El último coloquio del ciclo Newman aborda el diálogo entre ciencia y fe en la era del transhumanismo con Moisés Pérez-Marcos, OP, doctor en Filosofía y Licenciado en Teología; y Mons. Francesc Conesa, obispo de Solsona, doctor en Teología y en Filosofia por la Universidad de Navarra y miembro de la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe.
Hablar de ciencia y fe en diálogo es hablar de John Henry Newman. Para él ambos actos, que considera profundamente humanos porque comprometen mente y corazón, llevan a la búsqueda de la verdad en un camino que no es antagónico sino convergente. La religión no puede quedarse en lo nocional, sino que es una convicción profunda que transforma la vida; y la ciencia, por sí sola, no lleva al pleno conocimiento porque se limita a lo cuantificable, observable y falsable, pero no a la experiencia vivida, a la voluntad y al sentido de la propia existencia.
En este sentido, superados algunos de los prejuicios vividos en los últimos años por aquellos que consideraban ambas como elementos irreconciliables, ciencia y fe han caminado en las últimas décadas como dos vías del complementarias desde el discernimiento humano para llegar a la verdad.
Sin embargo, en esta era en la que el hombre se hibrida con la máquina; cuando el desarrollo tecnológico permite superar hasta límites antes sospechados las capacidades humanas, cabe preguntarse si esto puede seguir siendo un camino compartido, puesto que la realidad, incluyendo el ser humano, es visto como algo manipulable, disponible y optimizable.
Ciencia y fe en la era del posthumanismo fue el tema del último coloquio del ciclo Newman organizado en la Fundación Pablo VI con la presencia de Moisés Pérez-Marcos, OP, doctor en Filosofía y Licenciado en Teología, actualmente profesor del departamento de Filosofía, Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Sevilla; y Mons. Francesc Conesa, obispo de Solsona, doctor en Teología y en Filosofia por la Universidad de Navarra, y miembro de la Comisión Episcopal de Doctrina de la Fe, moderados Mª Ángeles Martín Rodríguez-Ovelleiro, doctora en Ciencias Biológicas y profesora de la URJC.

La principal cuestión de análisis fue no solo cómo articular fe y conocimiento científico hoy, sino cómo hacer que éste supere los criterios de eficiencia y de supremacía y ponga al hombre y su dignidad en el centro. Esto pasa por considerar, en primer lugar, que no todo lo que es técnica o científicamente posible puede y debe hacerse; y por adoptar, en segunda instancia, un enfoque del concepto de mejora que vaya más allá de esas filosofías transhumanistas que se refieren a la superación solo en términos de capacidades físicas y mentales, y hablar de la mejora también en un sentido moral y de vida interior, tal y como explicó Mons. Conesa.
En este sentido, preguntar por los límites del transhumanismo es preguntarse por los límites de la propia naturaleza humana, que es todo aquello que no conocemos y que va más allá de lo corporal. Es una falacia pensar que somos solo un cuerpo y que lo que nos ocurre afecta solo a lo corporal, indicó el obispo de Solsona. Y, como explicó, por su parte, el profesor Pérez Marcos son, precisamente, los límites de lo humano lo que nos permiten ser humanos y ser plenamente humanos. Superar eso es una trampa, que, además, lleva a promesas que son incumplibles, porque, entre otras cosas, prometen la inmortalidad como si el cuerpo pudiera ser reparado por partes, perdiendo el suelo valorativo que define lo que es bueno y lo que es malo, y olvidándose de nuestra condición de vulnerabilidad.

Hoy, en la era del paradigma tecnocrático, como la denominó el Papa Francisco, hay mucha tentación de hacer creer que todo lo que es técnicamente posible puede hacerse. Por eso es urgente un diálogo interdisciplinar que ponga a la ética y la técnica a reflexionar sobre los límites. Porque, ¿qué sentido tiene una ciencia o una técnica que se emplea para hacer desaparecer la humanidad y en su lugar crear una especie robotizada que ya no es humanidad, sino posthumanidad?”, se preguntó el profesor de Filosofía de la Ciencia y de la Naturaleza de la Universidad de Sevilla.

Tanto la ciencia como la técnica, abundó, por su parte, Mons. Conesa tienen que estar al servicio del bien humano y de todo el ser humano, como también decía Benedicto XVI. Y es ahí donde hay que poner los límites al progreso y donde hay que buscar los mínimos, sabiendo que, igual que el conocimiento humano es comunitario y la verdad la alcanzamos entre todos, no puede haber un conocimiento solo limitado a sí mismo, sino que tiene que estar al servicio del bien común. Porque, explicó el obispo de Solsona, frente al antropocentrismo hay que recordar que es la relación con los demás y con la naturaleza lo que nos permite ser humanos.
Durante la sesión, ambos participantes exhortaron al mundo académico y científico a un diálogo abierto entre ciencia, fe, filosofía y cultura. Porque la fe necesita caminar conjuntamente con la ciencia hacia el conocimiento de la verdad plena. Y porque la ciencia, por su parte, “se está convirtiendo en un elemento de producción y está perdiendo el elemento más humano de las humanidades, de la ciencia y de la universidad en aras de un tecnicismo exacerbado”, denunció el profesor de la Universidad de Sevilla. Por eso, volver a proponer aquella idea de la universidad en el sentido en el que Newman la entendía puede ayudar a recuperar esa vocación y esa esencia tan humana de buscar la verdad haciéndonos las grandes preguntas. Fr. Moisés Pérez Marcos invitó, para finalizar, a “levantar la mirada” y recuperar las grandes preguntas sobre quiénes somos y hacia dónde caminamos; mientras que Mons. Conesa animó a evitar repliegues y guetos, recordando que la fe cristiana está llamada a dialogar con la cultura y con la humanidad en la búsqueda compartida de la verdad.
