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		<title>Veinte años de Neuroética</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Ramón Amor Pan]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 13 May 2022 06:13:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Neurociencia]]></category>
		<category><![CDATA[Neuroética]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los días 13 y 14 de mayo de 2002 se celebró en San Francisco el congreso que marcó el arranque de la Neuroética. El lema del congreso fue Neuroethics: Mapping the Field. Allí se definió esta disciplina como “el estudio de las cuestiones éticas, legales y sociales que surgen cuando los hallazgos científicos sobre el cerebro son llevados a la práctica médica, a las interpretaciones legales y a las políticas sanitarias o sociales. Estos hallazgos están ocurriendo en campos que van desde la genética o la imagen cerebral hasta el diagnóstico y predicción de enfermedades. La Neuroética debería examinar cómo los médicos, jueces y abogados, ejecutivos de compañías aseguradoras y políticos, así como la sociedad en general, tratan con todos estos resultados”[1]. Y se subrayó con énfasis su diferencia con la Bioética. Si bien cabe atribuir a Anneliese Alma Pontius[2] el mérito de haber utilizado por primera vez este término en un trabajo publicado el año 1973, en el que analiza los intentos que algunos investigadores estaban llevando a cabo de manera experimental para acelerar el desarrollo motor del recién nacido, “espoleados por muchos resultados alentadores de la estimulación temprana”. Volverá a utilizar el término 20 años más tarde en un artículo en el que reflexiona sobre el trastorno del desarrollo por déficit de atención[3]. Por su parte, el neurólogo norteamericano Ronald Eugene Cranford[4] utilizó el término “neuroético” al hablar del neurólogo como asesor ético y como miembro de los comités éticos institucionales en un artículo publicado en 1989. En el ámbito de las Humanidades será Patricia Churchland quien utilice por primera vez el término en 1991, en su trabajo “Our brains, ourselves: reflections on neuroethical questions”[5]. Hay que recordar que esta autora fue pionera, y marcó tendencia, en el campo de la Neurofilosofía con un libro publicado con este título cinco años antes, en 1986: Neurophilosophy: Toward a Unified Science of the Mind – Brain. En el ámbito académico, un nombre es únicamente importante como marca en la medida en que sirve para cohesionar y presentación de quienes comparten un mismo ideario Volvamos con el congreso de San Francisco, sin duda el pistoletazo de salida de la Neuroética. En él participaron más de 150 neurocientíficos, bioeticistas, psiquiatras, psicólogos, filósofos y profesores de Derecho y en Ciencias Políticas. Auspiciado por la Universidad de Stanford, la Universidad de California y la Dana Foundation, este evento tuvo un gran eco mediático (con una muy bien pensada campaña publicitaria) y provocó que esta disciplina, hasta entonces desconocida, dejase de concernir a un pequeño grupo de bioeticistas y filósofos norteamericanos para convertirse en una cuestión de primera magnitud para neurocientíficos, empresas y gobiernos. Albert Jonsen[6], siguiendo con la metáfora del mapa, agrupó las cuestiones en torno a la Neuroética en tres niveles: 1) El nivel tectónico, en el que se plantean cuestiones como la del determinismo y el libre albedrío, o como el problema del reduccionismo, cuestiones todas ellas que surgen de forma recurrente en el ámbito filosófico, porque -afirma- son insolubles. 2) El nivel geográfico (las colinas, montañas, valles y ríos de nuestra región), donde se sitúan cuestiones en su mayor parte epistemológicas. “Cuando los filósofos hablan, ellos formulan asertos. Cuando los científicos hablan, ellos también formulan asertos. Pero sus respectivas afirmaciones proceden de fuentes epistemológicas significativamente diferentes, o maneras de pensar sobre lo que uno está haciendo. Nosotros necesitamos dedicar un gran esfuerzo a articularlos, a ponerlos en relación”. 3) El nivel local, o sea, las áreas edificadas y pobladas, cuyos mapas son de manzanas y calles. Es el nivel de los casos concretos, en el que surgen asuntos como la investigación con sujetos humanos, la responsabilidad en asuntos de justicia criminal, el tratamiento y la mejora del cerebro. “Estos elementos del mapa son probablemente los que avancen y se modifiquen más rápida y precipitadamente porque son las cosas que reclaman nuestro interés y preocupación más inmediatos. Aquí es donde probablemente deberíamos empezar a pensar en cuáles son las relaciones entre los diversos mapas. Esto es, cuando formulo preguntas en el nivel local o en el nivel geográfico, ¿también tengo que pensar en la perspectiva del nivel tectónico, de las cuestiones más profundas?”. Por su parte, William Mobley, del Departamento de Neurología de la Universidad de Stanford, en su contribución aseguró que para entender el cerebro necesitamos nuevos paradigmas y arrumbar los viejos, que el incremento de nuestro conocimiento creará libertad, y no la inhibirá, porque “menos mágico no significa menos interesante”[7]. Dos meses después del congreso de San Francisco, Adina Roskies, publicó un importante artículo en el que establecía dos partes dentro de la Neuroética, una distinción canónica desde entonces[8]: Ética de la Neurociencia y Neurociencia de la Ética. En la primera hace, a su vez, dos subdivisiones: están los temas éticos relacionados con el diseño y la ejecución de los estudios neurocientíficos y, por otra parte, los asuntos que tienen que ver con la evaluación de las implicaciones éticas y el impacto social que los resultados de esos estudios pueden tener, o deberían tener, sobre las actuales estructuras sociales, éticas y legales. A la primera la denomina “ética de la práctica” y a la segunda, “implicaciones éticas de la Neurociencia”. La primera es un área más de la Bioética, con asuntos tales como el diseño óptimo de los ensayos clínicos, el derecho a la privacidad, el consentimiento informado en las enfermedades neurodegenerativas y en las enfermedades mentales y cómo definimos qué es lo mejor para estos pacientes. La segunda subdivisión, la que Roskies denomina en su artículo como “implicaciones éticas de la Neurociencia”, ya es más específica, según nuestra autora, al estudiar las implicaciones que en todos los órdenes va a tener nuestra mayor comprensión del funcionamiento del cerebro: ¿cómo afectará a la sociedad ese conocimiento? ¿Cómo la va a modelar? “Los avances en Neurociencia tienen el potencial de crear, y también de remediar, serias inequidades sociales”, nos dice. Respecto a la Neurociencia de la Ética, Roskies afirma: “La teoría ética tradicional se ha centrado en nociones filosóficas como</p>
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		<title>¿Cómo hace juicios morales nuestro cerebro?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Ramón Amor Pan]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 12 Jun 2020 08:16:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Libros recomendados]]></category>
		<category><![CDATA[Lydia Feito Grande]]></category>
		<category><![CDATA[Neuroética]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“El libro de la profesora Lydia Feito Grande es un valioso exponente de ese diálogo ponderado, riguroso y serio entre neurociencia y filosofía” Lydia Feito Grande, Neuroética. Cómo hace juicios morales nuestro cerebro.Plaza y Valdés Editores. Madrid 2019, 240 págs. Aunque la crisis provocada por el COVID-19 ha ocupado -con toda lógica- la práctica totalidad de los espacios reflexivos de estos últimos meses, conviene no dejar de lado otras problemáticas no menos serias y urgentes. Porque, como escribió el papa Francisco en su encíclica Laudato si’ sobre el cuidado de la Casa Común, “todo está conectado”. Lo está casi siempre desde el punto de vista fáctico, pero sobre todo lo está en sus consideraciones éticas, antropológicas y políticas. No verlo así no trae nada bueno. Uno de los temas que más me preocupan desde hace ya un tiempo tiene que ver con las implicaciones éticas del vertiginoso avance de las Neurociencias y de la Inteligencia Artificial (tengo publicado un libro sobre esta materia y varios artículos). Tanto es así que esta primera reseña de la “nueva normalidad” quiero dedicarla a un libro importante sobre este asunto, publicado a finales del año pasado y que yo he leído con calma y aprovechamiento en este tiempo de confinamiento. Su autora es una autoridad en Bioética. Tiene un currículum impresionante: Doctora en Filosofía por la Universidad Pontificia Comillas (Nuevos interrogantes para la ética actual: desafío de la terapia génica humana, dirigida por Diego Gracia y con un tribunal de lujo: Adela Cortina, Javier Gafo, Juan Ramón Lacadena, Augusto Hortal y Carlos Alonso Bedate, defendida en 1995), Doctora en Neurociencia por la Universidad Complutense (con la tesis titulada Neuroética: las bases neurales del juicio moral, defendida el año 2016), Máster en Bioética, Máster en Neuropsicología Cognitiva y Neurología Conductual. En la actualidad se desempeña como profesora de Bioética y Humanidades Médicas en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense y es presidenta de la Asociación de Bioética Fundamental y Clínica. El libro que presentamos tiene en su origen esa tesis del 2016. Eso explica la única limitación del mismo: las referencias bibliográficas sólo llegan hasta el año 2015, el libro aparece a finales del 2019. Esto en nada invalida su contenido, quiero subrayarlo; pero justo es reconocer que tres años en este ámbito son una eternidad, por lo que hubiese estado bien hacer una actualización de la bibliografía. Como la propia autora afirma, “el de la neuroética es un campo en espectacular expansión en este momento” (p. 15). Dicho lo cual, lo siguiente que debo decir es que estamos ante una magnífica introducción al estudio de la Neuroética. Que hablemos de “introducción” no debe llevar a equívocos: es un libro denso y bien argumentado, con profusión de datos, cuya lectura, por consiguiente, requiere amplia dedicación y esfuerzo. De su contenido voy a destacar unas cuantas afirmaciones, aquellas que en mi opinión actúan como verdaderos ejes vertebradores del texto. Fundamental me parece afirmar que no podemos hablar en singular de la Neurociencia, pues este vasto campo científico abarca enfoques, disciplinas y aplicaciones muy diferentes (p. 26). No hacerlo así puede provocar una falsa apariencia de homogeneidad que en absoluto se corresponde con la realidad. Es más, muchas de las disciplinas “neuro” que circulan hoy en día por ahí no son más que una moda, un bluf. También resulta básico el siguiente párrafo, que encontramos en la p. 29 y que se comenta por sí solo: “Los conceptos y teorías que se están manejando en la investigación neurocientífica, y que condicionan tanto el diseño de los experimentos como la interpretación de los resultados, afectando por tanto a su validez, son cuestionables y obligan a analizar en profundidad las teorías filosóficas subyacentes, las definiciones de lo moral o lo ético que se están empleando y, sobre todo, exigen un cuidadoso análisis de cuáles son los elementos que se observan”. Tercera afirmación que me parece nuclear: “El diálogo ponderado, riguroso y serio entre neurociencia y filosofía es el único camino válido para no caer en la trivialidad, ni en la descalificación fácil y mutua (…) Sin embargo, continuamente aparecen publicaciones en las que se exhiben sin pudor conclusiones simplificadoras y reduccionistas sobre la relación entre cerebro y conducta” (pp. 153 y 155). El libro de la profesora Feito Grande es un valioso exponente de ese diálogo ponderado, riguroso y serio entre neurociencia y filosofía: probablemente por eso mismo no vaya a ser un bestseller… pero es de agradecer que todavía queden en nuestro país algunos intelectuales que merezcan con justicia dicho calificativo. Termino. “A la altura de nuestro tiempo sería ingenuo pensar que la ciencia está exenta de valores. Como la filosofía de la ciencia se ha encargado de poner de manifiesto, cualquier investigación científica -como cualquier empresa humana- está teñida de intereses, compromisos epistemológicos y valores” (p. 181). “Y, lo que es peor, se incurre en una falacia al intentar extraer proposiciones normativas de lo que es meramente una descripción” (p. 182). “La investigación empírica no puede determinar qué es lo correcto” (p. 184). “Y como ya nos advirtiera Aristóteles, no existen verdades absolutas, es necesario ponderar todo lo que está en juego. Para ello, nada mejor que un cerebro entrenado que tenga la capacidad de elaborar juicios morales complejos” (p. 203). En ello estamos.</p>
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