Hace un año el nuevo papa escogió como nombre León XIV. Mucho se especuló entonces por las razones de tal elección, que sería programática -desde aquel León, mejor amigo de Francisco de Asís, hasta la más peregrina de ser seguidor del Athletic de Bilbao-. Esta semana hemos podido confirmar sin dudas el porqué. El 15 de mayo de 1891, León XIII publicó la primera encíclica social, Rerum Novarum con una claridad que pocos esperaban. La revolución industrial había generado una prosperidad sin precedentes, pero también una fractura social profunda: millones de trabajadores quedaban al margen de la riqueza que ellos mismos producían. La Iglesia tomó la palabra, porque era necesario hacerlo. Rerum Novarum no rechazó el mercado ni la iniciativa privada. Al contrario: reconoció el papel insustituible del empresario como generador de empleo y riqueza, y defendió el derecho a la propiedad privada como fundamento de la libertad personal. Pero lo hizo con una condición esencial: la propiedad tiene una función social, y su ejercicio está limitado por el bien común. Con ese mismo espíritu, la encíclica abrió la puerta a los derechos de los trabajadores —salario justo, límites a la jornada, libertad de asociación— sin oponer capital y trabajo, sino mostrando que ambos se necesitan, cada uno reconocido en su dignidad y en su papel.
Ciento treinta y cinco años después, el 15 de mayo de 2026, León XIV eligió la misma fecha para firmar Magnifica Humanitatis. El paralelismo no es casual: también hoy vivimos un cambio de época que genera riqueza extraordinaria y, simultáneamente, concentra poder en pocas manos. Los algoritmos toman decisiones sobre millones de personas sin rendir cuentas a nadie. El trabajo humano se transforma a una velocidad que las instituciones no logran acompañar. Las asimetrías que el mercado genera no las corrige el mercado solo. Como su antecesor, León XIV no espera a que los daños sean irreversibles: avisa a tiempo, para que el cambio tecnológico sirva al hombre y no al revés.
La visita del Santo Padre a España, del 6 al 12 de junio, convierte esa advertencia en algo concreto e ineludible. En Madrid se hará eco de las principales propuestas de la sociedad civil, con la que se reunirá en Madrid. En Tenerife visitará el centro de acogida Las Raíces y se encontrará con migrantes y trabajadores sociales. Para Lévinas, el rostro del otro no es una imagen: es una interpelación ética que nos precede y nos exige respuesta antes de cualquier cálculo o contrato. Esos migrantes tienen rostro. Y ese rostro nos habla. La DSI no es un tribunal que juzgue. Es una guía para el empresario que crea riqueza y empleo, y para el trabajador que los sostiene. Para ambos.
Alfonso Carcasona
Patrono Fundación Pablo VI
Foro DSI

