La semana pasada participé en un Hackathon sobre inteligencia artificial y bien común celebrado en la Fundación Pablo VI.
Durante varios días pude observar algo que no es tan frecuente: jóvenes con ideas potentes… y un entorno capaz de convertir esas ideas en algo real.
Estas líneas quieren ser, al mismo tiempo, un balance del desarrollo del evento y una reflexión sobre cómo nacen los proyectos en entornos institucionales en este mundo veloz e hiperconectado.

1. ¿Es lo mismo creatividad que innovación?
Habitamos un entorno donde las posibilidades de innovar son infinitas. La inteligencia artificial nos ayuda a enfrentar el tan temido folio en blanco, nos otorga recursos para diseñar procesos, nos permite atrevimientos para explorar formas nuevas de plantear y estructurar los temas. Pero aquí surge el interrogante decisivo: ¿es lo mismo crear que innovar?
La creación es la idea. Es un acto primario, anterior a toda estructura. La creación es rápida, nace desde dentro, procede de la intuición. Es un gesto energético, que moviliza emoción, entusiasmo y visión. La exuberancia creativa suele habitar en aquellas personalidades que se atreven a explorar su mundo interior y no temen indagar en aspectos de su propia humanidad que a otros pueden incomodar.
La creación es chispa. No necesita presupuesto, cronograma ni validación externa. Aparece sin querer, pero también es frágil. Si no encuentra espacio, puede apagarse con facilidad.
Innovar, en cambio, no es la idea, es permitir que la idea sobreviva en el mundo real. En contextos más mercantiles y deseablemente escalables, requiere estructura y proceso. Sistematización. Presupuesto. Evaluación de impacto.
Lo que mis ojos han visto estos días en el Hackathon renueva mi esperanza. La creación estaba viva con jóvenes imaginando soluciones; y la innovación estaba activada. Había mentores, tiempos, entregables, deliberación. Era un espacio donde la chispa encontraba estructura inmediata. Donde el fuego no se perdía en el aire, sino que encontraba un lugar donde mantenerse vivo.
Eso es muy raro. Y por eso fue tan revitalizante presenciarlo.

2. Creatividad e institución: aprender los ritmos
La agilidad y frescura del Hackathon contrasta con los ritmos institucionales a los que intentamos amoldarnos con frecuencia. Los proyectos necesitan maduración, diálogo, encaje. Observo e intento aprender a convivir con la tensión natural entre creatividad rápida y estructuras que requieren proceso: es la experiencia de aprender que no todo lo que nace con entusiasmo se implementa inmediatamente.
Podríamos llamarlo la pedagogía de la paciencia profesional.
En ese aprendizaje aparece una pregunta que convendría que todos nos hiciéramos con cierta frecuencia:
¿Dónde estoy aportando lo mejor de mí? ¿Dónde puedo desplegar mejor mi talento? Son preguntas que convendría que cualquiera se hiciera en su día a día. Se trata de una reflexión sobre el encaje entre persona y contexto. Sobre vocación.
El Hackathon ha sido una experiencia muy esclarecedora en este sentido. Ha reavivado preguntas que forman parte de mi reflexión cotidiana y ha ayudado a perfilar algunas respuestas.
He podido comprobar cómo es posible que el respeto por los procesos no esté reñido con la agilidad para facilitar el alumbramiento de iniciativas que el mundo necesita. Como ha ocurrido estos días. Inteligencia técnica, conocimiento y sensatez pueden proporcionar una base idónea donde las ideas jóvenes puedan crecer.
Las ideas aparecen muchas veces como una chispa inesperada.
El verdadero desafío consiste en crear el espacio donde ese fuego pueda mantenerse encendido.
Ese diseño requiere cierta lentitud —la justa y necesaria— para asegurar que el impulso sea sostenible. Pero esa lentitud no debería paralizar ni reprimir el nacimiento de nuevas iniciativas. Creo que el equilibrio es posible. Con voluntad y buen hacer.
3. El Hackathon como experiencia de intensidad y concreción
El Hackathon fue una experiencia que me recordó algo esencial. Pude conectar con lo que da sentido a mi trabajo: el contacto directo con los jóvenes, la observación de sus procesos creativos y la oportunidad de acompañar momentos de exposición, duda, entusiasmo y aprendizaje.
Todo esto me ha ayudado a vislumbrar algo muy esperanzador: una generación que quiere conjugar innovación y bien común, impacto y conciencia, desarrollo y ética—y, sobre todo, coherencia personal.
Estos jóvenes no siempre tienen el mapa completo ni todas las herramientas, pero sí poseen una brújula interna sorprendentemente afinada. Lo que necesitan no es que diseñemos por ellos su proyecto de vida o su cometido profesional, sino que ofrezcamos soporte, empuje, ánimo y confianza para que puedan desplegarlo con criterio propio.
Nuestra tarea no es sustituir su fuego por nuestra experiencia, sino crear las condiciones para que ese fuego crezca sin apagarse.

4. Una anécdota muy gráfica el día de las votaciones
Uno de los momentos más significativos se produjo el día de las presentaciones finales. Los equipos atravesaban el auditorio para defender sus proyectos ante el jurado. Ante la exposición real, vivían momentos de tensión en el cuerpo tenso, la voz buscando firmeza, la idea jugándose en 2 minutos y medio.
Formé parte del jurado. Mientras hablaban, intentaba sostenerlos con la mirada. Trataba de que, al levantar los ojos, encontraran enfrente un rostro que no cuestionara, sino que afirmara.
Al terminar, varios se acercaron. No venían a hablar de resultados ni de deliberaciones. Me dijeron algo mucho más sencillo: que, al mirarme mientras exponían, se habían sentido sostenidos. Que mi presencia les había dado calma. Que esa mirada les había ayudado a confiar en lo que estaban diciendo.
Una de ellas —integrante del equipo que finalmente resultó ganador— me comentó con naturalidad que había percibido ese impulso. Le respondí que no había sido casual. Es deliberado. Forma parte de mi manera de estar. Creo profundamente en la fuerza que tiene una mirada que no evalúa primero, sino que reconoce.
Antes que dirigir, aconsejar o corregir, muchas veces lo primero que necesita una persona es sentirse afirmada. Antes que diseñar el camino de otro, necesitamos ofrecerle un espacio seguro desde el que pueda recorrerlo por sí mismo.

5. Una reflexión final sobre innovación con alma
Termino este texto con una mezcla de entusiasmo renovado y esperanza en la juventud. También convencida de que la intuición es un mecanismo infalible para guiar los pasos de una vida con sentido y con propósito, como Viktor Frankl lo dijo con lucidez.
El Hackathon me ha permitido constatar que es posible dar un espacio generoso a la creación de buenas ideas por los jóvenes y a la vez, que es viable dotarlas de cauce para innovar con alma, o lo que es lo mismo, con amor. Suena muy loco en estos días de escalada de tensión bélica, pero cada vez me atrevo a afirmarlo de modo más rotundo: el ser humano, en su experiencia genuina y más auténtica, ha venido al mundo a experimentar el amor. En gestos pequeños. En miradas que sostienen.
Y todo esto deja una pregunta que quizá deberíamos hacernos más a menudo en educación, en las instituciones y también en el mundo profesional:
¿estamos creando realmente los espacios donde las buenas ideas puedan crecer?
Porque quizá innovar no consista tanto en tener grandes ideas como en saber cuidar el fuego de las ideas cuando apenas empiezan a arder.
Eva Vázquez
mentora de jóvenes y adolescentes
Fundación Pablo VI
