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	<title>Suicidios archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>La salud mental exige compasión, solidaridad y atención integral</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-salud-mental-exige-compasion-solidaridad-y-atencion-integral/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Luis Trillo Taboada de Zúñiga]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2026 06:28:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[COMECE]]></category>
		<category><![CDATA[Salud mental]]></category>
		<category><![CDATA[Soledad]]></category>
		<category><![CDATA[Suicidios]]></category>
		<category><![CDATA[UE]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Según informó la semana pasada la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, los intentos de suicidio de menores de 14 años se han incrementado un 22%. En las urgencias, que crecieron un 10% en un año, destaca el incremento de cuadros de ansiedad (un 9%) y de agresividad (un 13%). Por su parte, la COMECE acaba de publicar un importante documento de reflexión sobre la salud mental en Europa que busca integrar las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual de la persona. Es este informe al que nos referimos en este comentario de actualidad. Europa atraviesa lo que la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) describe como “una crisis de salud mental de escala y complejidad sin precedentes” (p. 5). Depresión, ansiedad, soledad, trauma, trastornos por consumo de sustancias, efectos psicosociales de la migración y la digitalización, envejecimiento poblacional, precariedad laboral y suicidio conforman un cuadro de desafíos interrelacionados que exigen ir más allá de las necesarias respuestas clínicas. El documento, elaborado por la Comisión de Ética de la COMECE y publicado en el marco de la Semana Europea de la Salud Mental 2026, ofrece una perspectiva desde la Doctrina Social de la Iglesia, partiendo de la premisa fundamental de que la salud mental no puede reducirse a una cuestión técnica o médica: “La enfermedad mental no se entiende meramente como una preocupación médica o psicológica, sino como una dimensión de la vulnerabilidad humana que reclama compasión, solidaridad y atención integral”(p. 3). El informe recupera una destacada cita de Juan Pablo II: “Quien padece una enfermedad mental siempre lleva en sí la imagen y semejanza de Dios… y siempre tiene el derecho inalienable no solo de ser considerado como imagen de Dios y, por tanto, como persona, sino también de ser tratado como tal” (p. 8). Desde esta base, el estudio propone integrar las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual de la persona, en sintonía con los modelos biopsicosociales contemporáneos, añadiendo además la dimensión trascendente, pues “el bienestar espiritual se considera un elemento constitutivo del florecimiento humano” (p. 8), conectando con la idea del desarrollo humano integral.&#160; La preocupación por la salud mental en la Unión Europea El informe comienza explicando algunas cuestiones básicas de la política europea sobre salud mental. La COMECE destaca como “la salud mental ha emergido como una cuestión crítica en la elaboración de políticas de la Unión Europea, reflejando el creciente reconocimiento de su profundo impacto en los individuos, las sociedades y las economías” de los países miembros (p. 6). En respuesta a esta preocupación se ha ido configurando una política europea de salud mental en torno a tres pilares: el fomento de la prevención, el acceso a tratamientos de calidad asequibles y la necesidad de garantizar la reintegración social del paciente recuperado (p. 7). La soledad Una de las cuestiones que aborda el informe es la relación entre soledad no deseada y problemas de salud mental. En este sentido, la soledad, entendida no como la mera ausencia de contacto social sino como la “diferencia percibida entre la red de relaciones deseada y la real, especialmente cuando esa brecha implica una falta de conexión humana significativa, auténtica y duradera”, ha emergido como uno de los desafíos más importantes para la salud mental en la sociedad europea contemporánea (p.9). La COMECE destaca cómo “diversos estudios recientes vinculan la soledad crónica con mayores riesgos de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y reducción del bienestar general”, subrayando su importancia como factor de riesgo (p. 9). Y concluye: “En definitiva, la promoción de una sociedad más fraterna y compasiva —que comienza en la familia y se extiende a la comunidad en general— constituye un deber moral fundamentado en el respeto a la dignidad de toda persona, especialmente de las más vulnerables. Abordar la soledad no es solo una cuestión de bienestar individual, sino una responsabilidad colectiva, sobre todo hacia los miembros más vulnerables de la sociedad, cuya salud mental y sentido de pertenencia dependen decisivamente de la calidad de las relaciones humanas y la solidaridad social” (p. 10). Salud mental y digitalización No cabe duda de que la transformación digital de la sociedad europea está reconfigurando profundamente el panorama de la salud mental, creando nuevas oportunidades y, al mismo tiempo, planteando complejas cuestiones éticas y antropológicas” (p. 10). De ahí que el documento dedique un apartado al análisis de esta cuestión. De acuerdo con Eurostat, solo en torno a la mitad de los europeos con trastorno mental grave reciben tratamiento adecuado. En este contexto, el informe advierte de que, si bien la telemedicina y las plataformas terapéuticas pueden ser una oportunidad para aumentar la cobertura de los tratamientos, las plataformas digitales pueden a su vez “exacerbar el aislamiento, fomentando interacciones superficiales o creando la ilusión de una conexión que en realidad está ausente” (p. 11). Además, insiste la COMECE, “las herramientas digitales que emplean algoritmos o inteligencia artificial para brindar recomendaciones terapéuticas deben respetar lo que se define como autonomía relacional, reconociendo que la libertad humana no se ejerce en el vacío, sino dentro de relaciones significativas y con el apoyo de los demás” (p. 12). Salud mental de las mujeres Otro punto al que este documento presta especial atención es el relativo a la especificidad que presenta la salud mental de las mujeres. Se señala que son más propensas a sufrir depresión, ansiedad y trastornos relacionados con el estrés, agravados por la brecha salarial, la sobrecarga de cuidados no remunerados y la violencia doméstica (p. 12). También se subraya que “las mujeres migrantes y refugiadas, las mujeres con discapacidad, las mujeres mayores y las madres solteras se enfrentan a mayores riesgos para su salud mental debido a la exclusión social, la discriminación y el acceso limitado a los servicios”. Por todo ello, la COMECE pide políticas que reconozcan claramente la interconexión entre seguridad física, bienestar psicológico e inclusión social (p. 13). Salud mental y crisis humanitarias El apartado octavo es el más amplio del documento. En él se abordan cuatro temas muy diversos, pero</p>
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		<title>Ciudades que cuidan, ciudades compasivas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Ramón Amor Pan]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Dec 2021 07:10:51 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Salud mental]]></category>
		<category><![CDATA[Suicidios]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Me ha impactado fuertemente la muerte de Verónica Forqué… No se trata de buscar culpables, sino soluciones. Tenemos un problema, y no pequeño. Cada año se suicidan en el mundo más de 700.000 personas. Muchas más intentan hacerlo. Puede ocurrir a cualquier edad: también los niños y los adolescentes se suicidan. Hace unos días conocíamos que España afronta su máximo histórico de suicidios: 4.000 personas decidieron quitarse la vida en 2020, el peor dato desde que se tienen registros. Catorce eran menores de 15 años. El vínculo entre suicidio y trastornos mentales (en particular, depresión y consumo de alcohol y otras sustancias adictivas) está bien documentado. No obstante, no olvidemos los derivados de problemas económicos, ruptura de relaciones, enfermedades crónicas, abusos, pérdida de seres queridos, aislamiento y soledad. Sabemos que la pandemia ha disparado los trastornos psiquiátricos y los casos de depresión e ideación suicida. En niños y adolescentes se han triplicado. Muy serio es también lo que está pasando entre los profesionales sanitarios, quienes trabajan en residencias de ancianos y entre los profesores de nuestros colegios e institutos. El País publicó hace unas semanas una portada brutal: “España en terapia”. Todo esto acontece en un sistema sanitario que ya era precario, con una ratio de psiquiatras y psicólogos muy por debajo de la media europea y con carencias gravísimas en cuanto a servicios residenciales y unidades de apoyo. A pesar de que desde hace años la OMS reconoce que el suicidio -y en general la salud mental- debe ser una prioridad absoluta para la salud pública. Eso sí, nosotros a lo nuestro: aprobamos de manera exprés una ley para garantizar la eutanasia y el suicidio médicamente asistido… Recuperemos la compasión y el sentido comunitario Ser amable y compasivo es mucho más que una buena idea. Es algo que debemos hacer si queremos engrasar la convivencia social, si queremos construir sociedades verdaderamente humanas, en las que todos estemos a gusto. Si llegar a ser una buena persona es el objetivo de la Ética, dicho objetivo ha de consistir antes de nada en preocuparse por los demás y, en especial, por los más necesitados de ayuda. Hay que garantizar ese sentido de pertenencia del que hablaba Maslow. Pero mirando a mi alrededor lo que observo es que ni la amabilidad ni la compasión están al orden del día. Ni siquiera en muchos profesionales a los que se les presupone tanto lo uno como lo otro por el sitio en el que trabajan. Veo, también, que nuestras ciudades son cada vez más agresivas y favorecen menos la inclusión; que aumenta el sufrimiento por la soledad no deseada; que muchos enfermos -demasiados- mueren sin una mano amiga. Es la hora de recuperar un discurso que ya antes de la pandemia algunos se habían atrevido a formular poniendo negro sobre blanco: me refiero al de las ciudades amigables, compasivas y saludables, en cuyo núcleo late con fuerza el concepto de cuidar. De ello nos habla Victoria Camps en su último libro, Tiempo de cuidados; de ello escribo yo en mi Bioética en tiempos del COVID-19. “Debemos avanzar hacia una sociedad cuidadora. Una sociedad donde los más desvalidos no se sientan abandonados, una sociedad menos arrogante, en la que sus miembros, sin excepciones ni dispensas de ningún tipo, estén dispuestos a hacerse cargo de la contingencia humana en todas sus manifestaciones”, escribe la filósofa catalana en la página 52 de su libro. “La experiencia de la vulnerabilidad no sólo describe lo que es la realidad sino que tiene un carácter eminentemente prescriptivo: frente a la vulnerabilidad del otro no puedo permanecer pasivo, indiferente o inmutable, debo poner todo lo que pueda de mi parte para mitigar esa vulnerabilidad y ayudar al otro a desarrollar su autonomía personal (…) Me debo al otro, tengo que responder a sus necesidades, no puedo dejarle a la intemperie: estas ideas engarzan perfectamente con la mejor tradición ética de nuestra Historia, tanto filosófica como religiosa (…) Hoy como ayer, por consiguiente, se hace necesario refrendar e intensificar una Antropología, una Ética e incluso una Pedagogía de la fragilidad, la vulnerabilidad y la dependencia”, escribo yo en las páginas 88 y 89. La democracia liberal ha sido estupenda para muchas cosas, pero tiene también sus puntos débiles. Uno de ellos es que fomenta un individualismo atroz, el problema es que en las sociedades liberales cada uno va a lo suyo y la indiferencia creces a pasos agigantados, y con ello el sufrimiento de los más frágiles. Una realidad que es necesario revertir con urgencia. Ciudades globales amigables con los mayores: Una Guía No se trata de generar nuevos ríos de tinta, de formular fantásticos planes que luego se quedan sólo en eso, en brillantes ejercicios retóricos… urge pasar a la acción, sin dilaciones, con pequeñas acciones que, sumadas unas a otras, vayan cambiando la actual situación. Cada uno habrá de ver en la soledad de su conciencia qué es lo que puede aportar que, no me cabe la menor duda, será mucho y valioso. Pero no cabe duda de que las buenas reflexiones son importantes. Corría el año 2005 cuando la Organización Mundial de la Salud comenzó a hablar de ciudades globales amigables con los mayores. Fue en el XVIII Congreso Mundial sobre Gerontología celebrado en Río de Janeiro (Brasil). Un par de años después la OMS publicó el documento que da título a este apartado. En nuestro país hay dos iniciativas en esa línea que merecen ser destacadas, de las que se puede obtener mayor información en sus respectivas webs. Me refiero al proyecto “Ciudades compasivas” de la Fundación New Health, creada en el año 2013 por el Dr. Emilio Herrera Molina, médico paliativista; y al proyecto “Ciudades que Cuidan” puesto en marcha en 2019 por la Fundación Mémora. De lo que se trata es de hacer realidad no sólo un modelo de atención integrada (sanitaria, social y comunitaria) para las personas ancianas, las personas con discapacidad, las personas con una enfermedad mental o las personas en última etapa</p>
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		<title>Reflexiones en torno al suicidio en tiempos del COVID-19</title>
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		<dc:creator><![CDATA[José Ramón Amor Pan]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 10 Sep 2020 05:59:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis - Actualidad]]></category>
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		<category><![CDATA[Suicidios]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No es la primera vez que escribo sobre el suicido[1], aunque lo cierto es que no me he prodigado sobre el mismo y que, tal vez, debería haber dedicado mucho más tiempo y esfuerzo a un asunto que lleva a la muerte cada año a más de 800.000 personas, de ellas más de 3.600 en nuestro país. Y las cifras no disminuyen, ni mucho menos. Además, hay que subrayar que es un tema que no sólo afecta al individuo que se suicida: cada suicidio es una tragedia que afecta muy negativamente a familia y allegados de quien se suicida, a veces con efectos muy graves y duraderos. Mención aparte merecen quienes lo intentan y no lo consiguen. La OMS afirma que, por cada suicidio consumado, más de 20 personas lo intentan sin éxito. A veces quedan secuelas físicas graves. En todo caso, siempre quedará el estigma de haberlo intentado, el miedo entre los allegados a que lo vuelva a intentar y, salvo éxito en el acompañamiento y tratamiento, una sensación asfixiante de fracaso y nihilismo. El suicidio existe en todas las culturas y en todos los territorios, en todas las edades y en ambos sexos (aunque son muchos más los varones que se suicidan). También se da en todas las profesiones, incluidos los líderes religiosos: Francia se conmovió el mes pasado con el suicidio de dos sacerdotes. ¿Qué puede llevar a un ser humano a intentar poner punto final a su trayectoria existencial? Día Mundial para la Prevención del Suicidio El suicidio no es un asunto individual, privado. Como sociedad deberíamos sentirnos profundamente interpelados por los datos que acabamos de exponer. Algo debe de andar mal en nuestras sociedades para que se produzca este fenómeno. Porque no estamos hablando del suicidio épico de la Grecia o Roma clásicas o de la cultura nipona, sino del suicido de una persona que lo que busca es una solución a un sufrimiento intolerable y no lo encuentra más que en la muerte, pero realmente la persona no quiere morir sino vivir sin ese sufrimiento, llevar una vida feliz. La prevención de esta conducta no se ha abordado apropiadamente debido a la falta de sensibilización respecto del suicidio como problema de salud pública principal y al tabú existente en muchas sociedades para examinarlo abiertamente. El primer informe mundial de la OMS sobre el tema, Prevención del suicidio: un imperativo global, fue publicado en 2014. Su objetivo era aumentar la sensibilización respecto de la importancia del suicidio y los intentos de suicidio para la salud pública, y otorgar a la prevención del suicidio alta prioridad en la agenda mundial de salud pública. &#160; Son factores de riesgo de suicidio: Existen estrategias eficaces para prevenir el suicidio. Por eso la OMS y la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio nos recuerdan cada 10 de septiembre, Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que la prevención del suicidio es un imperativo global. Con esta ocasión se presentó este lunes el informe Depresión y suicidio 2020. Documento estratégico para la promoción de la Salud Mental. La coordinación de esta publicación ha estado a cargo de Mercedes Navío Acosta (Oficina Regional de Coordinación de Salud Mental y Adicciones, Hospital 12 de Octubre, Instituto de Investigación Sanitaria i+12, CIBERSAM, Madrid) y de Víctor Pérez Sola (Institut de Neuropsiquiatria i Addiccions, Hospital del Mar, Barcelona, CIBERSAM, Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques, Psiquiatría, Universitat Autònoma de Barcelona). Les recomiendo su lectura, está accesible en Internet. De este documento quiero resaltar dos cosas. Estoy totalmente de acuerdo en que la Atención Primaria es el ámbito asistencial más idóneo para el manejo de los problemas de salud mental más comunes, entre ellos la depresión, y que, por consiguiente, el médico de familia debe jugar un papel protagonista tanto en el diagnóstico y abordaje de la depresión como en la prevención del suicidio. Se dice en el informe: “Existe una idea ampliamente compartida, pero errónea, con respecto a que todas las intervenciones de salud mental son sofisticadas y que solamente pueden ser ofrecidas por personal altamente especializado. Investigaciones en años recientes han demostrado la factibilidad de ofrecer intervenciones farmacológicas y psicológicas en el nivel de atención primaria”. Pero me surge una pregunta: ¿cómo lo va a poder hacer? La Atención Primaria ya estaba sobrecargada antes de la pandemia, como muchos advertíamos. Los profesionales que en ella trabajan estaban hartos de promesas, de informes y planes, no digamos ahora. La otra cuestión que quiero destacar es su afirmación de que la prevención eficaz del suicidio exige un enfoque multisectorial, con actuaciones que incidan sobre los pacientes, sobre la familia, la comunidad y los profesionales de la salud, así como la lista de los factores que protegen a las personas del riesgo de suicidio: Bioética y suicidio Me llamó la atención la existencia del término “Suicidología” para definir al estudio científico del suicidio. Y que desde 1968 exista una Asociación Americana de Suicidología. También nuestro país tiene una Fundación Española para la Prevención del Suicidio y un Instituto de Formación en Suicidología que, entre otras muchas iniciativas, ofrecen, en colaboración con la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, un Máster en Prevención del Suicidio. Confieso que no tenía&#160;ni idea de todo esto. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa… &#160; Resulta ya todo un clásico echar mano de Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura en 1957, a la hora de analizar el tema del suicidio. El filósofo francés consideraba que “no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”[2]. Justificaba su afirmación de la siguiente manera: “Si me pregunto por qué juzgo tal cuestión más urgente que tal otra, respondo que por las acciones a las que compromete. Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, en posesión de una importante verdad científica, abjuró de ella con toda tranquilidad cuando puso su vida en</p>
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