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	<title>Pedro Gómez Serrano archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>La economía civil, una economía para las personas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sandra Várez González]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Oct 2019 06:41:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ética socioeconómica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium: levantar la voz frente a una “economía de la exclusión” donde las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, mientras las de la mayoría quedan cada vez más lejos del bienestar es deber de los cristianos, que tienen en la Doctrina Social de la Iglesia la guía para trabajar en la construcción de un orden social más justo y más humano. Y aunque en los últimos años se ha experimentado un evidente progreso, gracias principalmente a la revolución tecnológica, hay signos evidentes también, de que el modelo económico actual exige una revisión profunda. Puesto que, a medida que aumenta el crecimiento en las economías más avanzadas, las desigualdades se hacen cada vez más patentes. El último informe del Fondo Monetario Internacional, ya en el año 2015, alertaba de una gran brecha en el PIB mundial. Un 50 por ciento de la riqueza de todo el planeta está concentrada en un 1 por ciento de la población, los considerados más ricos del planeta,&#160; frente a un 99 por ciento restante. La gran recesión del 2008, el auge de la economía digital y el low cost, que concentra el poder económico en grandes monopolios, han favorecido esa economía de dos velocidades que puede agravarse si las previsiones de la llegada de una nueva recesión económica se cumplen. Y la desigualdad amenaza, no sólo la estabilidad económica, sino también a la democracia y a la paz. “Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres, pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. (&#8230;) Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz”. (Evangelii Gaudium, 59) Son muchos los que, inspirados en esta Doctrina Social de la Iglesia, trabajan por el cambio a un nuevo modelo económico, más humano, más justo e igualitario, que prime el bien común frente a intereses particulares o individuales. Algunas de estas voces se han podido escuchar en el XXVI Curso de DSI, organizado por la Comisión Episcopal de Pastoral Social y la Fundación Pablo VI los días 4 y 5 de septiembre, con el título “La economía civil. Una economía para las personas”. Economistas, profesores, empresarios, responsables de la pastoral social, religiosos, profesores de secundaria y bachillerato y trabajadores o responsables de Caritas y otras entidades de acción social, han compartido propuestas y experiencias de actuación, sobre la base de modelos económicos éticos y de cooperación que ya están funcionando. Qué es la economía civil No se trata de demonizar el modelo capitalista, sino de buscar el término medio entre “una economía salvaje o una economía colaborativa”. Porque “nos encontramos en un momento en que las diferencias entre ricos y pobres son tan grandes como las que existen entre los elefantes y las hormigas”, porque “los oligopolios y la concentración de poder en pocas manos es uno de los grandes problemas de actualidad”, y porque “cuando unas pocas personas concentran la riqueza, están en situación también de imponer su voluntad a toda una nación”. Son las palabras de Alessandra Smerilli, Consejera de Estado de Economía del Papa y profesora de Economía Política en la Facultad de Ciencias de la Educación Auxilium, de Roma, durante la inauguración del curso. Como firme defensora de la Economía civil, Smerilli aboga por un modelo basado en la responsabilidad y solidaridad, que guíe a todos los actores del sistema económico (empresas, banca y consumidores) y que no se olvide tampoco del “grito de la Tierra”.  La sostenibilidad, clave para combatir la exclusión “Hasta ahora ha sido difícil unir el mundo de la sostenibilidad con el mundo de la pobreza. La defensa del medio ambiente y la causa de los pobres parecían ser batallas diferentes e, incluso, antagónicas”. Pero la Laudato Si’ es clara al respecto: el grito de la Tierra es también el grito de los pobres, y las consecuencias de un comportamiento y una economía ambientalmente insostenibles son los más pobres quienes las sufren. Un ejemplo claro es la industria textil. La ropa de usar y tirar está creciendo a un ritmo descontrolado en todo el mundo, favorecida por el modelo low cost de producción de prendas baratas y de mala calidad, y ligada a bajos estándares laborales (salarios bajos y trabajos precarios). Este modelo de producción conlleva un alto coste medioambiental, no sólo por los pesticidas, los tintes y la gran cantidad de agua que se necesita, sino también por la ingente acumulación de basura, que resulta cada vez más difícil de gestionar. En la Unión Europea apenas se recicla el 25% de los más de 16 millones de toneladas de residuos textiles que se generan cada año. Y, en la mayoría de los casos, son los países pobres los que se están haciendo cargo de esta basura, que provoca entre 400 mil y un millón de muertes al año. Está claro que “el sistema industrial, al final del ciclo de producción y consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar los residuos. Todavía no hemos logrado adoptar un modelo circular de producción que garantice recursos para todos y para las generaciones futuras, y que exija limitar en la medida de lo posible el uso de recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia de la explotación, la reutilización y el reciclaje. Abordar esta cuestión, dice la asesora económica del Papa, sería una forma de contrarrestar la cultura de los residuos que acaba perjudicando a todo el planeta”. Responsabilidad de consumidores e inversores Por eso, en la construcción de una economía civil que esté al servicio de las personas, todos somos responsables, incluyendo los consumidores. No es coherente “denunciar un sistema económico de explotación o desigualdad y luego fomentarlo con nuestro modo de consumo, de ahorro o de inversión. Si invertimos en bancos que financian fábricas de armas,</p>
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