Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital reflexionan sobre el futuro de la democracia en el segundo coloquio del ciclo Newman, dentro del Centro de Pensamiento Pablo VI
Vivimos en una era en la que la pregunta por la verdad y, sobre todo, la verdad con mayúscula se presenta como un desafío constante. En tiempos de algoritmos que editorializan y mediatizan el relato; de discursos fragmentarios, parciales y superficiales; del deterioro de la conversación cívica y del debate público; y de desconfianza institucional y debilidad de las instituciones educativas, la búsqueda por la verdad y la formación de la conciencia se hace urgente e indispensable.
De esto fue el coloquio celebrado el día 11 de marzo entre Paloma Durán Lalaguna, catedrática de Filosofía del Derecho y experta internacional en derechos humanos, políticas públicas y desarrollo sostenible; y José María Lassalle, profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital.
Guiados por Esteban Sánchez, catedrático de Sociología de nuestra Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII de la Fundación Pablo VI, ambos desbrozaron en su análisis los grandes retos de nuestro tiempo, en que vivimos, tal y como indicó Paloma, “una auténtica emergencia democrática y educativa”. La primera, por la ausencia de conversación pública y la polarización; y la segunda, por una “vulgarización” de la educación universitaria, sumida en continuos procesos de verificación y olvidando la obligación de transmitir un conocimiento basado en la integridad, en la verdad y el esfuerzo.
Esteban Sánchez Moreno
En la era de los algoritmos que han copado la conversación pública y la han transformado en una cámara de eco donde solo escuchamos aquello que nos autoafirma, el debate cívico que hace posible la democracia se ha tornado en una quimera. Algunos índices, como el publicado por la Universidad de Gotemburgo, sitúan a España entre los países de Europa con menor espacio de diálogo democrático, con una población dividida en grupos ideológicos para los que lo que impera no es la verdad, sino en relato, la opinión o la emoción.
Tras ello, el profesor Lassalle situó toda una plataforma de negocio interesada en que el tráfico más ruidoso sea el del odio y el ruido, haciendo imposible “entender la complejidad que estamos viviendo”, y situándonos en lo que denomina “nihilismo tecnológico”, mucho más peligroso que el relativismo porque niega radicalmente la existencia de la verdad. Una verdad que, al contrario del relato que se trata de imponer, sí existe en política: “es la base fundamental de la democracia” y negar su existencia es, por tanto, ponerla en riesgo.
Paloma Durán Lalaguna
Aunque gran parte de esta situación de nihilismo está provocada por la tecnología y las redes sociales, no toda la responsabilidad es de esta herramienta en la que hemos delegado nuestra capacidad de desplegar lo que nos hace genuinamente humanos, que es la razón comunicativa. Hay muchos más factores, como es el deterioro de una educación que se ha vaciado de “la auctoritas” y del ejercicio del discernimiento. Para Lassalle, la tecnología y la inteligencia artificial han sustituido a la “paideia”; y la universidad, sumida, por una parte, en la lucha del saber contra la máquina; y, por otra, en la obsesión por las verificaciones, ha perdido la esencia para la que fue creada. Paloma Durán habla, incluso, de una “vulgarización de la enseñanza universitaria, haciendo de ella la antítesis de lo que Newman planteaba en la idea de la universidad”.
José María Lassalle
Por eso, más que para la difusión de conocimientos, es fundamental una formación ética de las virtudes para la responsabilidad, la integridad y a la búsqueda de la verdad; y la educación de la conciencia orientada a la comprensión de la culpa, la ambigüedad moral, entender lo que puede representar faltar al respeto de la dignidad del otro, etc. “Se trataría, como explicó Lassalle, de poner atención en todo aquello que puede producir un bien o un mal en los otros como espejo de nosotros mismos”. Porque el protagonismo de la democracia no es solo del individuo en cuanto a sujeto de derechos, sino la persona que, además de derechos, tiene una conciencia que nos hace insustituibles por las máquinas. Esto va más allá de la conciencia religiosa, pero no es “en absoluto incompatible” para nuestra modernidad.
Por eso, en tiempos de posverdad, de algoritmos que pretenden definir nuestra realidad y de nihilismo, la figura de John Henry Newman y su insistencia en la dignidad de cada persona como sujeto libre y racional es un faro que sigue iluminando.
