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	<title>Salud archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>José Carlos Bermejo: avanzar hacia una sociedad cuidadora implica también cuidar los pensamientos, las palabras y las conductas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sandra Várez González]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Jun 2022 10:48:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Cultura del cuidado]]></category>
		<category><![CDATA[José Carlos Bermejo]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Todos a lo largo de nuestro ciclo vital necesitamos ser cuidados. En la infancia y en la enfermedad, ante la debilidad, el dolor, la falta de esperanza y el sufrimiento; a las puertas de la muerte propia o ante la pérdida de un ser querido. La soledad, el aislamiento, la hiperconectividad, la falta de espacios y tiempo para las relaciones humanas, la búsqueda cada vez mayor de la rentabilidad y la eficiencia, y la mercantilización de nuestras sociedades, están convirtiendo el cuidado no solo en una asignatura pendiente, sino en todo un reto, también para la Iglesia. Los días 28 y 29 de junio, el XXVII Curso de Doctrina Social de la Iglesia que celebrará en la Fundación Pablo VI la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana, abordará, precisamente, esta cuestión del cuidado en distintos ámbitos: el de salud, la migración, el ámbito penitenciario, la familia, las relaciones laborales o sociales, la respuesta ante soledad, la trata y la precariedad laboral, etc. José Carlos Bermejo, director del Centro de Humanización de la salud y Centro Asistencial San Camilo de Tres Cantos (Madrid) es uno de los expertos que trabaja el cuidar como un arte: el de la escucha, la empatía, la compasión y la ternura, especialmente al final de la vida y el duelo. Con su ponencia, “Cuidar para un mundo humanizado” se inaugurará este curso. &#160; P.- Llevas más de 30 años dedicado al acompañamiento, al estudio de la muerte y el sufrimiento en situaciones complejas. ¿Qué te ha llevado a dedicar tu vida al estudio de la muerte y su sufrimiento? R.: Mi pasión por el mundo del “sufrir”, el enfermar, el final de la vida y el dolor me viene porque de muy pequeño ya acompañaba como monaguillo en los espacios del sufrir. ¿Cómo no tener un eco en mi investigación y mi estudio si de niño iba por delante de los cortejos fúnebres con la Cruz? El hecho de ser religioso me posiciona en el corazón de la cara oscura de la vida: la dependencia, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Por un lado, cultivo esa dimensión de acompañar a las personas y, por otro, la investigación y el estudio sobre lo que nos pasa a los humanos y los recursos de los que contamos para humanizar y vivir sanamente este mundo oscuro que también nos caracteriza. P.- ¿Consigues distanciarte de ese sufrimiento? ¿Cómo se repone uno ante la pérdida o las historias de duelo de esas personas con las que trabajas? En tu último libro “El sanador herido” pones de manifiesto, precisamente, el dolor del que acompaña… R.-: Hay un paradigma de equilibrio que se recoge en ese “sanador herido”, que es el de cómo gestionar la propia vulnerabilidad. Hay personas que proponen no implicarse para no quemarse, se habla de una empatía racional, no una compasión que nos envuelve y evoca nuestra propia fragilidad… Sin embargo, relacionarse con personas que sufren tiene un precio inevitable, que se llama “la fatiga por compasión”. No hay asepsia en las relaciones con el que sufre. Uno podría decir, “escucha a la gente que sufre, pero que no te afecte”. Pues, mira, va a ser que no. Yo intento trabajar de una determinada manera y trato de enseñarlo así en nuestros cursos formativos: en primer lugar, teniendo claro el concepto de empatía, que sería el arte de implicarse con el sufrimiento de los demás y a la vez saber separarse, algo que tiene diferentes estrategias. No solo es darse el mensaje a uno mismo de que este duelo no es mío por más que yo vibre con el sufrimiento de quien me lo cuenta, no es solo un ejercicio de la razón, es el arte de cultivar caminos de compensación saludable, posicionar el sufrimiento del otro en un lugar que no me invada. A muchos nos ayuda la sencilla oración, llevar a la oración el sufrimiento de los demás. También ayuda el escribir, liberarnos de eso que se ha absorbido, narrar y buscar un interlocutor que permita contar lo que se ha vivido. Luego hay ejercicios espirituales más de fondo, como puede ser el mensaje fuerte de que uno mismo no es el mesías, sino que somos humildes compañeros que aliviamos porque escuchamos, que nuestra escucha es sanadora porque también el otro decide hacer de la narración una terapia. Pero no está en nuestras manos la eliminación del sufrimiento del otro, porque no es posible.José Carlos Bermejo junto a Cristina Muñoz (enfermera) en el homenaje al cuidado durante el II Congreso Iglesia y Sociedad Democrática de la Fundación Pablo VI&#160; P.- Cuando se habla de deshumanización de la salud ¿estamos hablando en realidad de esa distancia entre médico y paciente? ¿Se ha puesto una coraza el sanitario para no sufrir ante el dolor ajeno? ¿Es la tendencia en las facultades de Medicina? R.- El fenómeno de la deshumanización tiene múltiples caras, no es solo la frialdad en la relación, la ausencia de capacidades emocionales, éticas, culturales o espirituales que, desgraciadamente, en las facultades de Medicina, Enfermería y otros espacios no se enseñan, entrenan o supervisan. La deshumanización es algo más complejo que tiene que ver en primer lugar en cómo se piensa la salud. ¿Es solo el buen funcionamiento del cuerpo o es una experiencia biográfica que nos afecta al pensar, sentir, relacionarnos…? Si lo pensamos de esta segunda forma, el concepto de atención cambia. Hoy la salud se piensa en clave veterinaria, por extraño que parezca. También hay causas de deshumanización que afectan al mundo entero, como la diferencia de accesibilidad a los recursos preventivos, rehabilitadores, curativos, paliativos… la realidad es radicalmente diferente en España o en Guinea. También está la colonización tecnológica, que tiene su bondad porque cuanto más técnica tengamos, mejor, pero también hay ciertas dinámicas en la tecnología que, si no se pone en relación con la alianza terapéutica, pueden desplazar y minimizar la importancia de la escucha, la mirada, el contacto… La telemedicina, que es bien recibida, tiene</p>
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		<title>A los promotores y participantes en un Congreso Internacional sobre «ambiente y salud»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Papa Juan Pablo II]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 Mar 1997 09:34:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Documentación ecología]]></category>
		<category><![CDATA[Congresos]]></category>
		<category><![CDATA[Salud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ilustres señores y señoras: 1.&#160;Os dirijo un saludo cordial a todos vosotros, promotores, organizadores y participantes en el congreso sobre el tema: «Ambiente y salud», a los que la Universidad católica del Sagrado Corazón ha brindado hospitalidad y colaboración científica. Agradezco, en particular, al ingeniero Sergio Giannotti las palabras con que ha querido ilustrarme esta importante iniciativa. La ecología, que nació como nombre y como mensaje cultural hace más de un siglo, ha conquistado rápidamente la atención de los estudiosos, suscitando un creciente interés interdisciplinar por parte de biólogos, médicos, economistas, filósofos y políticos. Se trata del estudio de la relación entre los organismos vivos y su ambiente, en particular entre el hombre y todo su entorno. En efecto, tanto el ambiente animado como el inanimado tienen&#160;una influencia decisiva en la salud del hombre, asunto sobre el que estáis reflexionando en vuestro congreso. 2.&#160;La relación entre el hombre y el ambiente ha caracterizado las diversas fases de la civilización humana, desde la cultura primitiva: en la fase agrícola, en la fase industrial y en la fase tecnológica. La época moderna ha experimentado la creciente capacidad de intervención transformadora del hombre. El aspecto de conquista y explotación de los recursos ha llegado a predominar y a extenderse, y amenaza hoy la misma capacidad de acogida del ambiente:&#160;el ambiente como «recurso» pone en peligro el ambiente como «casa». A causa de los poderosos medios de transformación que brinda la civilización tecnológica, a veces parece que el equilibrio hombre-ambiente ha alcanzado un punto crítico. 3.&#160;En la antigüedad, el hombre consideraba el ambiente donde vivía con sentimientos ambivalentes y cambiantes, unas veces de admiración y veneración, y otras de temor ante un mundo aparentemente amenazador. La&#160;Revelación&#160;bíblica ha aportado a la concepción del cosmos el mensaje iluminador y pacificador de la&#160;creación, según el cual las realidades mundanas son buenas porque Dios las ha querido por su amor al hombre. Al mismo tiempo, la&#160;antropología bíblica&#160;ha considerado al hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, como criatura capaz de trascender la realidad mundana en virtud de su espiritualidad y, por tanto, como custodio responsable del ambiente en el que vive. Se lo ofrece el Creador como&#160;casa&#160;y como&#160;recurso. 4.&#160;Es evidente la consecuencia que se sigue de esta doctrina:&#160;la relación que el hombre tiene con Dios determina la relación del hombre con sus semejantes y con su ambiente. Por eso, la cultura cristiana ha reconocido siempre en las criaturas que rodean al hombre otros tantos dones de Dios que se han de cultivar y custodiar con sentido de gratitud hacia el Creador. En particular,&#160;la espiritualidad benedictina y la franciscana&#160;han testimoniado esta especie de parentesco del hombre con el medio ambiente, alimentando en él una actitud de respeto a toda realidad del mundo que lo rodea. En la&#160;edad moderna secularizada&#160;se asiste al nacimiento de una doble tentación: una concepción del saber ya no entendido como sabiduría y contemplación, sino como poder sobre la naturaleza, que consiguientemente se considera objeto de conquista. La otra tentación es la explotación desenfrenada de los recursos, bajo el impulso de la búsqueda ilimitada de beneficios, según la mentalidad propia de las sociedades modernas de tipo capitalista. Así, el ambiente se ha convertido con frecuencia en una presa, en beneficio de algunos fuertes grupos industriales y en perjuicio de la humanidad en su conjunto, con el consiguiente daño para el equilibrio del ecosistema, de la salud de los habitantes y de las generaciones futuras. 5.&#160;Hoy asistimos, a menudo, al despliegue de&#160;posiciones opuestas y exasperadas: por una parte, basándose en que los recursos ambientales pueden agotarse o llegar a ser insuficientes, se pide la represión de la natalidad, especialmente respecto a los pueblos pobres y en vías de desarrollo. Por otra, en nombre de una concepción inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así, se elimina&#160;la responsabilidad superior del hombre&#160;en favor de una consideración igualitaria de la «dignidad» de todos los seres vivos. Pero el equilibrio del ecosistema y la defensa de la salubridad del ambiente necesitan, precisamente, la&#160;responsabilidad del hombre, una responsabilidad que debe estar abierta&#160;a las nuevas formas de solidaridad. Se necesita una solidaridad abierta y comprensiva con todos los hombres y todos los pueblos, una solidaridad fundada en el respeto a la vida y en la promoción de recursos suficientes&#160;para los más pobres y para las generaciones futuras. La humanidad de hoy, si logra&#160;conjugar las nuevas capacidades científicas con una fuerte dimensión ética, ciertamente será capaz de promover el ambiente como&#160;casa&#160;y como&#160;recurso,&#160;en favor del hombre y de todos los hombres; de eliminar los factores de contaminación; y de asegurar condiciones adecuadas de higiene y salud tanto para pequeños grupos como para grandes asentamientos humanos. La tecnología que contamina, también puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida, a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes y futuras. 6.&#160;Todo esto necesita puntos firmes de referencia e inspiración: la conciencia clara de la&#160;creación&#160;como obra de la sabiduría providente de Dios, y la conciencia de la&#160;dignidad y responsabilidad del hombre&#160;en el designio de la creación. Mirando el rostro de Dios, el hombre puede iluminar la faz de la tierra y asegurar, con su compromiso ético, la hospitalidad ambiental para el hombre de hoy y del futuro. En el&#160;Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1990&#160;recordé que «el signo más profundo y grave de las implicaciones morales, inherentes a la cuestión ecológica, es la falta de&#160;respeto a la vida, como se ve en muchos comportamientos contaminantes» (n. 7:&#160;L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de diciembre de 1989, p. 11). La defensa de la vida&#160;y la consiguiente promoción de la salud, especialmente de las poblaciones más pobres y en vías de desarrollo, será, al mismo tiempo,&#160;la medida y el criterio de fondo del horizonte ecológico&#160;a nivel regional y</p>
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