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	<title>Mons. Antonio Algora archivos - Fundación Pablo VI</title>
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	<title>Mons. Antonio Algora archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>Mi recuerdo de Mons. Antonio Algora</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Fernando Fuentes Alcántara]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Feb 2021 14:52:40 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Mons. Antonio Algora]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Recuerdo homenaje de Fernando Fuentes, subdirector general de la Fundación Pablo VI, a D. Antonio Algora, fallecido por COVID-19 el pasado año. Publicado en la revista de Hermandades del Trabajo este mes de enero Confieso que glosar la experiencia de varios años en unas páginas no es fácil. Ahora bien, es fácil quedarse con algunos hechos que denotan la personalidad de Antonio Algora (lo trataré de tú pues así ha sido siempre). En primer lugar, mi relación institucional con Antonio se puede valorar en dos ámbitos: la Comisión de Pastoral Social y la Fundación Pablo VI. Comenzaré por la Comisión Episcopal de Pastoral Social. En ella participó en los últimos años de los 90 y supuso una época de esplendor en la Doctrina social de la Iglesia en la Conferencia Episcopal pues no en vano estuvo al lado de obispos que fueron grandes estudiosos y difusores de la Doctrina social de la Iglesia, tal es el caso de Mons. José María Guix (también Presidente de la Fundación Pablo VI), Mons. Ramón Echarren y Mons. José María Setién. En aquellos años, Antonio Algora realizó una tarea fundamental (que ahora ha quedado confirmada con la inclusión de la Pastoral del Trabajo en la Comisión de Pastoral Social y Promoción Humana) y fue servir de puente entre la pastoral social y la pastoral obrera. Así en el año 1994 se hizo público el documento “La pastoral obrera de toda la Iglesia”, documento que alimentó muchas iniciativas de formación en el ámbito de la Doctrina social de la Iglesia, estableciendo lugares comunes de formación como las Escuelas Sociales diocesanas, coordinadas con la Pastoral obrera en la línea de una formación política y social de la fe, que poco a poco se fueron promoviendo en algunas diócesis, vicarias y delegaciones. Un acontecimiento que marcó el fuerte impulso pastoral y social de este grupo de obispos, digamos “sociales”, que marcó el devenir de la Iglesia española en esos tiempos fue el Congreso Nacional “Los desafíos de la pobreza a la acción evangelizadora de la Iglesia”. &#160;Para su preparación se difundieron 60.000 carpetas de trabajo y participaron alrededor de 6000 grupos entre las diócesis e instituciones. El obispo Algora estaba en el núcleo de toda esta animación de la Iglesia en su compromiso con los más pobres y necesitados pues su sensibilidad hacia los más débiles de la sociedad fue una constante en su vida. Seguramente, algunos le recordarán especialmente por su compromiso con el mundo obrero, pero yo soy testigo de su lectura creyente sobre todo el conjunto de la sociedad que vivía de forma precaria e indigna. También por aquel tiempo, en el año 1995, Antonio Algora accedió a representar a la Comisión episcopal de Pastoral Social en el Patronato de la Fundación Pablo VI. No era extraña esta designación pues había varias razones que avalaban esta relación. En primer lugar, Antonio Algora era un buen conocedor de la Doctrina social de la Iglesia, cuestión importante en una institución como la Fundación Pablo VI cuya razón de ser según su fundador, el Cardenal Ángel Herrera, era difundir la DSI y la participación de los seglares en la vida pública. En segundo lugar, su identificación con Hermandades del Trabajo daba un espacio de interés común con la Fundación. No en vano, el Cardenal Ángel Herrera creó el ISO, Instituto social obrero. En el periodo de 2011 a 2015 Antonio Algora accedió a la presidencia de la Fundación Pablo VI, sucediendo al Cardenal Fernando Sebastián. Se puede afirmar que dicho periodo significó un paso estratégico en la vida de la Fundación pues fue la época de la transición en su configuración. Se venía de unos años donde el centro de la actividad estaba basado en la docencia académica, con varias titulaciones ya en su fase final y se quería dar paso a una institución más presente en la vida pública y de pensamiento en España. Pero antes tenía que pasar la Fundación y sus dirigentes por el desierto y el sacrificio de la reforma en sus objetivos. Este cambio vino por la supresión progresiva de la Facultad de Arquitectura, que no tuvo mucha vida activa pero quedó afectada &#160;profundamente por la crisis de 2008, con los problemas de la vivienda y la pérdida de trabajo de los arquitectos que provocó la desafección por esos estudios en la sociedad española. Parecido ocurrió con la Facultad de Informática, la cual, aún siendo la Fundación Pablo VI pionera en estos estudios cuando todavía no eran oficiales, no pudo defenderse ante la creación de numerosas facultades de informática en la modernización de España. Todos esos hechos de crisis académica y económica tuvo que afrontarlos el Presidente de la Fundación, Antonio Algora. Uno de ellos verdaderamente traumático, como el Expediente de Regulación de Empleo (ERE) en el año 2013/2014 en el quedaron implicados 23 trabajadores. La impresión que podía quedar en esos años era que la Fundación Pablo VI estaba poniendo en marcha un desmantelamiento tanto de personas trabajando como de las actividades. Y más dolor le produjo a Antonio Algora la clausura de la Facultad de Sociología, (en la cual sólo quedó el Master de Doctrina social de la Iglesia) por ser una de las áreas académicas fundacionales y por la cual fue especialmente reconocido el Instituto Social León XIII como un centro de vanguardia en tiempos difíciles como los coincidentes con el gobierno de Franco. En dicha Facultad tuvimos la oportunidad Antonio y yo de poder estudiar y conocer a un profesorado y unos estudios adelantados a su tiempo en la sociedad española. Todos estos cambios requirieron encontrar de nuevo el objetivo fundamental de su ser fundacional, que no era otro que difundir, con los medios tecnológicos y pedagógicos modernos, la doctrina social de la Iglesia. En esa línea, en el año 2011, se organizó un Simposio de Doctrina social de la Iglesia con la siguiente temática: ¿Qué propuesta de evangelización para la vida pública en España? Se trataba de conmemorar el 50 Aniversario de la Encíclica Mater et</p>
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		<title>In Die Obitus. † S. E. R. Mons. Antonio Ángel Algora Hernando</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Tomás Raga]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Nov 2020 08:39:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[In Memoriam]]></category>
		<category><![CDATA[Mons. Antonio Algora]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Muchos se preguntarán acerca de las razones para dejar transcurrir tantos días, desde el luctuoso acontecimiento, para dar testimonio personal en homenaje a la persona que fue sacerdote y obispo, ejemplar en las tres dimensiones: en la personal, en la sacerdotal y en la episcopal, para bien de cuantos le conocimos y, en mi caso, sintiéndome favorecido por su sincera amistad – la sinceridad era una de sus grandes virtudes – que naturalmente, creo que siempre traté de que fuese correspondida por mi parte. Las razones son fundamentalmente dos: por un lado, la necesidad de dejar que la turbación por la pérdida de un fraternal amigo diera paso a la emoción y de ésta a la racionalidad, buscando la capacidad de la que carecía inicialmente, de hilvanar unas líneas, escasas, porque así deben ser las cosas, pero entrañables desde lo más profundo del corazón. Inicialmente no fui capaz de evitar aquellas preguntas que, en silencio, nunca deberíamos hacernos los cristianos ¿por qué Señor, él? y ¿por qué así, y ahora? Confieso que se prolongaron días, hasta que, avergonzado, recordé los hechos que, tan representativamente, narra San Juan, cuando María, la hermana de Lázaro, al ver a Jesús dijo: “«Señor si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». Jesús viéndola llorar… preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar.” [Jn 11 32-35]. Y, ante el recuerdo del relato descrito, brotó para mí mismo, una excusa absolutoria: Si Cristo, Dios y Hombre, lloró por la muerte de su amigo ¿cómo no iba a turbarme la pérdida del mío? ¿Cómo no iban a surgir aquellas preguntas, que nunca debían haber venido a mi mente? La otra razón justificativa del tiempo transcurrido tenía un fin: que permaneciera el recuerdo de Mons. Algora, más allá de la acumulación de testimonios, propia de los primeros momentos, rememorando desde la paz que el tiempo transcurrido nos ofrece, a quien, en todo momento, incluso en los momentos más difíciles, hacía gala de una extraordinaria paz interior que nada ni nadie podría perturbar. Conocí personalmente a Monseñor Algora cuando ambos éramos mucho más jóvenes – sitúo tal afortunado encuentro, en algún momento del año 1995 – cuando él ocupaba, como titular, la sede episcopal de la diócesis de Teruel y Albarracín, y yo desempeñaba funciones directivas en una institución docente universitaria en Madrid, que me podía convertir en el indicado para escuchar y comprender los motivos de tan ilustre visita en mi despacho. Aquel momento, puedo hoy decir, claro y alto, que me marcó humanamente, trabándose desde el inicio, una relación de amistad que se acrecentaría en el tiempo, hasta el momento en que ha sido requerido en la Casa del Padre, para gozar del merecido premio a sus buenas obras, a su vida ejemplar. Desde aquel momento, justo es decirlo, sin caer en interpretaciones gratuitas de desdoro sino de enaltecimiento, seríamos, para siempre, Antonio y José, hasta el fin de sus días. Quizá la curiosidad de algunos les haga preguntarse, cuál era el motivo de la visita para que justificase aquel desplazamiento de Teruel a Madrid. Nada para él; así era nuestro obispo diocesano de Teruel-Albarracín. Sólo pretendía, poner en mi conocimiento, con la moderación propia de sus pretensiones, que había un chico en Teruel, hijo de una familia muy humilde, pero muchacho muy valioso, que, aunque careciendo de medios, quería cursar sus estudios universitarios, en la Universidad, en la que yo venía desempeñando aquellas funciones directivas ya mencionadas. Interceder por la necesidad de un joven muchacho turolense, es decir plantear la necesidad de una beca suficiente, justificaba sobradamente el desplazamiento del Obispo a Madrid, cuando, bien lo hubiera podido sustituir por una llamada telefónica. Pero Antonio Algora era así, cercano y franco, como buen aragonés; sin rodeos ni prestancias por tan alta misión episcopal, y, aquel chico, naturalmente, estudió en la universidad que pretendía. Si se me permite diseccionar lo mucho que era Antonio – tarea verdaderamente ardua, cuando no imposible – empezaría por decir que fue esencialmente una buena persona, con todo lo que estas dos palabras encierran. Primero porque ser buena persona en el profundo sentido de esos términos, no es algo que abunda ni se encuentra comúnmente. Son palabras mayores e inseparables que, cuando coinciden en un hombre, hacen una yunta indestructible, aran siempre juntas y a la par. Ser bueno y mantenerse persona sin que la bondad quiebre en blandura, ni la persona deje de afirmarse en sus acciones. De este modo, de manera tan sencilla, comenzaba una relación, sin otro interés que la relación en sí misma, aunque tengo que reconocer que, de las dos partes llamadas a relacionarse, la mía, era la gran beneficiaria. Su elección y traslado a la diócesis de Ciudad Real, como Obispo Prior de la misma, el 20 de marzo de 2003, allanaba la distancia facilitando más aún los encuentros. Pero el curso de los hechos en nuestras vidas, me iban a ser muy favorables, sin mérito alguno por mi parte. Nada de extraño tiene, pues, la Providencia se apiada siempre de los más débiles, en este caso, la debilidad estaba claramente de mi parte. De modo que, a nuestra relación, se le iban a abrir caminos que permitirían convertir lo excepcional en ordinario y, más aún, en frecuente. Antonio Algora, era un Obispo de aquellos que, entre sus inclinaciones doctrinales, ahondó en la Teología Moral y, más concretamente, en la Doctrina Social de la Iglesia. No en vano, y quizá allí encontró la semilla que tanto fruto daría a lo largo de su vida, fue alumno – más tarde presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos – del Instituto Social León XIII; institución creada en 1950, con el acierto acostumbrado, por el que fuera Obispo, en aquel momento de la diócesis de Málaga, y después Cardenal de la Iglesia, S. Em. R. Ángel Herrera Oria, y en estos momentos Siervo de Dios, camino de los altares, a resultas de lo que determine el proceso de la</p>
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		<title>La Fundación Pablo VI se une al pesar por la muerte de Mons. Antonio Algora, presidente del patronato hasta 2015</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Oct 2020 15:43:15 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[In Memoriam]]></category>
		<category><![CDATA[Mons. Antonio Algora]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“La Iglesia de los pobres, la que tiene como primera consideración a los pobres, tiene que mirar cómo se adecúan las estructuras a esa realidad y caer en la cuenta de que Cristo siendo rico se hizo pobre». Con estas palabras definía Antonio Algora el planteamiento plenamente humano de la Iglesia antes los más desfavorecidos. Y lo repitió en no pocas ocasiones durante su ministerio episcopal como pastor de la diócesis de Teruel-Albarracín, primero, y Ciudad Real, después. Ha sido esta última diócesis la que ha dado hoy la noticia de su muerte, a los 80 años, tras las complicaciones derivadas por la COVID-19. El que fuera presidente de la Fundación Pablo VI durante 5 años ingresó en el Hospital de la Paz el pasado 20 de septiembre con neumonía bilateral. En los últimos días había dado signos de recuperación, pero esta mañana el equipo médico del hospital ha confirmado el fallo multiorgánico que ha ocasionado su muerte. A pesar de su relevo, en el año 2015, cuando pasó a ser presidente de la Fundación Pablo VI el obispo de Getafe, Mons. Ginés García Beltrán, el obispo emérito de Ciudad Real siempre mostró su cariño y cercanía con esta institución a la que llegó en 2011 en sustitución de Mons. Fernando Sebastián. Así se lo confesó en varias ocasiones a su director general, Jesús Avezuela. Una de ellas, en el Congreso Iglesia en la Sociedad Democrática que se celebró en octubre de 2018. Para Fernando Fuentes, subdirector general de esta institución fue el presidente «que más conectó con los principios y valores de la Doctrina Social de la Iglesia tal y como los transmitió D. Ángel Herrera Oria: la entendió desde el compromiso con los trabajadores; continuador de obras que apoyaran la formación doctrinal de los laicos (Hermandades del Trabajo) y en la Fundación Pablo VI acompañó la transición hacia una institución comprometida con la sociedad».  Mons. Antonio Algora hace entrega de la &#8216;Medalla de Oro de la Fundación Pablo VI&#8217; a Mons. Fernando Sebastián Fue durante su presidencia cuando fue inaugurada la Residencia femenina para opositoras y postgraduadas León XIII, en 2012, que pasó a ser gestionada por la Institución Teresiana. Su directora, Laura Moreno, recuerda las palabras que les dedicó en la celebración del centenario de la institución creada por San Pedro Poveda: «quien vive su fe con serenidad siente la necesidad de tranmitirla con hechos y palabras». «Ahora, al despedirlo en su pascua, sabemos que ese pensamiento reflejaba su modo de vivir como hombre de Dios y pastor de la Iglesia, para quien su decir tenía coherencia con su hacer». La cuestión obrera, la justicia social, el trabajo de la Iglesia con los más desfavorecidos fueron sus principales preocupaciones en su diócesis y al frente de distintas comisiones de la Conferencia Episcopal, como el Apostolado Seglar, la Pastoral Obrera y la Pastoral Social. También fue miembro del Consejo de Economía y responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. La Fundación Pablo VI muestra su gratitud a D. Antonio por su vida de generosidad y servicio y eleva una oración por su alma en la esperanza de la Resurrección.</p>
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