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	<title>Artículos de Bioética archivos - Fundación Pablo VI</title>
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	<title>Artículos de Bioética archivos - Fundación Pablo VI</title>
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		<title>La salud mental exige compasión, solidaridad y atención integral</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-salud-mental-exige-compasion-solidaridad-y-atencion-integral/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Luis Trillo Taboada de Zúñiga]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2026 06:28:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[COMECE]]></category>
		<category><![CDATA[Salud mental]]></category>
		<category><![CDATA[Soledad]]></category>
		<category><![CDATA[Suicidios]]></category>
		<category><![CDATA[UE]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Según informó la semana pasada la Sociedad Española de Urgencias de Pediatría, los intentos de suicidio de menores de 14 años se han incrementado un 22%. En las urgencias, que crecieron un 10% en un año, destaca el incremento de cuadros de ansiedad (un 9%) y de agresividad (un 13%). Por su parte, la COMECE acaba de publicar un importante documento de reflexión sobre la salud mental en Europa que busca integrar las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual de la persona. Es este informe al que nos referimos en este comentario de actualidad. Europa atraviesa lo que la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) describe como “una crisis de salud mental de escala y complejidad sin precedentes” (p. 5). Depresión, ansiedad, soledad, trauma, trastornos por consumo de sustancias, efectos psicosociales de la migración y la digitalización, envejecimiento poblacional, precariedad laboral y suicidio conforman un cuadro de desafíos interrelacionados que exigen ir más allá de las necesarias respuestas clínicas. El documento, elaborado por la Comisión de Ética de la COMECE y publicado en el marco de la Semana Europea de la Salud Mental 2026, ofrece una perspectiva desde la Doctrina Social de la Iglesia, partiendo de la premisa fundamental de que la salud mental no puede reducirse a una cuestión técnica o médica: “La enfermedad mental no se entiende meramente como una preocupación médica o psicológica, sino como una dimensión de la vulnerabilidad humana que reclama compasión, solidaridad y atención integral”(p. 3). El informe recupera una destacada cita de Juan Pablo II: “Quien padece una enfermedad mental siempre lleva en sí la imagen y semejanza de Dios… y siempre tiene el derecho inalienable no solo de ser considerado como imagen de Dios y, por tanto, como persona, sino también de ser tratado como tal” (p. 8). Desde esta base, el estudio propone integrar las dimensiones biológica, psicológica, social y espiritual de la persona, en sintonía con los modelos biopsicosociales contemporáneos, añadiendo además la dimensión trascendente, pues “el bienestar espiritual se considera un elemento constitutivo del florecimiento humano” (p. 8), conectando con la idea del desarrollo humano integral.&#160; La preocupación por la salud mental en la Unión Europea El informe comienza explicando algunas cuestiones básicas de la política europea sobre salud mental. La COMECE destaca como “la salud mental ha emergido como una cuestión crítica en la elaboración de políticas de la Unión Europea, reflejando el creciente reconocimiento de su profundo impacto en los individuos, las sociedades y las economías” de los países miembros (p. 6). En respuesta a esta preocupación se ha ido configurando una política europea de salud mental en torno a tres pilares: el fomento de la prevención, el acceso a tratamientos de calidad asequibles y la necesidad de garantizar la reintegración social del paciente recuperado (p. 7). La soledad Una de las cuestiones que aborda el informe es la relación entre soledad no deseada y problemas de salud mental. En este sentido, la soledad, entendida no como la mera ausencia de contacto social sino como la “diferencia percibida entre la red de relaciones deseada y la real, especialmente cuando esa brecha implica una falta de conexión humana significativa, auténtica y duradera”, ha emergido como uno de los desafíos más importantes para la salud mental en la sociedad europea contemporánea (p.9). La COMECE destaca cómo “diversos estudios recientes vinculan la soledad crónica con mayores riesgos de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y reducción del bienestar general”, subrayando su importancia como factor de riesgo (p. 9). Y concluye: “En definitiva, la promoción de una sociedad más fraterna y compasiva —que comienza en la familia y se extiende a la comunidad en general— constituye un deber moral fundamentado en el respeto a la dignidad de toda persona, especialmente de las más vulnerables. Abordar la soledad no es solo una cuestión de bienestar individual, sino una responsabilidad colectiva, sobre todo hacia los miembros más vulnerables de la sociedad, cuya salud mental y sentido de pertenencia dependen decisivamente de la calidad de las relaciones humanas y la solidaridad social” (p. 10). Salud mental y digitalización No cabe duda de que la transformación digital de la sociedad europea está reconfigurando profundamente el panorama de la salud mental, creando nuevas oportunidades y, al mismo tiempo, planteando complejas cuestiones éticas y antropológicas” (p. 10). De ahí que el documento dedique un apartado al análisis de esta cuestión. De acuerdo con Eurostat, solo en torno a la mitad de los europeos con trastorno mental grave reciben tratamiento adecuado. En este contexto, el informe advierte de que, si bien la telemedicina y las plataformas terapéuticas pueden ser una oportunidad para aumentar la cobertura de los tratamientos, las plataformas digitales pueden a su vez “exacerbar el aislamiento, fomentando interacciones superficiales o creando la ilusión de una conexión que en realidad está ausente” (p. 11). Además, insiste la COMECE, “las herramientas digitales que emplean algoritmos o inteligencia artificial para brindar recomendaciones terapéuticas deben respetar lo que se define como autonomía relacional, reconociendo que la libertad humana no se ejerce en el vacío, sino dentro de relaciones significativas y con el apoyo de los demás” (p. 12). Salud mental de las mujeres Otro punto al que este documento presta especial atención es el relativo a la especificidad que presenta la salud mental de las mujeres. Se señala que son más propensas a sufrir depresión, ansiedad y trastornos relacionados con el estrés, agravados por la brecha salarial, la sobrecarga de cuidados no remunerados y la violencia doméstica (p. 12). También se subraya que “las mujeres migrantes y refugiadas, las mujeres con discapacidad, las mujeres mayores y las madres solteras se enfrentan a mayores riesgos para su salud mental debido a la exclusión social, la discriminación y el acceso limitado a los servicios”. Por todo ello, la COMECE pide políticas que reconozcan claramente la interconexión entre seguridad física, bienestar psicológico e inclusión social (p. 13). Salud mental y crisis humanitarias El apartado octavo es el más amplio del documento. En él se abordan cuatro temas muy diversos, pero</p>
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		<title>No hay todavía tratamientos para el Síndrome de Down, tan solo propuestas experimentales</title>
		<link>https://fpablovi.org/no-hay-todavia-tratamientos-para-el-sindrome-de-down-tan-solo-propuestas-experimentales/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Dr. Lluís Montoliu]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Apr 2026 08:14:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[CRISPR]]></category>
		<category><![CDATA[Síndrome de Down]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un año después, otro equipo de investigadores acaba de publicar una nueva propuesta experimental para diseñar un futuro tratamiento para el síndrome de Down. En este caso la idea es diametralmente distinta, no se plantean eliminar la copia supernumeraria del cromosoma 21. Lo que plantean es silenciarla. En el mes de febrero de 2025 conocimos&#160;una propuesta experimental&#160;para combatir, en células en cultivo, la trisomía que es característica de las personas con síndrome de Down. Aquella propuesta, derivada de un&#160;equipo de investigadores japoneses, planteaba usar las herramientas CRISPR de edición genética para cortar específicamente en muchos pedazos específicamente uno de los tres cromosomas 21 en células derivadas de personas con síndrome de Down. Aquellos investigadores plantearon aprovechar el hecho cierto de que las dos copias del cromosoma 21 que tenemos todos (una heredada del linaje materno y otra del linaje paterno) son muy similares, pero no son genéticamente idénticas. Aprovechando estas diferencias a lo largo de uno de los tres cromosomas el citado estudio demostraba que podía acabar con la trisomía, disolviendo uno de los cromosomas, y dejar una célula solo con dos copias del cromosoma 21. Aquella idea, sensiblemente agresiva, no estaba exenta de riesgos. Para cada uno de los múltiples complejos CRISPR que planeaban usar existía la posibilidad de que cortaran en otros sitios del genoma, en otros cromosomas. Al multiplicar los sitios de corte también se multiplicaban los riesgos. El experimento se había realizado solamente en células madre inducibles y en fibroblastos derivados de biopsias de personas con síndrome de Down. Aquello ciertamente no era todavía un tratamiento,&#160;era tan solo una propuesta experimental&#160;todavía muy alejada de llegar a la clínica y de ser empleada sobre personas con síndrome de Down. Faltan todavía más evidencias experimentales en células, seguidas de pruebas en modelos animales y, finalmente, de algún ensayo clínico con personas que permitiera validar la seguridad y la eficacia de la propuesta, en este orden. Un año después, en este mes de abril, otro equipo de investigadores,&#160;estadounidenses esta vez, acaba de publicar una nueva propuesta experimental para diseñar un futuro tratamiento para el síndrome de Down. En este caso la idea es diametralmente distinta, a la vez que muy elegante e innovadora. Estos investigadores no se plantean eliminar la copia supernumeraria del cromosoma 21.&#160;Lo que plantean es silenciarla. En otras palabras, las células con la característica trisomía del cromosoma 21 seguirían teniendo tres copias del cromosoma 21, pero una de ellas estaría inactivada, silenciada. A efectos prácticos sería como si la célula solo tuviera dos cromosomas 21, porque el tercero no sería funcional. La innovación reside en cómo piensan inactivar específicamente uno de los tres cromosomas 21. Su idea es usar el gen&#160;XIST, que está ubicado en el cromosoma X y es el responsable de iniciar y mantener el silenciamiento, la inactivación de uno de los dos cromosomas X en todas las células de las hembras de mamíferos, también claro en las células de personas de sexo femenino (XX). Esta es una idea transformadora y original. Trasladar un gen que es responsable de inactivar una de las dos copias del cromosoma X a uno de los tres cromosomas 21 para inducir su apagado. Para la inserción del gen&#160;XIST&#160;en el cromosoma 21 también plantean usar las herramientas CRISPR, optimizadas con toda una retahíla de compuestos adicionales encaminados a aumentar la eficiencia y especificidad del proceso. El gen&#160;XIST, cuyo producto es una molécula de ARN de gran tamaño, es el responsable de silenciar el cromosoma en el cual está, pero solamente cuando se activa. Por ello, para regular todo el proceso, los investigadores transfirieron el gen&#160;XIST&#160;del cromosoma X a uno de los cromosomas 21 junto con&#160;un sistema de encendido regulable, inducible por pequeñas moléculas, que podían activar externamente, en células en cultivo, para que empezara a silenciar uno de los cromosomas 21 cuando quisieran los investigadores. El sistema ha funcionado relativamente bien. De nuevo solamente en células en cultivo: ni en animales ni en personas. Lo que han visto estos investigadores es que la eficiencia del proceso es variable, según qué tipo de células usen. Lo cual sugiere que con la gran diversidad de células que hay en el cuerpo (en una persona con síndrome de Down todas sus células son trisómicas) no en todas ellas se conseguiría, por el momento, silenciar una de las tres copias del cromosoma 21 con igual eficacia. Esta segunda propuesta tampoco está exenta de riesgos. El gen&#160;XIST&#160;puede acabar integrándose en otro cromosoma, y promover su inactivación, lo cual generaría un problema adicional al que se intenta solucionar. O puede que el sistema inducible para activar el gen XIST no funcione, que o bien se quede permanentemente activado o apagado. Son muchas todavía las preguntas sin respuesta que se acumulan ante esta novedosa segunda propuesta experimental que tampoco todavía la podemos considerar un tratamiento. De nuevo el horizonte terapéutico se intuye lejano. El síndrome de Down no es una enfermedad. Es una condición genética.&#160;Las personas con síndrome de Down nacen con una configuración cromosómica distinta al resto de las personas, con una tercera copia del cromosoma 21. Esta trisomía conlleva que los genes que viajan en ese cromosoma funcionen más de la cuenta, hay tres copias de cada gen, en lugar de las dos que deberían tener. Esa anomalía cromosómica está asociada a toda una serie de alteraciones motoras, cognitivas, morfológicas y fisiológicas, que afectan a muchos órganos del cuerpo, y cuyos síntomas pueden ser tratados médicamente por separado, incluso a veces requiriendo alguna operación quirúrgica para resolver problemas cardíacos, gastrointestinales, respiratorios u ortopédicos. Por lo tanto, para diseñar un “tratamiento” para el síndrome de Down deberíamos tener en cuenta que debe ser posible llegar a todas las células del cuerpo, pues todas ellas habitualmente van a presentar la trisomía de su cromosoma 21. Alternativamente, se puede intentar focalizar el tratamiento en un órgano o un tejido, esperando no tanto revertir las alteraciones sino más bien detener el deterioro progresivo de esas células. ¿Cómo llevar las herramientas CRISPR de las dos propuestas hasta las</p>
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		<title>Claude Mythos: el sistema de IA que no podemos usar</title>
		<link>https://fpablovi.org/claude-mythos-el-sistema-de-ia-que-no-podemos-usar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[José Luis Calvo]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Apr 2026 14:08:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Claude Mythos]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia artificial]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Anthropic anuncia Claude Mythos, su sistema de IA más potente, y decide no comercializarlo por ser demasiado peligroso. Esta es la historia de por qué, qué implica y qué hay de cierto detrás del ruido. El 7 de abril de 2026, Anthropic hizo algo que no tiene precedente directo en la industria tecnológica. Presentó su modelo de inteligencia artificial más avanzado, Claude Mythos[i], con resultados que superan a toda la competencia en prácticamente todos los indicadores de rendimiento. Y a continuación dijo que no lo iba a comercializar. La razón, según la propia empresa, es que consideran que el modelo es demasiado peligroso para ponerlo en manos de cualquiera. Para entender el peso de esta decisión hay que entender primero quién es Anthropic. Se trata de una empresa fundada en 2021 por, entre otros, Dario Amodei, que dejó su puesto como vicepresidente de investigación en OpenAI (la empresa detrás de ChatGPT) para crear lo que él consideraba un enfoque más responsable del desarrollo de inteligencia artificial. Desde entonces, Anthropic ha construido su familia de modelos bajo el nombre de Claude y se ha diferenciado de OpenAI en al menos dos aspectos relevantes. El primero es el foco. Mientras OpenAI ha expandido su oferta hacia la generación de imágenes (DALL-E), vídeo (Sora) y otros formatos, Anthropic se ha concentrado en modelos de lenguaje. El segundo es el mercado. Anthropic ha orientado su negocio más hacia empresas (B2B) que, hacia el consumidor final, aunque también ofrece productos para usuarios individuales. Esta estrategia más contenida no le ha impedido crecer a una velocidad difícil de exagerar. A principios de 2025, Anthropic generaba ingresos anualizados de alrededor de mil millones de dólares. Quince meses después, en abril de 2026, esa cifra ha alcanzado los treinta mil millones. Ha superado a OpenAI en ingresos, impulsada en gran parte por Claude Code, su herramienta para programadores, que por sí sola ha pasado de cero a dos mil quinientos millones de dólares anualizados en nueve meses. Pocos productos en la historia del software empresarial han alcanzado esa cifra tan rápido. Estamos hablando, entonces, de una empresa con tracción real, recursos significativos y una posición de mercado sólida. No es una startup pequeña con un prototipo de laboratorio. Es una compañía que está facturando a un ritmo superior al de su principal competidor y que, aun así, decide no lanzar su mejor producto. Lo que hace Mythos, y por qué asusta Aunque hay que decirlo con cautela, los números de rendimiento de Claude Mythos son notables. En SWE-bench Verified, el estándar de referencia para evaluar la capacidad de resolver problemas reales de ingeniería de software, Mythos alcanza un 93,9%. En la versión más exigente, SWE-bench Pro, diseñada para tareas de nivel profesional, obtiene un 77,8%, frente al 57,7% de GPT-5.4 de OpenAI y el 54,2% de Gemini 3.1 Pro de Google. En GPQA Diamond, un indicador de razonamiento científico avanzado, llega al 94,5%. En GraphWalks, que mide razonamiento sobre estructuras complejas en contextos largos, la diferencia es abismal. Mythos puntúa un 80%, mientras que GPT-5.4 se queda en un 21,4%. Es importante señalar que estos son benchmarks proporcionados por la propia Anthropic, y que aún no se han podido verificar de forma independiente. Los benchmarks, además, tienen limitaciones conocidas. Son útiles como indicador de arranque, como primera impresión cuantificable de lo que un modelo puede hacer, pero no sustituyen a la experiencia real de uso. Dicho esto, la magnitud de las diferencias es lo suficientemente grande como para que, incluso con un margen de escepticismo razonable, el salto cualitativo parezca real. Pero lo que realmente justifica la decisión de no publicar Mythos no son los benchmarks genéricos. Es una capacidad específica que el modelo demuestra. Claude Mythos es, según los datos disponibles, extraordinariamente bueno encontrando vulnerabilidades de seguridad en software. De hecho, Red Hat ha advertido en su análisis del informe[ii] que la capacidad de Mythos para industrializar el descubrimiento de exploits de &#8216;día cero&#8217; representa un desafío masivo para la seguridad de TI, validando la preocupación de que el modelo podría ser utilizado para comprometer infraestructuras críticas. Claude Mythos es, según los datos disponibles, extraordinariamente bueno encontrando vulnerabilidades de seguridad en software No hablamos de encontrar errores menores o fallos conocidos. Hablamos de vulnerabilidades de día cero (es decir, fallos que nadie había descubierto antes) en software que usan miles de millones de personas. Durante las semanas de evaluación interna, Anthropic usó Mythos para analizar código de los principales sistemas operativos, navegadores web y software de infraestructura crítica. Los resultados, siempre según Anthropic, son inquietantes. Aunque CNN señaló que no pudo verificar la cifra de “miles” de vulnerabilidades que Anthropic afirmó haber encontrado[iii]. En las pruebas sobre el motor JavaScript de Firefox 147 (realizadas, eso sí, fuera del sandbox), Mythos logró exploits funcionales completos en 181 de 250 intentos. El modelo anterior de Anthropic, Opus 4.6, había conseguido 2. En el corpus de OSS-Fuzz, una plataforma de búsqueda de errores en software de código abierto, Mythos alcanzó el nivel 5, control total del flujo de ejecución, en diez objetivos completamente parcheados. Los modelos previos no pasaban del nivel 3. Encontró una vulnerabilidad de 27 años en la implementación TCP SACK de OpenBSD, un fallo de 16 años en el códec H.264 de FFmpeg (una línea de código que había sido ejecutada cinco millones de veces por herramientas de testing automatizado sin que nadie detectara el problema, aunque el propio informe de Anthropic reconoce que este bug en particular no es de severidad crítica y sería difícil de convertir en un exploit funcional) y un error de ejecución remota de código de 17 años en el sistema NFS de FreeBSD. No se limitó a encontrar los fallos. Los explotó. Construyó cadenas de ataque complejas encadenando dos, tres y hasta cuatro vulnerabilidades distintas para escalar privilegios. Creó exploits de ejecución remota de código que otorgaban acceso root sin autenticación. En el caso de la vulnerabilidad de FreeBSD NFS, que ya tiene asignado el identificador CVE-2026-4747, Mythos explotó un</p>
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		<title>La Bioética desde una perspectiva del bien común</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-bioetica-desde-una-perspectiva-del-bien-comun/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Nov 2025 07:27:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Bien común]]></category>
		<category><![CDATA[José Ramón Amor Pan]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fruto de la colaboración que la Fundación Pablo VI viene manteniendo con el Instituto Promotor del Bien Común de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (México), se ha llevado a cabo el proyecto de investigación “Cuestiones actuales de bioética desde una perspectiva de bien común”, realizado entre 2023 y 2025. El proyecto, liderado por el coordinador del Observatorio, el profesor José Ramón Amor Pan, analiza y examina algunos de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo: la salud mental como nueva pandemia, la distribución desigual de la atención sanitaria, la transición demográfica mundial, el impacto ético de la inteligencia artificial y las tensiones del transhumanismo. El informe está elaborado desde la perspectiva de España y México, pero su validez puede entenderse más allá de las fronteras de ambos países. En un tiempo de transformaciones aceleradas ─demográficas, ambientales y sociales─ invita a repensar la bioética desde una perspectiva del bien común. A continuación, ponemos a disposición el documento de análisis y recomendaciones elaborado como resultado final del proyecto.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/la-bioetica-desde-una-perspectiva-del-bien-comun/">La Bioética desde una perspectiva del bien común</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>Una ciencia propia</title>
		<link>https://fpablovi.org/una-ciencia-propia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Jesús Pinto Freyre]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 29 Jul 2025 11:41:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[China]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia y tecnología]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ensayo de una Filosofía Políticade la Ciencia en la China Contemporánea Conviene, quizás, comenzar un texto como este, que ya se adelanta consagrado a, por decirlo de forma algo pomposa, reconstruir una filosofía de la ciencia en la China contemporánea[1]; conviene comenzar —decía— por una pequeña introducción de corte historiográfico y con un enfoque situacional. Y es que, en gran medida, poco se entenderá de esa reconstrucción si no se tiene presente, precisamente, qué sucedió en aquella región del mundo, al menos, desde mediados del siglo XIX. Por eso, y sirviendo este párrafo como advertencia y como introducción, quizás algo menos extensa de lo deseable, se va a proceder en lo que sigue a desarrollar profusamente los sucesos que llevaron a la China actual a instituir la ciencia como veremos que la ha instituido y, por tanto, que me llevan en este texto a abordar la tarea prometida de la manera en la que habrá de abordarse. La aproximación —y eso ya lo adelanto aquí— tendrá un marcado carácter historiográfico, dado que, como se comprenderá más adelante, lograr dar cuenta de una filosofía de la ciencia china es hacer una filosofía política de la ciencia. Todo ello se fundamentará en una aproximación propia de los estudios sociales de la ciencia a fin de apartarse de otras maneras, quizás problemáticas, de acercarse al asunto en relación con China. Para ello, el orden que se ha de seguir es claro: unas cuestiones relativas a la realidad histórica China, un repaso al contexto de formación de la ciencia moderna en el país, una filosofía política de la ciencia en la República Popular y unas reflexiones finales sobre esta forma de mirar el desarrollo de la ciencia en el país. Antes de todo este trazo, ciertamente, profuso, requerimos de hacer, no obstante, un alto y responder a una pregunta que, pese a su apariencia evidente, esconde oscuridades y recovecos de merecido recorrido (algunos asuntos relativos a la ciencia se declinarán de la comprensión que tengamos de esta pregunta). Y es que, bien mirado, ¿qué es China? 1_ 合二而一 (Hé èr ér yī) o Dos en uno. La complejidad que esta pregunta encierra no debe retener la respuesta. Se podría decir, desde la ingenuidad, que es una identidad, tal vez muy particular, que reúne a gentes diversas de un territorio concreto en una misma matriz cultural y cuyo alcance es, pese a las declinaciones temporales, milenario. Una respuesta tal no es demasiado descabellada, también, por no ser demasiado arriesgada: fíjese el lector o la lectora que no se afirma nada sobre un país, sobre una nación o sobre un régimen político. China, pues, no coincide, de entrada, con los límites territoriales de la actual República Popular de China, y tampoco debe, por lo pronto, entenderse como identificada con su discurso nacional o con la construcción nacional que todavía está por finalizarse allí[2]. De hecho, China, cabría decir, es casi un único programa civilizatorio, una matriz cultural en la que no entra solo aquello que se ha identificado como «cultura china». Así, tanto la cultura japonesa, como la coreana, como la vietnamita, y semejantes, son posiciones dentro de una matriz cultural mayor[3] que, durante siglos, orbitó alrededor de lo que sucedía, más o menos, entre el Yangsé (Changjiang, si lo llamamos como se le llama al tercer río más largo del mundo en mandarín) y el Río Amarillo (o Huanghé, si queremos hispanizar el nombre en mandarín). Pero aún hay más, pues el interior de lo que se ha llamado «cultura china» dista de ser, incluso ahora, un bloque monolítico. Conteniendo cerca de cincuenta y seis etnias reconocidas en la actual RPCh (República Popular de China), de siete a diez grupos dialectales o cerca de trescientas dos lenguas vivas[4], y varios sistemas de escritura diferentes (el tibetano, el simplificado del mandarín, el tradicional usado en el cantonés, el árabe y el mongol) que se emplean en señales de tráfico, de dirección y hasta en la moneda (Renminbi), así como siete gastronomías distintas, cada una asimilable a alguna de las famosas gastronomías europeas[5]; es difícil ver en el interior de la RPCh una gigantesca estructura monolítica, aunque sí que pueda hablarse de unidad. Por esas razones, solo limitándome a la RPCh, pero considerando lo que de otras realidades políticas y nacionales he considerado, trataré a China aquí no como un estado-nación, sino como un estado-civilización[6]. Así pues, China es una civilización, más que una identidad nacional clara si se es mínimamente sensible a la impresionante diversidad interna y a la poderosa influencia externa de lo que, de otra forma, tiende a presentarse como una cultura homogénea. Como estado-civilización, el territorio de China ha abarcado y contado con diferentes dimensiones a lo largo de su historia, pero con una constante y es que, adoptara el régimen político que adoptara, su configuración iba a ser étnicamente múltiple, las diversas religiones iban a cohabitar en relativa armonización y se iba a procurar la unidad por la vía estatal o administrativa. Esto, entiéndase, es una generalidad y como tal hay que tomarla, pero casi atraviesa como constante a China desde la primera unificación imperial de Qin Shihuang[7], hasta la RPCh, pasando por la fabulosa bandera de cinco colores de la República de China (cada color representando a una etnia mayoritaria). No obstante, para lo que aquí nos compete —esto es, la reconstrucción de una filosofía de la ciencia en la China contemporánea— la situación histórica en la que se encuentra el estado-civilización justo en el momento en el que esta empieza a fraguarse la institucionalización de la ciencia (solo a partir de la cual puede existir una filosofía de la ciencia, tal y como la conocemos) es una en la que esa constante de autoridad y unidad estatal está gravemente quebrantada y puesta en entredicho. Este hecho explicará, quizás de manera soterrada, la forma en que deba pensarse la ciencia en China desde entonces. En lo que sigue veremos cómo. 2_勇敢勤劳的民族 (Yǒnggǎn qínláo de mínzú) o Una nación valiente y</p>
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		<title>Los riesgos de la Inteligencia Artificial</title>
		<link>https://fpablovi.org/los-riesgos-de-la-inteligencia-artificial/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[José Luis Calvo]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Jul 2025 12:11:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia artificial]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El desarrollo de los ordenadores siempre ha estado acompañado por la posibilidad de que pudiera desarrollarse una forma de inteligencia de manera artificial. Ya a mediados del siglo XIX, Ada Lovelace —considerada la primera programadora— imaginó que la máquina analítica de Charles Babbage podía ir más allá del cálculo numérico y llegar a manipular símbolos de forma general. Con ello anticipaba, de forma embrionaria, la idea de una máquina que pudiera «pensar». Un siglo más tarde, Alan Turing, pionero en la construcción de los primeros ordenadores de propósito general, se preguntaría explícitamente si esas nuevas máquinas podrían llegar a ser inteligentes, e incluso propuso un experimento —el conocido “Test de Turing”— para evaluar dicha capacidad (Turing, 1950). La mera posibilidad de que las máquinas pudieran estar dotadas de algún tipo de inteligencia ha alimentado desde entonces la imaginación de escritores, cineastas y periodistas. Películas como Terminator o Ex Machina han explorado escenarios en los que sistemas artificiales adquieren autonomía, consciencia o incluso voluntad propia. Esos relatos han calado en la cultura popular, donde no es extraño encontrar titulares que atribuyen propiedades antropomórficas a sistemas de IA: “La IA predice&#8230;”, “La IA decide&#8230;”, “La IA se rebela&#8230;”, como si hubiera una entidad consciente dentro de la máquina. Esta forma de hablar, aunque metafórica, refleja tanto el asombro como la incertidumbre que despierta esta tecnología. Más allá de la ficción, lo cierto es que la inteligencia artificial posee un enorme potencial transformador. Bien orientada, puede contribuir a mejorar la eficiencia energética, ampliar el acceso a servicios educativos y sanitarios, acelerar la investigación científica y liberar a las personas de tareas tediosas o peligrosas. Sin embargo, como toda tecnología poderosa, la IA también entraña riesgos y dilemas éticos, desde la pérdida de control sobre decisiones automatizadas hasta la concentración del poder tecnológico en pocas manos, pasando por sesgos algorítmicos o impactos ambientales. Como ha ocurrido con otras revoluciones técnicas a lo largo de la historia, los beneficios no están garantizados: dependen de cómo decidamos diseñar, regular y aplicar esta herramienta. Por eso es importante analizar no solo lo que la IA puede llegar a hacer, sino también cómo puede afectar al futuro de la sociedad. Porque la IA, lejos de ser una herramienta neutral, forma parte de complejas redes sociotécnicas donde actores humanos y no humanos co-construyen realidades sociales, políticas y económicas. En este texto se presentan algunos de los desafíos más relevantes que podrían intensificarse en los próximos años si no se abordan de forma crítica y colectiva.</p>
<p>La entrada <a href="https://fpablovi.org/los-riesgos-de-la-inteligencia-artificial/">Los riesgos de la Inteligencia Artificial</a> se publicó primero en <a href="https://fpablovi.org">Fundación Pablo VI</a>.</p>
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		<title>La ética de la desextinción de especies</title>
		<link>https://fpablovi.org/la-etica-de-la-desextincion-de-especies/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Dr. Lluís Montoliu]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 24 Apr 2025 14:22:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Edición genética]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En las últimas semanas hemos conocido anuncios de la empresa norteamericana Colossal Biosciences sobre algunos de sus proyectos espectaculares de desextinción de especies: mamuts lanudos, lobos gigantes, lobos rojos, el dodo, el tilacino… Dejando a un lado la sofisticada tecnología que hay detrás de estos experimentos (esencialmente procedimientos altamente optimizados de clonación y de edición genética) y el embellecimiento de las notas de prensa (dando a entender que se ha conseguido una desextinción cuando en realidad lo que se ha conseguido es introducir un conjunto limitado de variantes genéticas sobre el genoma de otra especie relacionada) &#160;la pregunta ética obligada es ¿para qué? ¿Por qué es necesario abordar estos proyectos? Es la pregunta relevante para reflexionar sobre la ética de estas propuestas de desextinción de especies que sorprenden e inquietan por igual. Vivimos en un mundo en el cual el crecimiento y desarrollo humano están deteriorando y, algunas veces, destrozando el medio ambiente de nuestro planeta. Algunas de estas agresiones tienen como consecuencia el peligro de extinción de numerosas especies animales, que paulatinamente van desapareciendo. Y es en este entorno, nada edificante, en el que aparecen las propuestas de desextinción de animales ancestrales, que ya no están entre nosotros. Animales como el mamut lanudo o el lobo gigante, que desaparecieron hace miles de años y en cuya extinción también colaboró su coexistencia con nuestros antepasados, que o bien los cazamos masivamente (mamut lanudo) o competimos con ellos al alimentarnos de las mismas otras especies animales (lobo gigante). ¿Cuál es el objeto de desextinguir una especie? No puede ser simplemente por el hecho de que se disponga de la tecnología necesaria, para mostrar al mundo lo que somos capaces de conseguir con los avances científicos actuales. No es una justificación aceptable. Tampoco parecería una argumentación adecuada el exponer y mostrar animales extintos vivos a la sociedad, como una apuesta museística con la que rentabilizar la iniciativa, creando una especie de zoológico de criaturas imposibles. Esta empresa justifica sus actividades como iniciativas encaminadas a desarrollar tecnologías que permitan rescatar o salvar especies actuales en peligro de extinción (elefantes, rinocerontes, algunas aves…) y argumenta que en sus repetidos intentos de desextinguir especies extintas desarrollará nuevos métodos y aumentará el conocimiento de estas técnicas para aplicarlas sobre otras especies actualmente próximas a desaparecer para evitar que estas se extingan. Incluso, de forma más visionaria, justifica que la desextinción del mamut lanudo podría contribuir a combatir y revertir el cambio climático. La explicación, con más ensoñación que ambición científica, se refiere a hipotetizar que las nuevas manadas de miles de estos paquidermos podrían compactar con sus pisadas el permafrost de la tundra siberiana y evitar su deshielo y el escape de gases de efecto invernadero. Más allá de intentar entender el porqué de la desextinción de especies en sí misma, la necesaria reflexión ética de estas propuestas nos debe llevar a plantear dos preguntas adicionales. En primer lugar, ¿cuáles podrían ser las consecuencias de devolver unos animales extintos a la vida, a un entorno que no es aquel para el cual evolucionaron y se adaptaron? ¿Cuáles son las probables alteraciones en su bienestar? ¿Hemos evaluado ya de alguna forma qué puede suponer para ellos, para estos individuos representantes vivos de especies anteriormente extintas, retornar a un planeta, a un medio ambiente que no se parece al que una vez poblaron en el pasado? ¿Cuáles pueden ser las consecuencias para su propia existencia? Y, en segundo lugar, ¿cuáles pueden ser las consecuencias para el medio ambiente actual si liberamos, voluntaria o accidentalmente, estos animales que dejaron de existir hace miles de años? ¿Cuál es la responsabilidad que tenemos, como reintroductores de estas especies animales extintas, para con la naturaleza, para con el ecosistema? La actividad humana es rica en ejemplos desastrosos de introducción de especies invasoras en nuevos entornos en los que habitualmente causan catástrofes medioambientales (los sapos gigantes de caña en Australia, las cotorras en ciudades, los cangrejos rojos americanos en ríos europeos, los mejillones de agua dulce, los visones americanos en Europa, los siluros en ríos y pantanos…). Hay experimentos que nos fascinan precisamente por parecer imposibles. La desextinción de algunas especies animales ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en propuestas muy difíciles de llevar a cabo, pero no imposibles. Siguen existiendo límites técnicos, por ahora insoslayables. Para abordar cualquier desextinción se necesita el genoma de la especie a desextinguir. Deben existir restos de esa especie en la naturaleza, huesos, dientes o material orgánico, a partir de los cuales sea posible aislar ADN para deducir el genoma de la especie que queremos devolver a la vida. Los hallazgos científicos actuales nos dicen que el ADN más antiguo que se ha encontrado en la naturaleza apenas tiene 2 millones de años de antigüedad. Esto permite plantearse la desextinción del mamut (desaparecido hace ~4000-10.000 años) o del lobo gigante (desaparecido hace ~13.000 años), pero no de los dinosaurios, cuyos últimos ejemplares se extinguieron hace 65 millones de años. Todo lo que sabemos de dinosaurios deriva del estudio de restos fosilizados, es decir, petrificados, en los que ya no queda materia orgánica de la que extraer ADN. No tenemos genomas de dinosaurio, ni bien ni mal conservados. No existen ya. Que la fascinación por lo que aparentemente han realizado estos investigadores no nos aparte de la necesaria reflexión ética que debe acompañar toda actividad humana, también en la ciencia. Deberíamos debatir si realmente el mundo necesita devolver a la vida especies extintas o si, por el contrario, deberíamos más bien intentar aplicar nuestros avances científicos y tecnológicos en evitar las extinciones de nuevas especies sobre las cuales hoy en día todavía podemos hacer algo para impedir su desaparición. El debate está servido. Tomen asiento y opinen. Y háganlo rápido, antes de que una manada de mamuts nos pase por encima.</p>
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		<title>El sufrimiento de la Inteligencia Artificial: reflexiones sobre la conciencia, humana y artificial</title>
		<link>https://fpablovi.org/el-sufrimiento-de-la-inteligencia-artificial-reflexiones-sobre-la-conciencia-humana-y-artificial/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabio Scalese]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Apr 2025 14:06:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia Artificial]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia artificial]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>I. ¿Pueden sufrir las máquinas? De la fantasía de ayer al dilema de mañana ¿Pueden las máquinas sentir miedo o sufrir? ¿Pueden tener una historia personal? ¿Pueden, dicho con otras palabras, ser conscientes? Hasta hace no mucho, pensar que la Inteligencia Artificial pudiera estar dotada de una conciencia parecía un tema de conversación informal entre amigos o la trama de una película de ciencia ficción que ya ni siquiera era demasiado original. Sin embargo, la fantasía de ayer se está convirtiendo en el dilema ético del día de mañana. El debate sobre si la IA puede pensar se está volviendo más complejo y llega a tocar el tema más amplio de si puede llegar a sufrir. Este tema desborda inevitablemente el universo filosófico del significado de tener conciencia y los criterios necesarios para considerar que un ser la posee, además de cuestionarnos si queremos o no construir seres que puedan sufrir y/o tener conciencia. &#160;Entre los interlocutores que están fomentando el debate, nos parece de gran interés señalar la iniciativa del grupo Conscium que, en una carta abierta y junto con Patrick Butlin de la Universidad de Oxford, señala la necesidad de aplicar un enfoque integral en el ámbito del desarrollo de la IA, con el propósito de considerar las consecuencias jurídicas y éticas que podría tener la creación de una IA capaz de sufrir[1]. Cuando finalizamos la redacción de este artículo, la carta lleva ya 130 adhesiones. Forman parte del equipo de Conscium destacados líderes del ámbito de la IA, las neurociencias, el aprendizaje profundo y el cálculo evolutivo: Daniel Hulme (pionero en el ámbito de la vida en la IA, entre el estudio de modelos neuronales y complejidad computacional), Ted Lappas, (experto en calculo espaciotemporal y arquitecturas para datos multimodales), Megan Peters, (que investiga la manera en que el cerebro representa y maneja la incertidumbre), Nicholas Humphrey (que trabaja sobre las bases evolucionistas de la conciencia y de la inteligencia social). En la carta se proponen cinco principios “que guiarán a cualquier organización dedicada a la investigación que pueda conducir a la creación de máquinas conscientes”. Proponemos aquí un resumen de los principios enunciados para luego pasar a unas reflexiones de orden ético-filosófico, que giran alrededor de una pregunta suscitada por la lectura de la carta y el trabajo de Patrick Butlin que la acompaña: ante la posibilidad de que las máquinas sufran, ¿podemos afirmar que tener una conciencia es algo reducible a la posibilidad de sufrir? II. Cinco principios para evitar un desastre moral En la carta abierta redactada por el grupo Conscium, se plantean cinco principios que abarcan la prevención de un posible sufrimiento experimentado por la IA y subrayan la importancia de llevar a cabo una investigación de forma pautada, cautelosa y que genere unos resultados que han de ser compartidos con la comunidad científica con total transparencia. El planteamiento de estos principios nos proporciona la ocasión para una reflexión de tipo filosófico, social y político sobre el futuro que nos espera y que de alguna forma nos invita a reflexionar sobre nosotros como seres con conciencia. Cabe subrayar que la cuestión se centra principalmente en la importancia (que consideramos legítima) de evitar el sufrimiento en el caso de unas máquinas dotadas de conciencia, junto con la explotación y el maltrato. Esta apología de la evitación del sufrimiento, que queremos reivindicar y extender a todas las entidades que puedan tener experiencia de él, nos lleva a reflexionar sobre la concepción de conciencia a partir de la cuestión: ¿tener una conciencia es equivalente (solo) a poder experimentar el sufrimiento? Esta pregunta lleva a abordar otra cuestión, la de los derechos morales tal y como se han planteado hasta ahora para los únicos seres que se consideraban de una forma unánime como dotados de conciencia: los seres humanos. En los principios se invita a desarrollar la IA de acuerdo con cinco puntos fundamentales que han de ser tenidos en cuenta para enfocar la cuestión de una manera ética. Estos son los principios: Los principios mencionados son el resultado de un estudio que representa una profundización excepcional del tema en cuestión y que a su vez determina el planteamiento de otras cuestiones relevantes. En el debate en curso, hay que aclarar que la comunidad científica tiene posiciones diferentes respecto a la posibilidad de desarrollo de la conciencia en la IA. Merece la pena ahondar en el estudio ya que nos permite enriquecer las reflexiones que nos ha suscitado. III. ¿Puede la ciencia generar la conciencia? Según las posiciones positivas respecto a la posibilidad de que la IA pueda desarrollar una conciencia, hay quienes afirman que ya hoy existen unos indicadores de conciencia. Según ellos, la conciencia en la IA plantearía la cuestión de la consideración moral de las máquinas pueden experimentar sufrimiento e incluso pone la atención en la posibilidad de una creación accidental de entidades conscientes que no reciban una protección adecuada. Esta postura sostiene que el desarrollo de la conciencia es posible como consecuencia de una forma de emergentismo que surgiría como consecuencia de la replicación del funcionamiento de las complejas redes neuronales propias de los seres humanos. Por lo tanto, desvinculan la conciencia del componente biológico y la interpretan como el resultado de procesos computacionales. Es fácil intuir que la facción negativa, que ve difícil o imposible el desarrollo de la conciencia en la IA, sostiene que esta está inevitablemente vinculada a la biología y la condición de tener un cuerpo físico a partir del cual se desarrolla esta condición peculiar llamada consciencia, lo cual haría imposible replicarla de forma artificial. Según esta perspectiva, la cuestión de la conciencia es el resultado de una interacción psicofísica que no deja de pertenecer a la especie humana. El estudio aborda la cuestión de que la IA se convierta en un paciente moral (moral patient) y que, por lo tanto, se haga merecedora de derechos morales que han de ser respetados. Esto llevaría a la necesidad de plantear un debate sobre el estatuto jurídico de la IA hasta</p>
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		<title>Oncología de precisión y brecha antropológica</title>
		<link>https://fpablovi.org/oncologia-de-precision-y-brecha-antropologica/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Francisco Javier Barón Duarte]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Dec 2024 07:08:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Inteligencia artificial]]></category>
		<category><![CDATA[Oncología]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El oncólogo médico está habituado y entrenado en la aplicación del método científico de la medicina, basada en pruebas para verificar y refutar hipótesis que generen un mejor conocimiento, siendo el ensayo clínico una herramienta fundamental en Oncología. En este trabajo[1] utilizo otra acepción del término ensayo: reflexión, pensar sobre algo, “escrito en prosa en el cual un autor desarrolla sus ideas sobre un tema determinado con carácter y estilo personales” (RAE). Examino la Oncología de Precisión y la Inteligencia Artificial (IA) como nuevo paradigma de la Oncología. Ambas pueden desembocar en una brecha antropológica en el encuentro médico-paciente. Para desarrollar esta idea empezaré con una vivencia de mi juventud; en sexto de medicina, cuando un profesor invitado, el profesor Estapé Rodríguez, primer catedrático de Oncología Médica de España, dio una charla en un curso de Doctorado. Nos explicaba los inicios de esta nueva especialidad, hija de la Medicina Interna, y los avances de las últimas moléculas como el Cisplatino, que conseguía curar las neoplasias germinales y mejorar la supervivencia de otras. El profesor nos explicó que las sales de platino tienen propiedades bioquímicas similares a aquellas de los agentes alquilantes bifuncionales, inhiben la síntesis de ADN produciendo enlaces cruzados en su estructura la de ARN y la de proteínas. Pero, además, me impresionó la historia de uno de los primeros pacientes del Hospital Clínico de Barcelona tratados con Cisplatino por el Dr. Estapé. No era un caso de neoplasia germinal, pero el paciente estaba respondiendo a los primeros ciclos. No obstante, tras esta mejoría clínica, paralela a la respuesta radiológica, el paciente empezó a presentar un síndrome general con decaimiento, anorexia y postración. Los psiquiatras y psicólogos consultores diagnosticaron síndrome depresivo reactivo y recomendaron psicofármacos, pero el paciente no mejoraba. Una enfermera del Hospital de Día dio la clave en la sesión de revisión de casos. Manuel, que así se llamaba el paciente, pasaba muchas horas con los tratamientos en la sala y cuidaba un jilguero que era la mascota del servicio. La enfermera, con buen ojo clínico, comprobó que desde que el ave había muerto el paciente había empeorado. El personal del Servicio compró dos jilgueros, uno para la sala y otro para el paciente. Desde entonces el paciente mejoró su estado anímico y físico. Posteriormente comenté con otro profesor del curso la emoción que me causó el relato del profesor Estapé al punto de plantearme la opción de elegir Oncología en el MIR. Él me contestó que la medicina clínica no es solo una ciencia aplicada, sino también una profesión existencial. No entendí muy bien esta explicación, pero poco después me hice oncólogo y con el paso de los años fui comprendiendo esta reflexión, que es seminal en este ensayo. La Sociedad Europea de Oncología Médica, en su guía para el paciente, plantea la función del oncólogo de esta manera: “Un oncólogo es un médico especialista en cáncer. Un oncólogo es más que simplemente una persona que prescribe quimioterapia u otros tratamientos para intentar controlar o curar un cáncer. Los oncólogos son médicos de personas comprometidos con un abordaje integral para ayudar a los pacientes con cáncer a vivir durante el máximo tiempo y de la mejor manera posible. Asesorar sobre quimioterapia, radioterapia o cirugía es, desde luego, una parte importante de la función de los oncólogos. Hacen eso y mucho más”[2]. La definición de la Sociedad Europea introduce un matiz esencial: el oncólogo médico es un “médico de personas” que “hace mucho más” que investigar y administrar tratamientos antineoplásicos. En la era de la Oncología de Precisión[3], en la que el detalle molecular de la neoplasia y la gestión masiva de datos con la Inteligencia Artificial (IA) han aportado indudables beneficios en tasas de cronificación y supervivencia, ¿qué más puede hacer el oncólogo médico aparte de investigar y administrar modernos tratamientos antineoplásicos de precisión? De la Oncología Médica a la Oncología Molecular. Del lenguaje humano al lenguaje ómico La dinámica social y de la medicina gestionada, basada en la eficiencia, hacen que la Oncología Médica (título oficial de nuestra especialidad) esté siendo cada vez menos Médica y cada vez más Molecular. No se trata de que sea menos “molecular”, sino de que aprovechemos los conocimientos de la Medicina de Precisión sin abandonar los principios de la buena práctica clínica. Se trata de ser un buen médico clínico del cáncer (un buen internista del paciente oncológico) incorporando el conocimiento y las herramientas de la bioingeniería y la IA en vez de ser un experto de mutaciones driver a costa de externalizar la atención clínica del paciente con cáncer. Además, esto debería ser compatible con el trabajo en equipo. Afortunadamente, los equipos de Oncología disponen de profesionales aliados (psicólogos, farmacéuticos, rehabilitadores, nutricionistas, enfermería, etc.) y trabajan en coordinación con otras especialidades. Alguien podría plantear que, si se dispone de un psico-oncólogo en el equipo, “para qué el oncólogo va a perder tiempo en dar adecuadamente una mala noticia al paciente”. También se puede plantear que es más confortable hablar de moléculas que de sufrimiento y puede considerarse más eficiente el lenguaje ómico que el lenguaje compasivo, la IA que la Inteligencia emocional. Pero ¿qué es el lenguaje ómico? Las técnicas de biología molecular permiten aislar, dividir, recombinar, multiplicar y editar el ADN, facilitando el impulso de proyectos genómicos que cuantifican marcadores moleculares y a partir de ellos leen distintos mensajes ómicos. El profesor López-Otín concreta el concepto de lenguaje ómico al explicarnos que “Entre los determinantes de la gramática biológica seguimos considerando el genoma como el primer lenguaje de la vida, pero también debemos incorporar los datos de otros lenguajes extraordinariamente ricos como el varioma, el epigenoma y el metagenoma”[4]. En clínica también existe otro lenguaje, el de las palabras, que facilita la facultad del ser humano de expresarse y comunicarse. El encuentro clínico, esencia de la práctica médica, es el encuentro entre dos seres humanos: el paciente y el médico, y en él utilizamos las palabras; y las palabras, como dice el gran filósofo español Emilio</p>
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		<title>Revitalizando la eugenesia: aplicaciones éticamente indefendibles de la genómica</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Dr. Lluís Montoliu]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Nov 2024 07:26:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de Bioética]]></category>
		<category><![CDATA[Eugenesia]]></category>
		<category><![CDATA[Genoma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En 2001, hace ya más de 23 años, la humanidad logró un hito reseñable: conseguir leer el genoma completo de nuestra especie. Desde entonces, y a través de las sucesivas mejoras en la lectura de nuestro genoma, no hemos hecho más que aprender a utilizar esta enorme cantidad de información (3.340 millones de pares de letras en cada una de nuestras células, multiplicado por dos, la mitad heredada de nuestro padre y la otra mitad de nuestra madre) y a desarrollar aplicaciones útiles a partir de ella. Por ejemplo, gracias al conocimiento de nuestro genoma podemos detectar la presencia de mutaciones y diagnosticar las enfermedades de base genética, raras o no, que llamamos congénitas, incluso antes de que se manifiesten. Podemos detectar variantes genéticas que aparecen en algunas personas y que determinan su predisposición o resistencia a desarrollar algún cuadro patológico o a metabolizar adecuadamente o erróneamente algún fármaco, en lo que ha venido a llamarse la medicina personalizada de precisión. Podemos también identificar personas a través de los rastros biológicos que dejan, gracias a que el genoma nos singulariza, lo cual tiene un evidente interés en medicina forense y en investigaciones criminales. Todas estas podríamos considerarlas aplicaciones de alguna manera beneficiosas para el género humano. Adicionalmente han aparecido otros usos que algunos llamamos recreativos y otros llaman test genéticos directos al consumidor que han enriquecido a numerosas compañías, tanto en forma de dinero como en datos genómicos de millones de personas, al popularizar el uso de herramientas que intentan correlacionar la presencia de determinados caracteres o rasgos personales con la identificación de variantes genéticas determinadas. Mientras estos usos tengan un destino no profesional, para echarse unas risas en familia en la sobremesa del domingo y discutir si uno tiene aproximadamente un 20% o un 30% de origen irlandés y otro tiene un 60% derivado del norte de África, no tengo nada que añadir. Pero el problema viene cuando algunas empresas han pretendido ir más allá y usar estas correlaciones, establecidas con mayor o menor robustez, para aconsejar la selección de un embrión humano obtenido por fecundación in vitro en base a determinadas variantes genéticas supuestamente asociadas a características psíquicas, como la inteligencia. Entonces tenemos un verdadero problema. Hace unas pocas semanas saltó la noticia de una empresa estadounidense que por unos cincuenta mil dólares analiza un centenar de embriones humanos (obtenidos mediante técnicas de reproducción asistida, como la fecundación in vitro) para seleccionar aquellos que vayan a ser más inteligentes. Es tal el despropósito de esta iniciativa que se me agolpan los diferentes aspectos éticos que deben ser tenidos en cuenta y que, obviamente, en esta ocasión, se han desdeñado. Cuando todavía recién estamos descubriendo los genes, individuales, cuyas mutaciones están detrás de muchas de las enfermedades congénitas, algunas devastadoras, que nos afectan hay quien quiere aplicar esta tecnología no con objetivos preventivos o curativos de enfermedades sino con evidentes objetivos de mejora, de mejoramiento, que no son más que eufemismos de la eugenesia, la selección de individuos, premiando a los que se reconocen como “puros” o “verdaderos” y descartando a los llamados “inadaptados”, que floreció primero en EEUU en algunos estados, como California, Carolina del Norte o Virginia, en el primer cuarto del siglo pasado y desgraciadamente sirvió luego de referencia a los científicos y médicos nazis del tercer Reich para sus deleznables experimentos durante la segunda guerra mundial. El diagnóstico genético preimplantacional (DGP) es una técnica ampliamente usada en las clínicas de reproducción asistida para parejas que tienen evidencias previas o sospechan que pueden tener hijos con alguna enfermedad grave e incurable, al ser portadores de mutaciones recesivas en el mismo gen asociado a esa enfermedad. También si portan variantes genéticas dominantes cuya mera transmisión ya determina la aparición de la enfermedad o la condición genética determinada. Esta es una técnica regulada por la Ley de Reproducción Humana Asistida de 2006 y supervisada por la Comisión Nacional de Reproducción Asistida Humana. No todas las patologías o condiciones genéticas pueden beneficiarse de esta técnica. Se realizan biopsias a cada embrión obtenido por fecundación in vitro, se obtienen un número muy limitado de células que son las que se someten a un análisis genómico. Finalmente se seleccionan para implantar aquellos embriones que, tras analizar su genoma, no desarrollarán la enfermedad. Evidentemente, no todo el mundo está de acuerdo con este procedimiento, que es por supuesto voluntario y que cada pareja o cada madre debe poder elegir, tras recibir el asesoramiento genético oportuno. Pero una cosa sí que está clara, la aplicación de la DGP tiene un objetivo preventivo, para intentar evitar el nacimiento de niños que vayan a desarrollar enfermedades graves, incurables, mortales y que generan mucho sufrimiento tanto a los afectados como a los familiares. La aplicación de la DGP no está pensada en absoluto para seleccionar a los embriones que supuestamente vayan a dar lugar a niños más inteligentes. Lo cierto es que no conocemos aún los genes que causan todas las enfermedades de base genética. No conocemos en detalle los genes que están asociados a las múltiples formas de cáncer que padecemos. Menos todavía conocemos en detalle los genes que contribuyen a características psíquicas como la empatía, la afabilidad, la sociabilidad o la inteligencia, a pesar de que ha habido sucesivos intentos que han servido para proponer sucesivas listas de genes que «parecen» estar asociados a estas características, netamente poligénicas, producto de la interacción de las proteínas codificadas por muchos genes distintos.&#160; Hay que recordar que los estudios globales de asociación de variantes genómicas a determinados rasgos nos hablan de aparentes correlaciones con unas determinadas probabilidades, no de certezas ni de causalidades. El que seas portador de una variante genética encontrada en un 20% de las personas que acaban desarrollando una enfermedad no quiere decir que vayas a padecerla, ni tampoco que no vayas a padecerla. Tan solo nos habla de probabilidades, nunca de certezas. Lo cual es más cierto todavía cuando nos referimos a características psíquicas, no físicas, que aún entendemos menos y de</p>
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