidas orientadas hacia la acción en orden a mejorar la situación de las personas con discapacidad. No podía perderse ese impulso. Y no puede perderse. Porque aunque se ha avanzado muchísimo en todos estos años, gracias sobre todo a la acción reivindicatoria de los propios afectados y de sus familias, de los 7.300 millones de personas que habitan en la Tierra, más de mil millones sufren algún tipo de discapacidad (cien millones son niños) y, por esa sola circunstancia no tienen garantizados sus derechos básicos y tienen cuatro veces más posibilidades de ser víctimas de algún tipo de violencia. Las personas con discapacidad, la «minoría más amplia del mundo», como nos recuerda la web de Naciones Unidas dedicada a este asunto, suelen tener menos oportunidades económicas, peor acceso a la educación y tasas de pobreza más altas. Eso se debe principalmente a la falta de servicios que les puedan facilitar la vida (como acceso a la información o al transporte) y porque tienen menos recursos para defender sus derechos. A estos obstáculos cotidianos se suman la discriminación social y la falta de legislación adecuada para protegerlas. Y todo ello a pesar de que el derecho a la vida, la accesibilidad y la inclusión son derechos fundamentales reconocidos por la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2006). A las autoridades españolas, por ejemplo, se les llena la boca hablando de inclusión y de diversidad funcional (un concepto que no aporta nada al debate), pero mantiene operativo el aborto eugenésico. La celebración de este Día Internacional de las Personas con Discapacidad debería servir para reafirmar nuestro compromiso de trabajar juntos por un mundo que en verdad sea inclusivo, equitativo y sostenible para todos, en el que los derechos de las personas con discapacidad se hagan plenamente efectivos, sin retóricas ni demagogias de ninguna clase. Recordemos, para quien no está acostumbrado a este ámbito, que el término discapacidad se usa para definir una deficiencia física o mental, como la discapacidad sensorial, cognitiva o intelectual, la enfermedad mental o varios tipos de enfermedades crónicas.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/por-para-y-con-las-personas-con-discapacidad/">Por, para y con las personas con discapacidad</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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