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	<title>Justicia archivos - Fundación Pablo VI</title>
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	<title>Justicia archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>Diplomacia, justicia y derechos humanos: la Paz según Pablo VI</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Dec 2023 07:03:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Coloquios "Pablo VI"]]></category>
		<category><![CDATA[Alberto Priego]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos humanos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Era el año 1967 cuando Pablo VI instauró por primera vez en la historia de la Iglesia una Jornada Mundial por la Paz. Aunque puede parecer una efeméride casi más o menos rutinaria, su proclamación en aquellos años fue una auténtica revolución, puesto que nadie había apostado de una manera tan clara por este concepto. Los escritos de Montini sobre la paz estaban muy condicionados por el contexto de la época: una Guerra Fría que se había instalado en Europa, la situación en la que se encontraban las naciones de Asia y África tras la descolonización, las revueltas en América Latina… Casi 60 años después, la paz sigue siendo una asignatura pendiente. Lo vemos con los múltiples conflictos abiertos en el mundo: Gaza, Yemen, Ucrania, Siria, y todos aquellos conflictos latentes en numerosos países del mundo. Con el coloquio Pablo VI y la paz, celebrado el día 10 diciembre, la Fundación Pablo VI ha iniciado una serie de reflexiones sobre el pontificado de Montini y su mirada a las distintas realidades del mundo actual: la paz, la política, el diálogo interreligioso, la mujer en la Iglesia, la justicia, etc… Unos temas que aparecen recogidos en el libro Pablo VI, hoy, editado por la BAC, en el que distintas personalidades del ámbito de la política, la economía, el derecho, los medios de comunicación, la teología, etc., ayudan a comprender un poco más la figura del Papa que clausuró el Concilio Vaticano II. Porque, tal y como explicaron el director general de la Fundación Pablo VI, Jesús Avezuela, y el director general de la BAC, Juan Carlos García Domene, es fundamental poner en valor, en estos tiempos de polarización, el diálogo que impulsó. “Pablo VI tiene que seguir siendo sal y luz para una Iglesia que necesita encontrar caminos de luz y de libertad», explicó Domene. En este primer coloquio se contó con la presencia de Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz; Alberto Priego, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas; y José María Ferré de la Peña, diplomático. Con ellos se reflexionó sobre si la paz es solo la ausencia de guerra, si se están haciendo los esfuerzos suficientes para lograrla, especialmente en situaciones como la de Gaza o Ucrania, y si va acompañada de esa justicia y desarrollo que merecen y reclaman muchos pueblos. “Pablo VI fue, en efecto, el primer pontífice que habló de forma tan explícita sobre la paz”. Así lo explicó, en su intervención, el profesor Alberto Priego, autor de una de las miradas que aparecen en el libro editado por la BAC. Sin embargo, apuntó, esa visión montiniana sobre la paz iba mucho más allá de la ausencia de guerra. “La paz no solamente era evitar que las naciones luchasen entre ellas, sino que él hablaba muchas veces de crear una civilización del amor, tratando de conseguir unas condiciones estructurales en las que la gente pudiera vivir dignamente”, explicó Priego. “Este sentido de la paz positiva y la paz negativa es la que a Pablo VI le obsesionaba, puesto que, desde sus tiempos de sacerdote, está muy centrado en estar con los desfavorecidos. Él busca la dignidad y el amor que identifica a todos en el Evangelio como pauta de relación entre los seres humanos”. Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz, ahondando en esta idea, habló de la necesidad de que los seres humanos tomen conciencia de la importancia “de basar sus comportamientos cotidianos en la Paz», para que la ausencia de violencia sea un hecho en las sociedades actuales. Porque, en su opinión, son las personas quienes tienen la capacidad de crear esos entornos de paz frente al poder de aquellas organizaciones que “dominan el mundo”, como el G7 o las Naciones Unidas, que han demostrado ser “un gran fracaso”. En ese sentido, Mayor Zaragoza se mostró muy crítico con la postura que están tomando estas organizaciones internacionales, encabezadas por los EEUU, ante la situación que se vive en Gaza, por ejemplo, donde la suma de “4.500 niños muertos en el conflicto no es algo que puede aceptarse». En su intervención, el que fuera director general de la UNESCO entre 1987 y 1999 quiso poner en valor “la diplomacia de la palabra frente a la fuerza”. Hoy, más que nunca, dijo, “debería poder ponerse en práctica ese mensaje de Pablo VI”. Precisamente, el conflicto que se vive en la franja de Gaza fue uno de los asuntos que más centró la reflexión de los participantes en el coloquio, quienes intentaron explicar, tanto el origen, como su evolución y futuro. En este punto, el profesor de Relaciones Internacional de la Universidad Pontificia Comillas quiso aclarar que, contrariamente a lo que se puede pensar, la guerra en esta zona no tiene un motivo religioso ni tampoco empieza todo el 7 de octubre. Tras hacer un recorrido por la génesis del conflicto, sí quiso explicar que éste no parte de una mayoría, sino de una minoría, que, tanto desde una parte como la otra, “se siente más cómoda en la guerra y la justifica con la búsqueda de enemigos externos”. Y esto se da “tanto en la parte más radical de Israel, como en los que están próximos a Hamas”. Sin embargo, aun siendo consciente de que la situación que se vive es una de las más difíciles de los últimos 50 años, sí cree que ésta pueda ser por fin una oportunidad para que Hamas desaparezca y las negociaciones se acaben encauzando de otra manera. Por su parte, José María Ferré, diplomático conocedor del conflicto durante su tiempo como cónsul general en Jerusalén, embajador en el Líbano y embajador en Misión Especial para las Relaciones con las Comunidades y Organizaciones Musulmanas en el Exterior hizo un recorrido por la historia de un conflicto “que está siendo salvaje”. Pero habló también de posibles salidas, que van desde la creación de dos estados a la existencia de uno solo, “el que quiere Israel y el que quiere Hamás,</p>
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		<title>Coloquio “Diplomacia, justicia y derechos humanos. Pablo VI y la paz”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Dec 2023 07:34:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomacia]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[La Paz]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el marco del Centro de Pensamiento dedicado al papa Pablo VI iniciamos un ciclo de coloquios que, con el título Pablo VI, hoy, reflexionarán sobre el magisterio de Montini y su mirada al mundo actual en el ámbito de la política, la economía, los derechos humanos, la ciencia, el desarrollo, el papel de los medios de comunicación, la tecnología, la justicia, etc. El primero de estos coloquios, que tendrá lugar el día 11 de diciembre, a las 19 horas, abordará la “Diplomacia, justicia y derechos humanos. Pablo VI y la paz”, con la presencia de Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz; José María Ferre de la Peña, diplomático; y Alberto Priego, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas y autor de una de las miradas publicadas para el Centro de Pensamiento Pablo VI y recogidas en un libro editado por la BAC. En este espacio se reflexionará no solo sobre las causas y consecuencias de los principales conflictos abiertos en este momento, sino también sobre sus posibles salidas: cómo resolver las controversias internacionales por la razón, como defendía San Pablo VI, cuánto se ha ganado en ese sentido en la historia reciente y cuánto se ha retrocedido, el papel de las religiones, etc. Fue San Pablo VI quien en el año 1967 proclamó la Jornada Mundial por la Paz, lo que supuso una verdadera revolución a escala mundial, puesto que nunca nadie “hasta la fecha había hecho una apuesta tan clara y valiente por un concepto tan deseado como violado”, dice el profesor Alberto Priego en su análisis. Con esta sesión se inaugurará una serie que coloquios que a lo largo de todo el año reflexionarán sobre el diálogo interreligioso, la mujer en la Iglesia, el diálogo o la política desde el pensamiento montiniano, con académicos, políticos, teólogos, periodistas, etc&#8230;. La entrada es libre hasta completar aforo. Para asistir es necesario formalizar la inscripción.</p>
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		<title>La justicia como “nervio ético de la democracia”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 23 Feb 2023 09:12:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[José María Michavila]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[La Gran Pregunta]]></category>
		<category><![CDATA[Manuela Carmena]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Decía el filósofo ilustrado francés, Montesquieu, que la separación de poderes es imprescindible para garantizar tanto el equilibrio entre los mismos como los derechos y las libertades de las personas. La división de poderes y, en particular, la neutralidad e independencia judicial son pilares fundamentales en las democracias europeas. Sin embargo, 2022 pasará a la historia por ser un año de especiales interferencias entre la política y la justicia, con un órgano de gobierno de los jueces bloqueado, una reforma del Código Penal sobre la sedición y la malversación sin consenso, y leyes, como la última del solo sí es sí, que han dado lugar a diversos ataques a los jueces y magistrados por la interpretación que han hecho de la misma. La Gran Pregunta, un espacio de reflexión y pensamiento sobre cuestiones de actualidad que la Fundación Pablo VI lleva a cabo en colaboración TRECE, abordó, en el programa que se emitió el día 10 de febrero, el estado de la Justicia en España, así como la tendencia cada vez más extendida a judicializar los asuntos políticos. Para ello, se contó con dos veteranos juristas, la magistrada emérita y exalcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y el exministro de Justicia, José María Michavila, en un coloquio moderado por Jesús Avezuela. Aunque con alguna discrepancia en la interpretación de estas interferencias, los dos coincidieron en su defensa a la independencia y la rectitud en el trabajo de los jueces. Pero sí mostraron su preocupación: la primera, por lo que considera un mal funcionamiento y una falta de eficacia y eficiencia de sus órganos de gobierno; y, el segundo, por los intentos de algunos políticos de “manipular” a los jueces en beneficio propio. Esto, apuntó José María Michavila, se produce cuando el político, “en vez de ser un servidor del pueblo provisional y transitorio”, se quiere perpetuar en el poder o vivir de la política el resto de su vida, utilizando la justicia para hacer leyes en las que “se juega con los dramas” de la ciudadanía. En este sentido, puso como ejemplo la Ley del “solo sí en sí”, para cuya defensa y aprobación se ha puesto en entredicho el trabajo de los jueces, su preparación e, incluso, su competencia. Una ley que, en su opinión, ha nacido de la “soberbia” y la “incompetencia”, sin tener en cuenta ni a jueces, ni fiscales y despreciando todo lo anterior con el único objetivo de erigirse como la “salvación” de la gente y “conseguir votos”. Aun dejando clara su discrepancia con esas posiciones de juicio, Manuela Carmena coincidió con José María Michavila en que esa ley, como otras que se han sacado adelante en otras ocasiones, ha nacido sin un análisis de su impacto. “No me cabe en la cabeza que se reforme una ley sin hacer un análisis sociológico de lo que está pasando”. La percepción de la exalcaldesa de Madrid es que la ley nació con buena intención, pero no se ha medido su impacto futuro ni el contexto del que se parte. “No podemos olvidar, dijo, que con la ley anterior se condenó a muchísimos agresores y la reincidencia general es escasa”. Por eso, considera muy atrevido que se diga que se va a volver al Código Penal de La Manada. Sin embargo, se mostró en desacuerdo con las críticas de José María Michavila a la ministra de Igualdad. “Todos los partidos en el Gobierno han tenido un interés fundamental en mantenerse en el poder”, ya sean conservadores o progresistas; y en las dos posiciones, reconoció, ha habido esfuerzos por cambiar y mejorar cosas. Sobre el bloqueo del CGPJ Otra de las cuestiones que se abordó en el coloquio fue el bloqueo que se ha vivido en el órgano de gobierno de los jueces. Durante 4 años no han renovado sus cargos, por la “incapacidad de quienes los eligen de ponerse de acuerdo”, tal y como han dicho los propios jueces, dejando una sensación en los ciudadanos de que la política se reparte los asientos. Para la magistrada emérita éste es un claro ejemplo de esa falta de eficacia y eficiencia de las instituciones y de mala aplicación de la ley. Si la ley dice que, una vez que acaban los años de vigencia del consejo saliente, hay que votar, eso es lo que hay que hacer, en opinión de Carmena. &#160;“No hay que hacer ningún acuerdo, ni pactos, hay que votar”. Por tanto, añade, “se ha bloqueado el CGPJ por acciones inaceptables”. Para Michavila, por su parte, el problema es otro, y es que la “mitad del Gobierno no cree en la Constitución”.&#160; La conversación entre los dos juristas, ambos ex altos cargos de representación de la política española, giró también en torno al retraso de la justicia y sobre la judicialización de la política, dentro de esa práctica cada vez más extendida de llevar al adversario a los tribunales. Algo que Carmena calificó de “gravedad extrema” porque «que haya una judicialización indebida de la política, acaba llevando a un señalamiento y una desacreditación de la imagen muy difícil de recuperar.&#160; En su opinión, “la sociedad tiene que estar preparada para resolver conflictos, y la justicia tiene que ser capaz de optar por la mediación”. No obstante, apuntó Manuela Carmena para concluir, “es muy importante elogiar el derecho y la cultura de la convivencia” en nuestras democracias, puesto que son los más vulnerables quienes más lo necesitan. Para Michavila, por su parte, el derecho ha de funcionar como “el nervio ético de la democracia”. Si el político ve su vocación como un servicio, desde un poder provisional y limitado, el respeto a la justicia irá de suyo.</p>
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		<title>La “Teoría de la justicia” de Rawls y la Bioética</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Pilar Zambrano]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 May 2021 14:33:48 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde fines de los años 1960 y con toda seguridad durante la década de 1970, se produjo un punto de inflexión en el ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales, indistintamente caracterizado como el “giro interpretativo”, “el renacimiento de la razón práctica” o “el retorno a la filosofía política sustantiva”. Salvando el deliberado propósito de acentuar una u otra perspectiva de análisis, todas estas calificaciones hacen referencia a las limitaciones las ciencias “duras” y del análisis lógico-matemático para dar respuesta a las preguntas troncales de las denominadas “ciencias del espíritu”: ¿Quién es el hombre, y cómo puede y debe actuar si pretende ser fiel a sí mismo? Dejando también a salvo la (deseable) autonomía del desarrollo del pensamiento estrictamente académico, este giro metodológico puede asimismo explicarse como reacción frente a la emergencia de interrogantes morales y políticos en buena medida inéditos. Entre los nuevos problemas morales no ocupó un lugar menor el progreso sostenido y constante de las ciencias empíricas y de la técnica y la cuestión de los criterios que deberían orientar su aplicación a la vida humana. Es ya un lugar común afirmar, en este orden de ideas, que la Bioética como rama específica de la Ética nace, precisamente, frente a la advertencia del oncólogo Van Rensselaer Potter de que era preciso tender un puente entre los saberes tecnológicos y humanísticos, a fin de que el progreso de los primeros no se concretara en una seria amenaza al medio ambiente y, en consecuencia, a la supervivencia del hombre. La reflexión posterior de la Bioética se centralizó en la pregunta sobre la diferencia entre usar y cuidar la vida humana, y en la simultánea advertencia (coincidente con el giro en las ciencias del espíritu) de que esta pregunta no podía responderse desde las ciencias empíricas ni mucho menos desde la técnica, por la sencilla razón de que no es una pregunta científica ―en este sentido estricto de ciencia― ni técnica, sino ética[1]. De forma paralela, surge en la misma década la pregunta por la legitimidad del esquema constitucional-liberal de organización política, en un contexto social marcado por una creciente fragmentación religiosa, moral e incluso cultural. Como lúcidamente resumió John Rawls algo más tarde, en la introducción a su libro Liberalismo político, parecía urgente abordar la siguiente cuestión: “¿Cómo es posible la convivencia pacífica y estable de ciudadanos que sostienen los mismos principios de justicia y que, sin embargo, están profundamente divididos en sus concepciones acerca del bien?”[2]. La solución que propuso John Rawls en su Teoría de la justicia de 1971 destaca por su inigualable impacto no sólo en el campo de la filosofía política, sino en casi todo el espectro de las ciencias humanas y sociales, incluyendo por supuesto a la Bioética[3]. Tres factores confluyeron, en fin, en el nacimiento casi simultáneo de la Bioética como un desprendimiento de la Ética, y la inmediata y sostenida repercusión de la Teoría de la justicia de John Rawls: el giro metodológico en el campo de las ciencias del espíritu, la urgente necesidad de identificar términos de legítimos de organización política para una sociedad moralmente fragmentada, y los desafíos morales disparados por el acelerado desarrollo de las ciencias y de la técnica aplicadas a la vida humana. La teoría de la Justicia: justicia como imparcialidad para una sociedad plural Es casi unánime el reconocimiento de Rawls como uno de los filósofos políticos más importantes del siglo XX. Parafraseando a Nozick, la filosofía política contemporánea en general, o bien coincide en lo fundamental con la teoría de justicia de Rawls, o bien disiente, pero en cualquier caso se siente obligada a justificar su postura[4]. Las razones de esta opinión son varias. En parte se debe a los méritos del propio Rawls, que ha sabido como pocos sistematizar, renovar y justificar las ideas estructurales de una tradición cada vez más universal, tanto en el pensamiento como en la práctica política. En otra buena medida, se debe también a las circunstancias en las que nació su obra. Coincidiendo con el giro metodológico de las ciencias “del espíritu”, no pocos ofrecen a este trabajo como ejemplo de un retorno a debates sustantivos de filosofía política, y una ruptura con la corriente de análisis político y moral puramente formal y cuantitativo que lideraba entonces la academia anglosajona[5]. Más allá de las matizaciones con que quepa aceptar esta afirmación, la propuesta de Rawls contrastó con la inercia en la que había caído la tradición liberal, que desde Mill poco había avanzado en el esfuerzo por comprenderse a sí misma y por justificarse. Como señaló Rawls en la introducción a la Teoría de la justicia, el liberalismo que se transmitió de generación en generación en las aulas universitarias norteamericanas estaba inescindiblemente conectado al utilitarismo de John Stuart Mill, David Hume, o Adam Smith, entre otros. De forma tal que el liberalismo como tradición de pensamiento se había encerrado a sí mismo en una suerte de encrucijada, consistente en tener que elegir entre una de estas dos alternativas: justificar la legitimidad de las prácticas constitucionales basándose en razones utilitarias (de interés) o justificarlas por razones morales (siguiendo, por ejemplo, la ruta iniciada por John Locke). Ni una ni otra opción eran aceptables, según Rawls, para el ciudadano liberal de los años 1970. La tradición heredera de Locke no era aceptable porque, en opinión de Rawls, implicaba dejar de lado la “prioridad de la justicia sobre el bien”, esto es, la imparcialidad (o neutralidad) que toda concepción liberal de lo justo esgrime respecto de las concepciones de lo bueno. Una teoría liberal de la justicia, decía Rawls entonces, debe poder justificarse ante cualquier persona “racional” (una persona capaz de ordenar coherentemente medios y fines) y “razonable” (una persona que acepta como indiscutibles, los valores políticos liberales de igualdad y de libertad), con independencia de cuáles sean sus convicciones morales. La tradición heredera de Hume y Mill no era aceptable, en cambio, porque si bien se presentaba como “imparcial”, ponía a temblar la fuerza de las libertades típicamente</p>
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		<title>Pablo VI, la Justicia y la Paz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ángel Galindo García]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Nov 2019 07:32:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Miradas sobre Pablo VI]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Paz]]></category>
		<category><![CDATA[Rerum Novarum]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>«Si quieres la paz trabaja por la justicia» es el título de la Jornada por la Paz de 1972, apenas un año después de la publicación de la carta dirigida al Cardenal Mauricio Roy Octogessima adveniens. Es preciso ver la aportación de Pablo VI sobre la justicia en relación con la enseñanza del Concilio Vaticano II. Éste representó para la Iglesia una profunda actualización de su visión del mundo y su relación con él. En particular, llevó a cabo una lectura actualizada de los cambios operados en la primera mitad del siglo XX, caracterizado por el salvajismo y la irracionalidad de las dos grandes guerras mundiales, el costo humano de la encarnación histórica de las ideologías totalitarias y el crecimiento exponencial de las aplicaciones tecnológicas en todas las dimensiones de la vida social. El papa Pablo VI tuvo la misión de poner a la Iglesia en sintonía con los signos de los tiempos percibidos con tanta clarividencia por el Concilio. En el tesoro del magisterio del papa Montini se pueden encontrar pensamientos que no pierden actualidad. Entre ellos, unas breves reflexiones sobre la relación entre la Caridad y la Justicia, y ésta con la Paz. En la relación Justicia y Caridad, en la audiencia del 29 de enero de 1978, Pablo VI se refirió a la perenne actualidad de la caridad, incluso en este mundo tecnificado y en una sociedad que es más sensible ante la aplicación de la Justicia que al ejercicio de la Caridad. La Caridad siempre es necesaria. Primero, como estímulo, después, como complemento de la Justicia, porque ésta no encontrará el impulso para ser aplicada si el resorte secreto de la Caridad no la pone en marcha y la sostiene y la preserva del peligro del cálculo puramente burocrático e impersonal. A comienzos de los años 60, se refiere a la Justicia como una justa distribución de los bienes que conduce a la Paz verdadera: en un clima turbulento de contestación fuertemente ideológica, Pablo VI retoma la enseñanza social de León XIII y la actualiza, con ocasión del octogésimo aniversario de la Rerum novarum, en la Carta apostólica Octogesima adveniens. El Papa reflexiona sobre la sociedad post-industrial con todos sus complejos problemas, poniendo de relieve la  insuficiencia de las ideologías para responder a estos desafíos: la urbanización,  la condición juvenil, la situación de la mujer, la desocupación, las  discriminaciones, la emigración, el incremento demográfico, el influjo de los  medios de comunicación social, el medio ambiente. El papa Montini insiste en que es necesario establecer una mayor Justicia en el intercambio de bienes, tanto dentro de las comunidades nacionales como a nivel internacional. En los intercambios internacionales, es necesario ir más allá de las relaciones basadas en la fuerza, para llegar a acuerdos alcanzados con el bien de todos. Porque, las relaciones basadas en la fuerza nunca han establecido la Justicia de una manera verdadera y duradera. Pero, en su pensamiento sobre el Desarrollo Integral proclama que el deber más importante en el ámbito de la Justicia es permitir que cada país promueva su propio desarrollo, en el marco de una cooperación libre de cualquier espíritu de dominación, ya sea económica o política.&#160;La complejidad de los problemas planteados es ciertamente grande, en el presente entrelazamiento de dependencias mutuas.&#160;Por lo tanto, es necesario tener el coraje de emprender una revisión de las relaciones entre las naciones, ya se trate de la división internacional de la producción, la estructura de los intercambios, el control de las ganancias, el sistema monetario, sin olvidar las acciones de los humanos. Según Pablo VI, una Paz que no sea resultado del verdadero respeto del hombre, no es verdadera Paz. Y ¿cómo llamamos a este sentido verdadero del hombre? Lo llamamos Justicia. Y se pregunta, la Justicia, ¿no es ella misma una diosa inmóvil? Sí, lo es en sus expresiones, que llamamos derechos y deberes y que codificamos en nuestros nobles códigos, es decir, en las leyes y en los pactos, que producen esa estabilidad de relaciones sociales, culturales, económicas, que no es lícito quebrantar: es el orden, es la Paz. El papa Montini sigue preguntándose: Y donde otras formas indiscutibles de Justicia —nacional, social, cultural; económica&#8230;— fueran ofendidas u oprimidas ¿podremos estar seguros de que sea verdadera Paz la que resulta de semejante proceso despótico? ¿Podemos estar seguros de que será estable, y si es estable, de que sea justa y humana? ¿No forma parte de la Justicia el deber de poner a todos los países en condiciones de promover su propio desarrollo dentro del marco de una cooperación inmune de cualquier intención o cálculo de dominio, tanto económico como político? Pablo VI responde: «El problema resulta extremamente grave y complejo; y no toca a Nos exacerbarlo ni resolverlo prácticamente. No es competencia de quien habla desde esta sede». Recordando a Isaías, San Pablo VI nos invita a celebrar la Paz como una invitación a practicar la Justicia. Opus justitiae pax (cf. Is. 32, 17). «si quieres la Paz, trabaja por la Justicia». Sin ignorar las dificultades que existen para este logro, confía en que los ideales conjuntos de la Justicia y de la Paz llegarán por su propia virtud a engendrar en el hombre moderno las energías morales suficientes para recorrer los caminos de la paz con valiente y profética esperanza.</p>
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		<title>Pablo VI ante la violencia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ana Rodríguez Láiz]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Mar 2019 07:11:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Miradas sobre Pablo VI]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Paz]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pablo VI mostró a lo largo de su Pontificado una fuerte preocupación por el modo en que la violencia amenazaba la estabilidad y el progreso de los pueblos y por el papel que la Iglesia debía jugar en medio de esta realidad. En numerosas ocasiones, sus enseñanzas giraron en torno a la propuesta del ideal de la paz universal y del rechazo a toda forma de violencia. La importancia que le dio al tema fue tal, que la búsqueda de la paz constituyó uno de los ejes de su Pontificado. Su postura quedó expresada en diferentes escritos y también se materializó en algunos gestos que resultaron profundamente novedosos para su época. Cabe destacar, por ejemplo, el hecho de haber sido el primer Papa en pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1965 ─con el conflicto de la guerra de Vietnam como telón de fondo─ o el interés que mostró para que el Vaticano participara como Estado en la Conferencia sobre la seguridad y cooperación en Europa celebrada en Helsinki (1973-75).  La violencia solo engendra más violencia Descubrimos en sus encíclicas y discursos la necesidad del advenimiento de la paz y una crítica dolorosa a la dinámica que engendra violencia. Para comprender sus enseñanzas, es importante recordar el doble trasfondo en el que se encuadran: por un lado, el ambiente histórico en que le tocó vivir; por otro, su fidelidad al Evangelio. Respecto al contexto histórico, Pablo VI se hizo eco de la realidad en la que se encontraban numerosas naciones en Asia y África tras la descolonización; conocía de primera mano la inestabilidad que la Guerra Fría había instalado en Europa y no obvió el debate que estaba surgiendo en América Latina acerca de la conveniencia o no de responder con violencia a las situaciones de opresión, injusticia y falta de libertad que estaban provocando el empobrecimiento de pueblos enteros. Además, la comprensión de estas realidades a la luz del Evangelio, le llevó a asumir no solo la radicalidad de su mensaje sino a conocer también cómo el camino por la paz no se construía con palabras fáciles sino que conllevaba en muchas ocasiones un largo camino de cruz. Numerosas son las referencias que hizo al tema de la violencia. Si bien en la Encíclica Populorum Progressio (1967) se encuentra su mensaje más profético, su intervención en Medellín en 1968 o el modo en que asume el trabajo por la paz dentro de la tarea evangelizadora de la Iglesia en Evangelii Nuntiandi (1975) muestran también importantes líneas de su pensamiento. A partir de sus escritos, destacamos dos cuestiones especialmente significativas: En primer lugar, cabe subrayar que mostró un rechazo explícito a cualquier forma de violencia o de muerte como camino de liberación. Lo considera un camino ineficaz, que solo engendra más violencia, opresión y esclavitud. Señala explícitamente que “los cambios bruscos o violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo”. Para la ética cristiana, la violencia es la última opción, solo justificable “en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país”. Rechazó así aliarse con quienes la consideraban un ideal noble y afirmó que toda respuesta violenta no sería más que un mal mayor que aquel que se quería combatir. Esto no evitó que manifestara a su vez un reconocimiento de las situaciones de injusticia en las cuales la tentación de la violencia emergía con fuerza: “Es cierto que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo”. Impedir la revolución violenta, para Pablo VI, no evitaba el tener que afrontar estas situaciones, denunciar las injusticias y combatirlas; pero sabiendo que la no violencia sería la que contribuiría de forma decisiva a generar esos cambios indispensables. Justicia y desarrollo, garantía de paz En segundo lugar, consideraba que la consecución de la paz estaba estrechamente vinculada a la dimensión humana del progreso: “la paz no se reduce a una ausencia de guerra (…) se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres”. Esta relación entre el progreso y la paz le llevó a afirmar que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Los difíciles equilibrios internacionales encontraban su verdadera amenaza en las desigualdades sociales que provocaban rencor, resentimiento y desconfianza. Un desarrollo integral que alcanzara a toda la humanidad era para Pablo VI garante de estabilidad y de paz. La paz aparece así en su el pensamiento como una realidad nueva que no se establece tan solo por un mero equilibrio de fuerzas. Conlleva la renuncia a la violencia, la defensa de los derechos humanos, el progreso y el desarrollo de todos los pueblos y, por ello, va unida a una postura crítica ante sistemas y estructuras que encubren y favorecen las desigualdades y las injusticias.</p>
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		<title>Díez-Picazo: “Es inusual que el Ministro de Justicia o un alto cargo del Poder Ejecutivo se acerque a un alto cargo judicial para intentar influir”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Apr 2018 10:34:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[FdEI]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
		<category><![CDATA[Luis María Díez-Picazo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La elección de los jueces y el nombramiento de quiénes los eligen ha sido el tema del tercer Foro de Encuentros Interdisciplinares que organiza la Fundación Pablo VI, con un invitado de honor, el Catedrático de Derecho Constitucional, Luis María Díez-Picazo y presidente de la Sala Tercera del Tribunal Supremo, la instancia encargada de conocer los actos que manan del Consejo General del Poder Judicial, entre ellos, el nombramiento de los jueces. En su exposición, el magistrado reconoce la inquietud que este asunto de la elección de los jueces genera, por depender del Congreso y Senado, el órgano que nombra a los 12 vocales del órgano que gobierna a los jueces. Una inquietud que, sin embargo, no está justificada pues el “hecho de que un alto cargo judicial sea nombrado por un cargo político no significa que vaya a ser su emisario”. De hecho, afirma”, “es inusual que el Ministro de Justicia o un alto cargo del Poder Ejecutivo se acerque a un alto cargo del Poder Judicial para intentar influir”, cosa que sí podría ocurrir si no existiera un órgano de Gobierno como el Consejo General del Poder Judicial, encargado precisamente de garantizar su independencia. El riesgo de caer en el “corporativismo” Esta forma de elección de los altos cargos por el llamado criterio de discrecionalidad, siempre y cuando reúnan ciertas exigencias y requisitos, es habitual en todos los países del mundo y “nadie duda en ningún país de que esto debe ser así”. Por eso no comprende “la mala prensa” que sufre el Consejo General del Poder Judicial, un sistema que nació&#160; para quitar de los jueces “las pecaminosas manos del poder ejecutivo ante la tentación de influirles”. Y, asegura, “más allá de los discursos para la galería no creo que haya ninguna fuerza política que quiera volver a la elección directa de los jueces”. Unas proclamas “más retóricas que sentidas” porque cuando tuvieron la ocasión de hacerlo con la Reforma de la Ley Orgánica de 2013 y luego la del 2015 “de ese asunto se olvidaron”. Por eso, dice, tengo la impresión de que “la nostalgia por la elección directa por los jueces, que se perdió en 1985, tiene mucho de retórico en nuestro país, pero de verdad no hay mucha gente que lo desee”. “La experiencia del CGPJ en los últimos 40 años ha sido positiva” Es cierto, dice, que el sistema actual puede prestarse a la “politización”, pero volver al sistema de elección directa previo a 1985 podría entrañar un riesgo peor, que es el del&#160; “corporativismo”. La otra alternativa sería suprimir el Consejo General del Poder Judicial, previa reforma constitucional, lo que significaría volver al sistema ministerial. Es decir, que las decisiones que ahora toma el Consejo las tomaría el Ministro de Justicia, como ocurría en España antes de 1978, con “unos riesgos nada despreciables”. Por tanto, afirma, con todas sus insuficiencias “la experiencia del Consejo General del Poder Judicial en los últimos 40 años ha sido positiva”&#160; “No exponerse demasiado a los medios” Sobre los casos mediáticos y las apariciones de los jueces en los medios de comunicación, afirma que si bien “no son contrarias al derecho”, ni un juez tiene suprimida la libertad de expresión, “lo mejor es aparecer lo menos posible y que de un juez se hable por sus sentencias”. Porque, “dentro de las virtudes que deben adornar a un juez está la de no situarse en el ojo del huracán ni exponerse demasiado”.</p>
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		<title>Jornada Mundial de la Paz 2012</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Papa Benedicto XVI]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 17:29:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santa Sede-Dicasterios]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
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		<category><![CDATA[Jóvenes]]></category>
		<category><![CDATA[Justicia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Educar a los jóvenes en la justicia y la paz</p>
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