OCTAI (Oxford Collaboration on Theology and Artificial Intelligence) es un proyecto dirigido por miembros de la Facultad de Teología y Religión de la Universidad de Oxford. Incorpora, además, a empresarios, ingenieros del campo de la Inteligencia Artificial y otros representantes del mundo académico no sólo del Reino Unido sino de otros países europeos, de Asia, África y Estados Unidos. Su objetivo es desarrollar una red de expertos con el fin de abordar las realidades vocacionales de los ingenieros de IA y de los líderes corporativos, priorizando la participación de quienes aportan una dimensión religiosa a las cuestiones de la vocación y los valores, contribuyendo de este modo al debate público sobre lo que significa “ser humano” en una era permeada cada vez más ampliamente por la IA.
Uno de los propósitos de reunir esta red ha sido producir lo que se ha denominado “Juramento de Oxford para Profesionales de la IA”, un conjunto de principios vocacionales para ingenieros y líderes empresariales éticamente sensibles, que está en proceso de desarrollo y promulgación. El texto se compone de dos partes: una exposición de principios y el juramento propiamente dicho. Éste, a su vez, se propone con dos fórmulas: una teísta, invocando a Dios, y otra laica.
El primer principio de la declaración es el compromiso con la dignidad y el valor de toda persona humana natural, a cuyo servicio debe estar la tecnología. Se enfatiza la diferencia esencial y axiológica entre humanos y sistemas artificiales. De este modo, el documento, sin entrar en el debate sobre la posible dignidad y eventuales derechos de potenciales arquitecturas futuras de IA compleja, da por supuesta la diferencia ontológica entre humanos y herramientas, con sus consecuentes valoraciones éticas. Entre los aspectos positivos de la IA se subrayan las posibilidades para ayudar a desarrollar el conocimiento, el bienestar, la creatividad, la democracia y la cultura. Mas las personas que trabajan con ella deben asumir un compromiso ético por la veracidad y la transparencia. De algún modo, el documento reivindica la vieja máxima de que por mucho que algo sea posible técnicamente no lo convierte automáticamente en moralmente aceptable.
El texto también subraya la responsabilidad de cuidar el mundo natural y de evitar desarrollos tecnológicos que puedan causar daños imprudentes o irreversibles. Esta sensibilidad ecológica enmarca el juramento en la inquietud contemporánea por la sostenibilidad y la justicia intergeneracional. Junto a ello, se reconoce explícitamente que la IA puede emplearse de modos que erosionen la atención, distorsionen la comprensión de la realidad, vulneren la privacidad o contribuyan a la pérdida de trabajos dignos, generando nuevas cargas sociales y ambientales. La declaración, aún lejos de adoptar una perspectiva tecnofóbica, advierte de sus usos dañinos y llama a una vigilancia moral constante.
Respecto al juicio profesional, el texto insiste en que el trabajo con sistemas de IA exige decisiones técnicas tomadas en contextos de incertidumbre, con información limitada y bajo presiones institucionales. De ahí que reclame una reflexión ética continua sobre cómo se presentan esas decisiones a terceros y sobre las consecuencias que pueden tener para la sociedad. Esta apelación al discernimiento recuerda la tradición de las virtudes profesionales, donde la excelencia técnica no puede separarse de la integridad moral.
La segunda parte del documento, el juramento propiamente dicho, traduce estos principios en compromisos personales. Se articula en torno a tres ejes: disposición, visión y responsabilidad. En el primero, el profesional promete trabajar con optimismo y cautela, cultivar la humildad y honrar la dignidad humana. En el segundo, se compromete a que su labor sea gobernable, orientada por motivaciones dignas y dirigida al bien común. En el tercero, asume la obligación de integrar la veracidad en su trabajo, ejercer la honestidad al describirlo, construir con moderación y promover condiciones que favorezcan la justicia, la paz y el cuidado del mundo natural. El juramento concluye con la promesa de mantener su integridad, ofreciendo opcionalmente una invocación religiosa o una apelación a la verdad y a la conciencia.
No se puede negar la actualidad y el interés del texto, pero sin descuidar sus limitaciones. Su formulación, rica en principios, pero escasa en orientaciones operativas, corre el riesgo de quedar en un brindis al sol si no se acompaña de criterios concretos para la toma de decisiones en contextos corporativos y técnicos complejos. Además, su tono moral elevado —aunque coherente con la tradición de los juramentos profesionales— puede resultar distante para parte de la comunidad tecnológica, habituada a marcos éticos más pragmáticos y menos marcados por referencias religiosas o antropológicas explícitas. Finalmente, el hecho de que el juramento surja de un entorno académico específico, con una sensibilidad cultural y teológica particular, plantea la cuestión de su verdadera universalidad en un campo global y plural como el de la IA.
Aunque no sea una debilidad del texto en sí, muchos hoy en día perciben que no basta con una declaración de intenciones, sino que habría que actuar en el plano legislativo, para evitar caer en discursos hueros. Con todo, hay que reconocer en el Juramento un recordatorio válido de que la tecnología debe ponerse al servicio del ser humano y del bien común. Al situar la dignidad humana, la verdad, la responsabilidad y el bien común en el centro de la vocación tecnológica, el documento invita a repensar la ingeniería de la IA no sólo como un ejercicio de innovación, sino como una tarea profundamente humana, que exige virtud, discernimiento y compromiso.
Alfonso Novo Cid-Fuentes
Director del Instituto Teológico Compostelano
Universidad Pontificia de Salamanca
