El compromiso de Europa con la transformación ecológica es a la vez necesario y urgente. Al mismo tiempo, plantea profundas cuestiones sociales, económicas y éticas. Entre los trabajadores de las regiones industriales europeas, una preocupación recurrente es si esta transición los dejará atrás y si sus hijos se verán obligados a abandonar sus regiones de origen en busca de un empleo digno.
Para que la transición ecológica tenga éxito, los ciudadanos no deben vivirla como una amenaza, sino como un proyecto compartido y esperanzador. Debe construirse con quienes se ven afectados por el cambio, no imponerse sobre ellos. Una transición percibida como injusta corre el riesgo de debilitar aún más una confianza democrática ya frágil y de socavar el apoyo público a largo plazo a la acción climática.
Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, la responsabilidad ecológica y la justicia social son inseparables. La dignidad humana, el valor del trabajo, la solidaridad entre generaciones y territorios, y el cuidado del bien común deben seguir estando en el centro de la respuesta europea a la transformación ecológica e industrial.
La dignidad del trabajo y la anticipación del cambio
El trabajo no es únicamente una actividad económica. Es una fuente de dignidad, realización personal, estabilidad familiar y participación social. Las reestructuraciones industriales abruptas y mal anticipadas, incluidas los cierres repentinos, los anuncios de última hora y los planes improvisados de despidos, pueden causar profundos daños a los trabajadores, a las familias y a comunidades enteras, especialmente en regiones que ya afrontan desafíos estructurales.
Por ello, una transición justa requiere anticipación. Planificar el cambio antes de que se convierta en una crisis es una expresión de prudencia y responsabilidad. Las políticas que acompañan la transición ecológica deben promover una evaluación temprana de las necesidades de competencias, el acceso a la formación y a la recualificación, y la participación significativa de los trabajadores en la configuración de su futuro profesional. La anticipación no es una carga administrativa, sino una salvaguarda frente a la desarticulación social y las pérdidas económicas a largo plazo.
El diálogo social y la participación como fundamentos de la paz social
La paz social no se logra por casualidad, sino mediante la justicia, el diálogo y la responsabilidad compartida. Un diálogo social real y significativo entre las autoridades públicas, los empleadores, los trabajadores y sus representantes es esencial para garantizar que las transiciones sean justas, creíbles y socialmente sostenibles.
Cuando los trabajadores y las comunidades participan en la anticipación y la gestión del cambio, las reformas tienen más probabilidades de ser comprendidas y respaldadas. Por el contrario, las transiciones llevadas a cabo sin una consulta adecuada corren el riesgo de alimentar el miedo, la resistencia y la fragmentación social, creando un terreno fértil para narrativas que prometen detener la transición en su conjunto en lugar de mejorarla.
Proteger a las comunidades y la capacidad productiva de Europa
La transición ecológica se desarrolla en un contexto de incertidumbre geopolítica, dependencias estratégicas y competencia económica. Europa debe avanzar hacia sus objetivos climáticos garantizando al mismo tiempo la dignidad de sus trabajadores mediante un apoyo específico y una mejora de las competencias para la transición verde. La pérdida de empleos de calidad y de conocimientos industriales debilita no solo la competitividad, sino también la cohesión regional y la resiliencia social.
Apoyar el empleo de calidad, retener las competencias dentro de Europa, reforzar las cadenas de valor y acompañar a las regiones y comunidades que afrontan transformaciones estructurales son, por tanto, cuestiones de responsabilidad social. Este enfoque refleja la visión de la ecología integral expresada en Laudato Si’, que aboga por transiciones que no dejen a nadie atrás.
Reconstruir la confianza mediante la justicia y la solidaridad
El apoyo público a la transformación ecológica depende de que las personas la vivan como un proceso justo y creíble. Cuando el cambio se anticipa, se acompaña y se comparte, pueden crecer la confianza y el compromiso. Cuando los trabajadores y las comunidades se sienten expuestos a riesgos no gestionados, la confianza en las instituciones y en las políticas climáticas se erosiona.
En este contexto, COMECE considera valiosas las iniciativas legislativas que proporcionan herramientas concretas para apoyar una transición justa, como la formación durante la jornada laboral, la planificación temprana del cambio industrial, el apoyo específico a las regiones y comunidades en transición, el fortalecimiento de las cadenas de valor europeas y las medidas para retener el talento dentro de Europa. Estas herramientas contribuyen a garantizar que la acción climática vaya de la mano de la dignidad humana, la cohesión social, la resiliencia a largo plazo y una economía fuerte.
Una transición justa no es únicamente un reto técnico o económico, sino también moral. Exige solidaridad entre generaciones, territorios y grupos sociales, y una atención particular a quienes están más expuestos al cambio.
Conclusión
La tradición cristiana de Europa nos recuerda que una integración duradera se construye a través de expresiones concretas de solidaridad. Al evaluar iniciativas relacionadas con la transición justa, se invita a los responsables políticos a considerar si realmente protegen la dignidad del trabajo, fortalecen el diálogo social, respetan el principio de subsidiariedad y apoyan a quienes se ven más afectados por la transformación.
Solo una transición humana, inclusiva y socialmente justa será capaz de unir a Europa y garantizar un apoyo duradero a la transformación ecológica necesaria para el bien común.

